Las croquetas de doña Adelaida

25/04/2012

Paseando por el Parque el otro día observé que en el viejo edificio de Correos, hoy palacio de Rectorado, había gente en la terraza del exclusivo inmueble, estancia absolutamente prohibida para el pueblo llano. Apoyé la cámara en una farola, le di toda la potencia al tele y pude captar varias escenas a pesar de la lejanía y dificultad.

¿Quiénes eran esos y esas a los que trataba tan bien la rectora? Señor Ministro del ramo, Señor Alcalde de Málaga (hombre honrado, trabajador y prudente): Yo quiero subir a esa terraza también, y si es posible, que me inviten a esa cualquier cosa que es todo un magma de posibilidades: desde el café con leche hasta la tónica Suez para poder relamerme como la paniaguada de la foto. Denle a este post la consideración de instancia y ya saben que el Silencio Administrativo juega a mi favor.

A veces he visto la furgoneta del cátering de Lepanto parada en la esquina eminente del Ayuntamiento —la llamo así porque un paramento del diedro pertenece a la Avenida de Cervantes y el otro se llama calle Roma— y se me ha reverdecido la úlcera pensando en la comilona que le estábamos pagando a alguien.

Al menos, ministro o alcalde, resuélvanme una duda que me corroe: ¿Las croquetas de la foto las frió la magnífica Adelaida?

Gracias, Cristina

17/04/2012

A partir de el discurso de nacionalización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (o algo así pero que al final se queda en YPF) la presidenta de Argentina me ha servido en bandeja un nuevo insulto —que supongo será muy suave— que no conocía, una palabra nueva. La señora Fernández dice que ella es Jefe del Estado y, por lo tanto, que no se va a desmelenar como una patotera.

Qué sonido tan hermoso tiene la palabreja: a-o-e-a, vocales fuertes, recias como la Pampa o el Chaco. Lo mismo da que signifique eso, esto o aquello, lo importante es que la hija enseñe a la madre. Y del buen corazón de Cristina, la que no es patotera sino Jefe del Estado, sé que me puedo fiar. Todo lo hace por su pueblo. Incluso creo que hasta lo hace por mí.

Llegado a este punto, por la afición que tiene uno a las palabras, me he ido al Diccionario de la Academia y resulta que patotero es el que forma parte de una patota o adopta sus comportamientos. Doy el paso final, y me dice el diccionario normativo de mayor prestigio que una patota es un grupo de gente joven abusona, desafiante, gamberra y desvergonzada. Podemos estar ya tranquilos.

A partir de ahora será mi insulto favorito, le decía a un amigo doliente esta mañana. Los demás pueden ir ensayando: “Tú eres un patotero, no te acerques; cierra la boca, que pareces una patotera; lo que aquí tenéis liado, cuadrilla de merdellones, es una auténtica patota…” y así sucesivamente.

Una vez, yendo en el autobús, unos patoteros adolescentes ofendían a otro que estaba de buen año, bien gordito vaya. Con esa riqueza verbal que caracteriza al andaluz de corta edad (y menor educación) le impedían participar pero el gordo insistía en dar su opinión.

De pronto, el patotero más repugnante de aquella patota le dijo al chaval (xaval en el léxico de ahora) obeso unas palabras que cerraron toda la discusión, reinando a partir de entonces un silencio sepulcral a partir de oírse aquello. El “¡Tú te callas, serda!” fue definitivo.

Hay una poesía (o lo que sea, porque esta gente surrealista todo lo enmarañaba) muy hermosa de Jacques Prévert (1900-1977) que se titula L’accent grave, y es una parodia del valor extraordinario que tiene una tilde en Francés: “ou” es la conjunción disyuntiva española o, pero si escribimos “où” se convierte en el adverbio dónde.

No es lo mismo cerdo que serdo. Ni serdo que serda. Pero callemos, no convirtamos este ilustrado blog en una patota (y ustedes en unos patoteros).

Pesadillas (las mías y las ajenas)

15/04/2012

La mañana del domingo ha sido muy productiva. A las seis, me desperté de una pesadilla. También he sabido por fin qué son las pacanas —exquisitas, siempre que puedo encontrarlas, compro—, el polvo de flash y el elixir de Lydia Pinkham. Estoy leyendo muy despacio, como con lástima de que se termine, el maravilloso libro “La evolución de Calpurnia Tate” (Jacqueline Kelly, 2009) ¿Se nota, verdad? Marco las páginas con una guía que tiene el célebre dibujo de la Salomé de Aubrey Beardsley. Me gusta el color amarillo. Y los tres últimos libros que he comprado tienen ese color. El tercero, aún sin estrenar, es de Cesare Pavese, autor por el que siempre tuvimos pasión las gentes de mi edad.

Anoche me acosté muy tarde, de madrugada casi: a las once, una hora más tarde de lo habitual. Tenía demasiadas cosas feas arañándome la cabeza, ojalá hubiese sido una enorme familia de piojos o de pulgas. Y, además, la televisión pegando gritos a mi lado no podía ser la mejor tisana para adormecerse. Posiblemente todo eso revuelto, compactado en los vórtices del cerebro, me provocó ese malísimo sueño.

No sé cómo ni porqué me veía conduciendo un aparatoso todoterreno 4×4 de esos que cuestan una fortuna. Era de color dorado y marrón. Se movía en silencio, tenía un volante pequeñísimo y tan sumamente sensible que lo giraba con el dedo índice metido entre los radios, como si marcara el número en un teléfono antiguo. Pasé por tierras secas y llenas de piedrecitas, entre filas de domingueros y excursionistas que parecían de romería, cercanos a un hipermercado. Me detuve para lavar el coche y cuando estaba dentro del túnel… