Carmen: La flor que me echaste a la cara, aunque seca, todavía conserva su perfume…

26/01/2012

—Y eso es el Parlamento, el Parlamento.

No es que pida uno un catedrático para llevar el coche de caballos mugriento y maloliente que pasea por las calles de Málaga a los incautos turistas que, borrachos de nostalgia y queriendo emular a los grandes conquistadores que aceptaban cocos caldosos como cráteras de vino griego los romanos… pero decir que el Ayuntamiento es el Parlamento ya es demasiado. Máxime pasando por delante de una placa plurilingüe en la que bien claramente se indica que aquel edificio hermoso es el City Hall.

Pongamos que llevo más de cuarenta años en esta tierra y nunca me he subido a esos carromatos en los que, sobre la capota, sentaban con el vestido extendido como una banderola a las niñas de primera comunión y en los que se paseaban llenos de orgullo unos recién casados que ahora alquilan, en el colmo de la necedad del quiero y no puedo, coches de lujo o limusinas para una hora más o menos.

Lo más dramático es la Feria de Agosto, esa eclosión desvirtuada de la diversión para convertirse —por el sentro— en una mugrienta borrachera universal. Entonces, bajo el Sol inclemente, es posible ver a fantasmas vestidos con un traje ridículo y trasnochado arreando cuadrigas y chariots por el asfalto que se derrite de vergüenza al verlos.

Estoy leyendo Carmen de Próspero Merimée. Sin tener en cuenta las consultas de palabras sueltas provenientes de vocabularios muy arcaicos y específicos —no en vano intervienen militares, gitanos, mujeres ligeras de cascos, bandoleros, arqueólogos, etcétera—, su prosa es sumamente fluida y ágil consecuencia de su vasta cultura que incluía el conocimiento de varias lenguas clásicas, el árabe y el ruso. Últimamente hablo mucho solo y utilizo contra mis adversarios un arma que creo infalible: la congruencia. Es más congruente esta obra que se escribió hace ciento sesenta años, luego llevada a la ópera, que los carromatos y caballos hendiendo los pavimentos malagueños.

Voy a copiar la definición de amor más bonita que he leído últimamente:

“Et puis, malgré moi, je sentais la fleur de cassie qu’elle m’avais jetée, et qui, sèche, gardait toujours sa bonne odeur…”.

Así habla don José, el bandolero de pelo rubio y ojos azules, que se ve prisionero y condenado a garrote vil por dejar libre a Carmen la cigarrera a la escoltaba tras hacerle una equis con la navaja a una compañera de trabajo. Todo es congruente, lógico y coherente ¡porque es don José de Lizarrabengoa, nacido a pocos kilómetros de Irún! Para Merimée el vasco además de tener pelo pajizo, ojos celestes, buena piel y mejores piernas siempre era valiente y noble.

Qué de sorpresas guarda lo clásico.

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Los pequeños universos que conviven conmigo (y una reflexión indirecta sobre el estomagante timo catalán)

20/01/2012

Leo —¡uno sabe tan poco!— que tonsor era el barbero romano y tonstrina… la barbería. Y que en aquellos tiempos memorables este era un lugar de charla e intercambio de chismorreos. Vamos, como ahora.

Llevo años yendo a una peluquería de barrio, modestísima, que ha logrado reunir al mismo tiempo dos sensaciones negativas —el mal gusto con la frialdad— que se contraponen a lo económico y educado del servicio. No es que importe mucho una pared amarillo canario con cenefa de hiedra de factura cien por cien casera, de esas que se hacen con una plantilla; tampoco ofenden mucho las sillas de metal negro tapizadas en azul bleu roy que parecen robadas en un ambulatorio de Siberia ni los tubos fluorescentes de luz hiriente. Lo que realmente resulta espectacular es la multitud de cuadritos con equipos de fútbol juveniles de barrio —yo creo que ese deporte se hizo rey gracias a las peluquerías de caballeros— y una serie de láminas de cristos y vírgenes de gran tamaño cuyos marcos son enjambres de conchas marinas y que un día estuvieron en venta, desconozco si el autor le hizo un precio especial al peluquero (aunque me temo que no) al ver que nadie los compraba o quizás el artista pasó a mejor vida (todas las opciones abiertas, sentido estricto y extenso). Es congruente pero aterrador integrar todo eso con los dos viejos sillones de la marca Henry Colomer Limitada —marca que tanto anunciaba en la radio franquista la sin par Maritere Campos—, el televisor apagado y la radio permanentemente sintonizada en Canal Sur. Sobre el mostrador de trabajo, ahora dudo si es mármol negro veteado o plástico imitándolo, el juego de peines, tijeras y navajas se ve acompañado por ampollas mágicas de crecepelo, participaciones de lotería y un secador de mano desvencijado. Perpendicularmente a esa superficie que podría ser lo más noble del local y hacia arriba, aparece el protagonista espejo donde el cliente joven exige idas y venidas, retoques y modificaciones constantes del corte de pelo (no hay nada más intransigente que un joven español, especialmente si no trabaja ni estudia y vive a costa de su familia y del Estado) o del tinte realizado. Espejo enorme donde los más mayores discretamente van constatando el estrago del paso de los tiempos. Ocho euros pagan los que más tienen (trabajo, familia, profesión, convicciones, piso, coche, etcétera), veinte o treinta euros pagan los que no teniendo nada  ganado por sí mismos (especialmente Ética, llamada en Andalucía “vergüenza”) dedican su tiempo a lustrarse con mechas rubias y peinados cherokees. Por encima de todo lo descrito sobrevuela la pericia admirable del peluquero, su maravillosa profesionalidad que ordena, despeja y da esplendor a las cabezas más feas y descuidadas… por fuera. Lo de dentro está fuera de su competencia.

La historia de la empresa Henry —que era José Colomer su fundador pero decide poner ese nombre inglés sin acordarse de que deberían haberse registrado como Enric a ver qué tal les iba por el mundo— Colomer Limitada está tan torpe como brevemente expuesta en ca.Wikipedia.org pero no en es.Wikipedia.org. Estoy seguro de que vas a entender perfectamente lo que a continuación te copio, pues el català no es más que un alicorto y rancio estropicio de grandes lenguas del pasado y del presente:

Josep Colomer Ametller (Vidreres, 1905-Barcelona, 1998), es va iniciar com a perruquer i després va fundar una empresa de cosmètica i de bellesa que amb el temps es convertiria The Colomer Group. Josep Colomer de molt jove es va fer aprenent de perruquer amb Joan Casellas, de Vendrell. Els divuit anys va anar a París (1923), on va fer una perruqueria de luxe a la Rue Scriba. Després va tornar a Catalunya per casar-se amb Anna Casellas, la filla del seu mestre, i va inaugurar una nova perruqueria a les rambles de Barcelona. El 1943, quan, acabada la Guerra Civil espanyola, va tornar a Barcelona, va decidir crear i desenvolupar els seus propis productes, així doncs, crea l’empresa Colomer Ltda. –posteriorment Henry Colomer- i posa en marxa la seva primera fàbrica. Els anys 50, l’activitat és frenètica: crea nous productes, marques de distribució i avenços tecnològics (sacsadors, líquids per a la permanent, rentacaps…). Als anys 60 continua la seva expansió amb dues noves fàbriques i una trentena de sucursals a tot Espanya. Així es converteix amb la primera empresa perruquera estatal, i a més fa el salt a l’estranger amb la adquisició de la Maison Henry de París. Carles Colomer, fill del fundador, passa a ser-ne el director general. Al 1978, la companyia nord-americana Revlon compra Henry Colomer. D’aquesta manera Henry Colomer aconseguí presència a tot el món. L’any 2000, la família Colomer, juntament amb la societat d’inversions CVC, compra a nivell mundial el negoci de productes professionals de Revlon i neix The Colomer Group. Josep Colomer no va ser testimoni de l’empresa que havia creat, va morir el 12 de novembre de 1998. [© ca.Wikipedia.org].

El consuegro de este empresario, Juan Bautista Cendrós, había fundado en los años cuarenta la empresa Haugrón Cientifical SA fabricante del pestoso (y quizás efectivo) masaje facial Floïd, con su perfecto tapón estriado, realmente famoso en el mundo entero desde uno al otro confín. La empresa hasta se inventa verbos nuevos como haugrolizar o haugroquinar, que vete tú a saber lo que querrían decir. Este producto, junto con Varón Dandy, Lucky, Aqua Velva y Mennen eran la cosmética que un hombre-hombre debía, si podía, usar en la década de los sesenta del siglo veinte.

La peluquería a la que voy no tiene ya tertulia y los clientes escasean. Las obras eternas del Metro han sumido a los negocios afectados en una lasitud tristísima. Aceras de un ancho inusual aparecen descarnadas y feas, con bancos tan mal situados que parecen buscar la umbría y las ventoleras. Languidece la corsetería, cierra la tienda de azulejos y cuartos de baño, el joyero fuma en la puerta y la frutera que quiso ponerse a la moda haciéndose una página web de promoción ha convertido su tienda en una caverna iluminada por una sola bombilla que casi siempre está apagada porque no entra la gente. Nadie gana dinero en el barrio, solo las panaderías.

Y, por supuesto, los bares.

¿Asquerosa?

12/01/2012

Alguien dijo que la capacidad para sorprenderse es el filtro —en el sentido de bebedizo o pócima— que mantiene a las personas jóvenes. Revisando el correo esta mañana, y esa frase ya no significa que el mayordomo me haya traído un montoncito de sobres en una bandeja de plata, primero porque no tengo valet de chambre y después porque solo recibo recibos (¡qué arte, qué dominio del idioma!) bancarios, material innoble y humillante que no merecería ese trato distinguido y ceremonial de la brillante salvilla, pues como decía… revisando el correo electrónico me ha llegado el nombre de un pueblo de Granada asociado a una foto maravillosamente triste que oprime el corazón. La imagen es de una simplicidad terrible: una cama antigua de hierro con el cabecero y el pie de la misma altura ocupando un rincón. Sobre la colcha, flores. Y en el diedro blanco de las paredes con zócalo de almagra, porque no se ve el techo, dos cuadros con sendos grabados religiosos. Casualmente uno de ellos vigila también mi escaso sueño.

El autor de la foto quiere que mi cerebro no se enrobine y a mis preguntas —¿dónde está esa cama, de quién es?— responde con “La casa está en Asquerosa”. Respuesta misteriosa y críptica.

Mucho he criticado a Güiquipedia y me gané hace años grave castigo de uno de sus gerifaltes (españoles) por osar editar el artículo dedicado a ese bicho zafio, obtuso, cegato y sectario llamado Manuel Hidalgo, entrada que solo era (y será) un monumento a la mentira y al nepotismo. Una mujer me salvó, porque la peor mujer es siempre mejor que el mejor hombre, y el bloqueo se levantó a cambio de mi promesa de no tocar otra vez la biografía de ese perro pulgoso. Pero intrahistorias vergonzosas aparte, Güikipedia siempre da una solución que a veces es hasta muy buena, y al consultarle la palabra “Asquerosa” me contó esto: pueblo segregado de Pinos Puente, en la provincia de Granada, que ahora se llama Valderrubio, cuyo nombre proviene del inmenso honor de haber sido el primer sitio donde se sembrara tabaco rubio americano. Hasta aquí, como verás, nada me aclaraba sobre la sencilla cama literalmente pegada al diedro encalado de un rincón.

Yo siempre he visto con admiración a quien era capaz de explicar algo difícil con palabras sencillas. Si el Español —no existe el Castellano, ese concepto es una maniobra miserable de lo más cutre de esta nación llamada España— limó el seco y duro Knut hasta ser Canuto o el enrevesado Malborough paso a ser el dulce Mambrú… es una bella historia. Pero resulta que Güikipedia, al escribir yo “Asquerosa” me ha presentado Valderrubio. Qué raro.

Realmente la villa —y no se dice el porqué— en tiempos romanos se llamó Aquae Rosae, agua de rosas, que ya es nombre bonito. Y de ahí —acuerrose, acuerrose, acuerrose…— se convirtió, con grave pérdida, en Asquerosa.

Solo a una comunidad estrictamente estúpida se le ocurre aceptar Valderrubio para sustituir a Asquerosa estando Aquae Rosae de por medio y tan a mano.

En Asquerosa vivió Federico García Lorca, más conocido como Federico, hombre penosamente maltratado por sus congéneres y por los amiguitos de Manuel Hidalgo, que excavan y excavan tratando de colgarse a modo de medalla triunfal los restos del cordial y maravilloso escritor que fue asesinado, como tantos otros, por gente muy mala… Todo el que mata es malo.

Esa cama de la foto intuyo que fue de él.

A ambos el mismo Cristo ha vigilado nuestro sueño.

Informe anual

01/01/2012

Si has entrado en este blog alguna vez, además de hoy, debes pinchar o copiar este enlace (link) que no ha sido posible vincular como es debido por algún problema técnico. No obstante lee ese informe porque eres su protagonista.

http://nuevavidavirtual.wordpress.com/2011/annual-report

La compañía WordPress anualmente hace un informe privado de la evolución de cada uno de sus blogs pero con la opción de hacer públicos dichos datos. Yo cada día veo la letra más chica, pero “a caballo regalado no le mires el diente”.

Ya es público, por tanto, en atención a ti.

Gracias, y espero seguir los consejos que me dan.

Qué tristeza da ser español, Mari Ano

28/12/2011

Asco

http://www.youtube.com/watch?v=ycpIRM8sRT8

It’s a Wonderful Life

25/12/2011

La vieja Ingrid, en el día de Navidad, cometió un error impensable en una mujer de su talento: tras una comida larga y copiosa regada generosamente con las más variadas clases de caldos —desde el jerez del aperitivo hasta el calvados del postre, pasando por el mosela fresco con el pescado y el borgoña chambré para el asado sin faltar el glacial fruto de las barricas de Reims— se sentó en su sillón más cómodo, envolvió su varicosas piernas en una manta italiana a cuadros de color oscuro y vio la enésima reposición televisiva de Qué bello es vivir, la dulzona película de Frank Capra que, con sesenta y cinco años de edad, se conservaba ágil y eficaz como el primer día y tan peligrosa como el puño de un peso pesado del boxeo que nos engañara amagando con un brazo mientras que con el otro nos mandaba al hospital, casi sin darnos cuenta, knockout y con la mandíbula destrozada.

Cuando apareció Clarence, el ángel de la guarda viejo y regordete, empezaron los primeros síntomas de malestar y pensó la anciana que una copa de helado de chocolate le haría digerir mejor a James Stewart apoyado en la balconada del río bajo una desorbitada tempestad de espuma artificial que simulaba malamente una tormenta de nieve. Como dijo aquel, “Ni cenamos ni se muere padre”. Ni el protagonista se suicida ni le pega un tiro al malo pues lo salva un ángel bobo (y sin alas) en un país protestante que solo cree en el dólar, en la mafia, en el whisky y en la marihuana.

Ingrid lloró y se limpió esos mocos acuosos, transparentes, que siempre salen con las lágrimas en la manga de la blusa de seda que acababa de estrenar cuando arreció la maravillosa música de Dmitri Tiomkin. Es lo que se espera ya de un vejestorio: sensiblería, olor a orina y sospechosas manchas en la ropa. Viendo cómo la cintura del pantalón del protagonista se ajustaba veinte centímetros por encima del ombligo en un sorprendente derroche de tela, llegó a la conclusión de que aquella película formaba parte del catálogo de encargos de la CIA a Hollywood para adoctrinar a la población en tiempos problemáticos amansándola con un hipnótico más fuerte que el láudano: la amistad, la generosidad, la honradez, el amor conyugal, la familia numerosa, el valor del soldado, el sacrificio por la patria, la fidelidad y la gratitud bien mezcladas, con dos aceitunas, eran el cocktail perfecto para disimular la droga venenosa.

Acto seguido fue a buscar una campanita de cristal rojo y estuvo sonándola durante largo rato como una estúpida pues en la película se dice que cuando se oye ese tilín-tilín… es que un ángel ha conseguido sus alas. De ser cierto, la vieja Ingrid cubrió de plumas a un ejercito.

A pesar de todo, reconociendo que el actor estaba guapo en cualquier posición ante la cámara, se dijo a sí misma que James Stewart era uno de los hombres a los que mejor le sentaba un sombrero Stetson. Y es que, pensó, que la corbata, la camisa y el sombrero eran como el rojo de labios de las mujeres, o el rimmel o el bolso o los tacones: unos detalles definitorios para un hombre.

Viendo la jura del nuevo gobierno observó que los ministros se anudaban la corbata como si tuvieran helados los pezones o como si pretendieran ahorcarse con ella (lo cual hubiera sido muy meritorio teniendo en cuenta que serán verdugos y no víctimas). No era ya el mal gusto de los colores claros y chillones en los que ni un adolescente debe caer en la fiesta de fin de curso; la cosa era más grave: los paños usados por los sastres ministeriales pueden que fueran de Austin Reed — of Regent’s Street, London, claro está— pero daban una impresión cenicienta, como de empleados de funeraria. Una corbata no debe nunca pretender curar una faringitis. Una camisa estrecha y oscura solo pudo permitírsela Travolta. Pero acertar con el sombrero y llevarlo bien requiere más ciencia que el acelerador de partículas ese en el que se entretienen cuatro chalados quemando los billetes de banco que por toneladas les dan los desaprensivos políticos. Un sombrero de hombre, ya sea Panamá o Stetson (Borsalino o Canotier no existen para alguien de buen gusto), debe dar sensación de souplesse como dicen los franceses con una sola palabra mientras que nosotros, para la misma sensación, debemos reunir muchos más términos, tales como agilidad, suavidad, naturalidad, ligereza… Vaya, que no imite el casco del káiser von Bismark sino que el hombre parezca que se ha olvidado que lo lleva puesto.

Cuando el The End ocupó la pantalla del televisor, Ingrid concluyó con la cabeza ladeada que de haber tenido un arma de fuego a mano habría destrozado de un disparo aquella innoble pantalla pero aunque hubiera perecido como Sansón con todos los filisteos, lo habría hecho. Siempre le fascinó la leyenda urbana que contraponía implosión a explosión, la gente vulgar usaba el verbo reventar y terminaba antes.

Las Navidades tienen eso, que se empieza estrangulando a los niños del vecino y, como el que no quiere la cosa, se termina faltando a la Misa del Gallo oiga…

Entrañables fiestas

22/12/2011

«—Es posible que alguna vez no tenga usted razón

[La Sra. Sesemann, abuelita de Clara, a la Señorita Rottenmeier]

Joahanna Spyri,  Heidi, 1880

Estos días son el alambique en el que se depura la oleada de patrañas más grande de todo el año hasta lograr un licor nauseabundo.

No hay unas fechas en las que se mienta más y con peor estilo. Los embustes estallan deshaciéndose en estrellitas luminosas, cada una de las cuales son trolas a su vez y que al ser también explosivas inundan nuestros universos, cegándonos.

Cada chispa es una bella palabra, cada fogonazo… un rancio deseo de Paz y Amor.

Así es, si así os parece [Così è (se vi pare), 1917] es el título de una conocida obra de teatro de Pirandello que todos pudimos ver en aquel programa de televisión memorable llamado Estudio 1. Copio el comentario que de ella hace la sin par Wikipedia en Italiano. Se entiende estupendamente:

L’opera è incentrata su un tema molto caro a Pirandello: l’inconoscibilità del reale, di cui ognuno può dare una propria interpretazione che non può coincidere con quella degli altri. Si genera così un relativismo delle forme, delle convenzioni e dell’esteriorità, un’impossibilità a conoscere la verità assoluta…

Yo cada día me parezco más a los clásicos. Por lo tanto —lector, lectora— que tengas unas feliz Navidad y un próspero año nuevo.

Gracias por leerme.

Elogio de la vejez

08/12/2011

La calle Horacio Lengo de Málaga es fea y no tiene un solo punto, por mínimo que sea, relacionado con el Arte o el buen gusto a pesar de que está dedicada a la memoria de un ilustre pintor. Vista desde arriba, emparenta con la calle de Gerona (¿habrá en Gerona una calle dedicada a Málaga?) y con la avenida de la Aurora, nombre este último de los más hermosos y acertados que puede recibir una vía pública. Cuando tengas tiempo, lector o lectora, visita el Museo Municipal: allí está su cuadro La moraga, que debería ser asignatura obligatoria el verlo (los políticos lo contemplarían de rodillas y con orejas de burro) pues se aprende más Historia observándolo que con un libro de texto de los de ahora. Siéndome extraordinariamente simpática la señora Cervera-Thyssen creo que muchos malagueños le han prestado más atención a su pizpireto museo (que tardaré en visitar) que a la pinacoteca de la Coracha (que es gratis, además de muy interesante).

La calle Horacio Lengo sería la bisectriz del ángulo recto que forma el Norte con el Este en la Rosa de los Vientos lo que le da a los edificios una mala orientación permanente, en cualquier época del año: si la fachada está en sombra, es invierno; si la quema el Sol, verano. Pero en su deprimente urbanismo tiene para el que escribe estas líneas el enorme valor afectivo que modelan los recuerdos. En esa calle hay farmacia, supermercado, tienda de muebles, zapatería, zapatero, frutería, droguería, bar juvenil para jugar al billar y a los dardos, bar de putas y putos (los que consumen horas de su vida allí encerrados creyendo que están por encima de los demás, tal es la mirada miserable y altiva de la generación que ronda los treinta años: ellas, con veinte kilos de maquillaje y vestimenta de romano; ellos con pantalones vaqueros que garantizan la criptorquidia y la asfixia, de manga corta siempre, pero con varias camisetas de muletón debajo), taller de coches, copistería, peluquería y bar de churros. Hay también un negocio de belleza para depilaciones y tratamientos de esos que nadie en su sano juicio daría un euro por ellos. Hay mendigos de origen balcánico, autoescuela, distribuidor de productos de peluquería profesional: hay de todo, pues. Y no es una calle excesivamente larga. Obviamente hay tiendas de chinos desconfiados, antipáticos y sucios y tiendas “de moros” educados, simpáticos, confiados y seguramente más limpios que yo.

Regresando hacia mi casa, a media mañana, me tocó en el brazo un hombre muy mayor diciéndome “Haga usted el favor…” que es como siempre se usó por estas tierras, no el relamido y postizo “por favor” que ha calado tanto en el Sur de España donde pronto la gente gruñirá pero eso sí, intercalando una serie de palabras que consideran muy finas simplemente porque vienen  de fuera. Me preguntó por una oficina de Correos que no acababa de encontrar y ya estaba cansado y perdido; lógicamente acordamos ir juntos hasta allí. A los pocos segundos me explicó que era para pagar la luz, que se había despistado ese mes y tal. Tenía una necesidad imperiosa de que lo escucharan. Estaba harto. Con un hijo de casi cuarenta años en la casa sin casarse ni trabajar —había estudiado Diseño Gráfico— y fumándose tres paquetes de tabaco al día. Estaba el hombre, repito, harto y desesperado. “Mire usted —me dijo— la gente solo habla de fútbol, y yo le digo una cosa: yo disfruto viendo un partido como el que más pero también gusta hablar de otras cosas ¿verdad usted?”. En un momento dado, al cruzar una calle, le dije que se agarrara de mi brazo… cosa que rechazó educadamente alegando que él estaba bien aunque algunas veces se mareara un poco (fue pura coquetería, lo cual me hizo sonreír). Al llegar a la acera se detuvo, sacó la cartera y se presentó dándome el carné de identidad: era Juan M***, natural de Coín, domiciliado en Málaga, etcétera. E insistió en que me fijara en el año de su nacimiento: 1930, tenía ochenta y un años. “Yo tengo una paguilla —y aquí dijo el nombre de una empresa de telecomunicaciones que cerró, echando a todo el mundo a la calle— y miro mucho por el dinero. Y le voy a decir una cosa: porque fui siempre un obrero…” entrando, a continuación, en un lúcido análisis de la política española para terminar confiándome el secreto de su voto en las elecciones pasadas.

Iba Juan con un chándal gastado de tantos lavados y una gorra. Extremadamente delgado, alto, solo había pasado dos malos ratos en su vida en lo tocante a la salud: una operación de úlcera de duodeno cuando tenía cuarenta años y, más recientemente, otra de cataratas. Se alegraba sin ufanarse de su fortaleza —“Mi mujer está echada a perder siempre con las artrosis, la pobre, y soy yo el que arregla las cosas”— y amargamente se refería sin criticarlo al hijo que tenía el dedo amarillo de los tres paquetes diarios de tabaco. “¿Usted no se ha dado cuenta de que la gente joven de ahora solo quiere dormir? —le dije yo por cambiar la trayectoria— A mí me parece que no les gusta ni comer por el esfuerzo de masticar”. A lo que me respondió con tristeza

—Qué razón lleva usted. Nacieron cansados.

Entré yo primero en la oficina de Correos advirtiéndole del enorme escalón que debía salvar. Rápidamente le cogí número y le dije en voz alta varias veces que se sentara porque los escasos bancos estaban ocupados, para que alguien moviera el trasero. Nos dimos la mano al despedirnos. Me dio las gracias como solo las personas dignas saben hacerlo.

Juan M*** (natural de Coín, nacido en mil novecientos treinta) rompió en mil pedazos mi axioma de que los hombres viejos son inaguantables.

Daños colaterales los llaman…

25/11/2011

Todos tenemos un catálogo de emociones con al menos una sección por cada sentido. El sabor de los helados de vainilla, notas de una sinfonía de Beethoven, el olor de las flores y la mano de un niño chico… pudieran ser el primer apunte de los míos.

Por encima de todo están los ojos. La vista es tan importante que causa espanto pensar en la posibilidad de perderla. Yo siento pasión por la fotografía. Hay varios impactos visuales en mi vida, y seguramente debo haber hablado aquí de ellos: el asesinato del vietnamita escuálido por el vietnamita militar —por desgracia, perro sí come perro— en la calle y a plena luz del día con la indiferencia sumarísima del que estruja un papel inservible que le estorba; el disparo de Dallas (¿hará falta decir que sobre el hipócrita, eficaz y encantador Kennedy?); la mirada de la niña colombiana del terremoto que iba viendo como subía el nivel del agua que la iba a matar o las fotos de Isabel II que le hizo Annie Leibovitz pudieran ser algunos de los shots —la gente sigue diciendo chutar a puerta— que más me han afectado en un sentido o en otro.

Pongo hoy sin motivo, simplemente porque la he recordado casualmente, una foto que si no me equivoco fue Premio Pulitzer. Ciertamente eso es lo de menos. Si fuera posible —es un ruego— pasa por alto lo accesorio y céntrate en el niño: imagina el aleteo casi inapreciable del cuello de su camisa con el viento que se arrastra entre las tumbas, repara en la amarga tristeza de sus ojos al recoger la bandera —una cualquiera, eso es lo de menos— que cubrió el cuerpo acribillado de su padre, fíjate en el rictus de su boca que al final es lo que traiciona el estoicismo de la imagen infantil… Me resulta insoportable el dolor que provoca la tortura y la guerra. Esa vulnerabilidad a veces se emparenta con la injusticia: el otro día mismo sentí lástima por el hijo de Gadafi. Para gobernar el mundo hace falta ser de hielo.

SEGUNDA OPORTUNIDAD

13/11/2011

Sonaron las doce, y el tren comenzó a deslizarse por las vías. Tan lentamente que los pasajeros no se percataron del movimiento hasta que miraron por las ventanillas y se asombraron durante un segundo de que la estación corriera y, además, al revés. El primer túnel subterráneo convirtió en espejos los cristales y cada uno pudo ver y verse en el reflejo. Después, al salir a la superficie, el sol de la mañana propuso un escenario nuevo.

Cumplir años, a partir de cierta cifra, no es un acontecimiento que mueva al entusiasmo, pensó Ingrid apartándose un mechón de pelo canoso que se le derrumbaba siempre sobre la cara como respuesta al más leve movimiento de su cabeza. Hizo una mueca con la boca, casi despectiva, y cerró los ojos dejándose balancear por la velocidad que le empujaba los hombros.

Guardaba en el ordenador la célebre foto del viejo con gorro de payaso, confeti, guirnaldas, globos y matasuegras sentado ante la tarta de cumpleaños que ardía como una hoguera iluminándole la cara, las gafas y una camisa floreada de manga corta de esas que solo usan los extranjeros. Se entretenía muchas veces reconstruyendo la historia anterior del momento retratado fabricando la biografía de aquel hombre triste. Tenía varias versiones, pero casi siempre se inclinaba por el perfil marino-experto-en-explosivos, y que el ardiente espectáculo lo había ideado y llevado a cabo él mismo.

Unas veces la imaginación le servía más detalles (como, por ejemplo, una puerta que se abría y entraba la celadora del asilo gritando “¡Viejo, loco!” con un extintor de incendios en la mano) pero todos ellos eran patéticamente negros. Finalmente, casi siempre se decidía por la versión que situaba al artificiero en un hotel sórdido donde se suicidaba incendiándolo, y en el que perecía hasta el apuntador… Algo así como la muerte de Sansón que relata el Antiguo Testamento en el renombrado libro de los Jueces.

Ingrid pasó el dedo índice de la mano derecha por sus labios como si mandara callar a alguien inexistente. Se le había venido a la cabeza esa canción griega que se le agarró al corazón cuando la oyó hace muchos años por primera vez:

δάκρυα η ζωή στεγνώνει

ξημερώνει, ξημερώνει.

y tradujo en un susurro negando con la cabeza, desmintiendo el significado: “La vida seca las lágrimas. / Amanece, amanece…”. Ximeróni, amanece. Había decidido poner tierra de por medio, tanta como fuera posible hasta que las fuerzas le fallaran. Por la indignación que le recorría el cuerpo podía llegar hasta la península de Kamchatka, apéndice que desde chica le había llamado mucho la atención en los mapas y que luchaba contra la majestuosidad de California, la evocadora Florida y la siempre inquietante Crimea. Estudiar Geografía fue para ella una pasión más que un gusto. Cuando descubrió la romántica teoría de Wegener considerando los continentes como barcazas a la deriva se fue corriendo al lavabo, lo llenó, y en la superficie brillante del agua depositó reconstruida la cuartilla que había partido antes en trozos; sobre cada uno de ellos había escrito con lápiz una palabra —amor, perfidia, muerte, dinero y salud: una por cada continente— y a la mañana siguiente vio que el giro de la Tierra había emparejado siniestramente amor con dinero en un rincón del lavabo… Desde entonces dejó de creer en esa especulación del científico alemán, y la palabra Pangea perdió el enorme encanto que tenía.

No había dormido en toda la noche pasada. El cuerpo le pedía un descanso que el incómodo asiento del tren no le permitía así que se resignó a perder de vez en cuando la consciencia cuando reinara el silencio en aquel vagón lleno de niños y de maleducados con teléfono móvil. Mientras ese sueño corto llegaba fijó los ojos en el hombre que ocupaba el asiento de enfrente. Visiblemente nervioso, miraba una y otra vez el reloj. Tenía la cara angustiada, con ese gesto mitad agrio y mitad triste del que se frustra por no disponer de la varita mágica del mago. Cuando dejó de interesarle el viajero este dio un brinco, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un teléfono cuyo timbre no se había escuchado. Pulsó algo, se pegó al oído el aparato, escuchó atentamente lo que le decían, asintiendo, y al terminar de hablar, con la cara iluminada de alegría le dijo directamente a la desconocida que tenía enfrente “¡Ya hay fecha para el bautizo de mi niño!”. Perpleja, pero ciertamente complacida por la espontaneidad del hombre, Ingrid alargó su mano derecha y balbució una felicitación al uso. Él, obviando el gesto, se levantó del asiento y la besó en la cara al tiempo que la invitaba a un café para celebrar la fanfarria aneja a su novata paternidad.

Hay ocasiones en las que todo da igual. Y tampoco era montar una bacanal en alguna loggia vaticana el sentarse un rato con aquel desconocido. Así que, sin mediar más palabras, cogió el bolso, se incorporó y sonriendo anduvo los escasos pasos que la separaban de la puerta, y se dirigió a la cafetería sin mirar atrás. Tomó asiento en un taburete de la barra y enseguida el desconocido hizo lo mismo, a su lado.

—Qué vas a tomar, Ingrid.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? —dijo ella casi violentamente y mirándole a la cara mientras que el labio superior y el nacimiento del pelo por la frente se le cubrían de una finísima capa de sudor.

—Cómo es posible que no me recuerdes, ¿tanto he cambiado? Fui tu alumno favorito en aquel 3º D cuyas ventanas daban a la hilera plantada de lilas y celindos cuyo aroma inundaba el aula y te hacía tartamudear al relatarnos como el divino Caravaggio salvó el pellejo gracias a la familia Colonna… Venga, no has podido olvidarte de Ángel, di que me recuerdas…

—¡Ángel Satrústegui! En el siglo ángel mío, como te bautizamos todas las mujeres que te rodeaban siempre, cuántos favores te debo, qué amable fuiste siempre. Ángel mío imprime, fotocopia, llama, avisa, abre, léeme, cierra… nunca te molestaron tantos imperativos. Cuéntame tu vida desde entonces hasta aquí, de momento ya sé que acabas de ser padre. Rebobina, anda.

—Cuando te expulsaron de la Facultad a raíz de aquellos disturbios que rodearon la elección del nuevo rector yo no pude terminar el curso porque la camarilla de tus enemigos me hizo la vida imposible, sabían de qué lado estaba yo y actuaron en consecuencia. Como en mi casa el dinero siempre fue abundante —y remarcó la frase mirando a ambos lados y bajando la voz cómicamente aparentando la clandestinidad del temor a ser oído— mis padres me pusieron por delante un mapa, más o menos, y me dijeron “Elige”. Y naturalmente me fui con armas y bagajes a Florencia. Allí trabajo, allí me casé y allí está mi niño que va a llamarse… ¡Adivínalo!

—Qué cosas tienes, cómo voy a saberlo.

—Dime tres nombres. A ver si aciertas.

Ingrid bebió lentamente de la taza de café que quemaba todavía. Ángel la observaba con su típica risa contenida que le movía el pecho en una vibración rítmica. Entonces se dio cuenta, mirándolo de lado, que los ojos ambarinos de su antiguo alumno tenían una hermosura sin par aquella tarde. El color caramelo se había oscurecido con los años pero un rayo de sol que entraba por la ventanilla resvalaba tangente sobre sus pupilas despertando destellos más dorados y brillantes que las luces del ocaso que ya estaba a punto de terminar. En el horizonte veloz, el sol se tapaba y destapaba con cerros y arboledas. Y, en un segundo, el vagón cafetería quedó iluminado únicamente con la luz eléctrica.

—César.

—No.

—Pío.

—Tampoco. Juega tu última carta.

—El niño, tu hijo, va a llamarse Antonio ¿verdad? —dijo ella poniéndose extremadamente seria.

—Claro. Parodiando la frasecita que adorna los tribunales italianos podíamos decir que la Legge è uguale per tutti pero la muerte, no. Vuelve a sonreír, Ingrid, que te has puesto pálida y demasiado seria. Ni tú ni yo vamos a olvidar nunca aquel disparo al aire, según el ministro del Interior, que segó la vida en flor de mi hermano. Siempre fuiste una mujer extremadamente valiente: ¿de dónde sacarías valor para tapar con tus manos aquel río de sangre que le salía del costado y gritar al mismo tiempo “asesinos, asesinos, habéis matado a un niño” a la cara de aquellos bárbaros uniformados? Venga, cuéntame, a qué vas a Madrid. Habla.

—No voy a Madrid. En realidad no voy a ningún sitio. Después de este tren, cogeré otro. Y después otro. Así hasta que me quede sin dinero, luego ya veremos.

—O sea que vas a Riga.

—Ángel no te entiendo. Qué dices…

—Ángel Ganivet, Riga… Allí fue a suicidarse un veintitantos de noviembre. Dos veces tuvo que tirarse al río Dvina para morir como un perro. Tu no eres Madama Butterfly tampoco. Porqué haces eso.

—Calla. Soy vieja ya para que me enseñes a vivir. De tanto explicar el Ars moriendi debería haber tomado nota y aplicármelo a mí misma.

—Hagamos una cosa, Ingrid. En estas fechas, los aviones que vuelan por la noche desde Madrid a Florencia van casi vacíos. Vente conmigo. Te ofrezco que seas la madrina de mi hijo.

Ángel Satrústegui metió la mano derecha en el pantalón y sacó un teléfono móvil que manipuló rápidamente; después se lo puso a ella a escasos centímetros de los ojos diciendo

—Che culo d’angelo ha il bambino, non è vero?

Ingrid sacó del bolso unas gafas de cerca que acentuaban su ya de por sí gran parecido con la actriz Lee Remick y sosteniendo el teléfono con las dos manos poco a poco su expresión fue cambiando dejando la acritud marchita y renovándose en una sonrisa emocionada al ver la foto.

—Ya me gustaría ser la madrina de este segundo Antonio… Tu mujer ya habrá escogido a los padrinos… Gracias, pero no debo…

—Padrino hay, mi cuñado. Pero madrina no encontrábamos sin duda porque la Fortuna, esa dea capricciosa como decía el Dante, sabía que nos encontraríamos tú y yo después de tanto tiempo.

***

—Antonio, io ti battezzo nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo.

La voz del sacerdote sonó clara y serena en el relativo silencio de la ceremonia en la que cuando no era uno era otro pero siempre lloraba alguno de los niños que recibían el bautismo. Colocados en círculo alrededor de la Pila, en brazos de sus madrinas y con sus padrinos al lado sosteniendo una vela encendida, probaban suerte en el mundo de los cristianos. Una sonería en forma de rueda llena de campanas giraba sin cesar produciendo un ruido tan estridente que no dejaba oír el aleteo de los ángeles de la guarda que, disciplinados, ocupaban su invisible posición. El organista interpretaba una obra de belleza frívola y circunstancial cuya melodía llena de adornos fue muy celebrada al final de la ceremonia. Tan solo Ingrid y la feliz madre de Antonio localizaron al autor de segunda fila en la memoria y se miraron mutuamente con cara de circunstancias.

Después del requisito imprescindible de las fotos en todas las combinaciones que mandaba el protocolo de estos actos —madrina, padrino; madrina, padrino, padres del niño; madrina y amigos de los padres del niño; madrina, padrino, padres del niño y amigos con el concurso siempre amable de alguien que pasaba por allí— ocuparon las mesas más soleadas del rincón que formaba la iglesia con los muros de una escuela, silenciosa por ser sábado. El camarero anotó rápidamente los deseos casi unánimes de los clientes y en pocos minutos las mujeres formaban una hilera de piernas al sol con una copa en la mano y los hombres un grupúsculo que en la más densa sombra de la sombrilla más oscura fumaba y discutía de fútbol, del último smartphone  y de la inaplazable necesidad de que Berlusconi —al que habían votado casi todos— dimitiera por el bien de Italia.

Ángel se puso por detrás de Ingrid, apoyó las manos en sus hombros y le dijo bajando la voz hasta lograr el registro de un susurro:

—Tu ahijado está sin botitas de lana que ponerse y pronto hará frío, tampoco tiene calcetines de croché como todos sus colegas, esperamos que todo eso llegue pronto desde España. El taxi ya viene para acá. Buen viaje. Tan solo dale un beso al niño y no mires hacia atrás. 

FIN

Nota.— Esta foto que renueva la cabecera del blog es un regalo expreso del autor. Cuando la vi me pareció el Sol, tan importante para mí. Gracias por lo tanto. Ya no aparecerá más la cita de Ciorán.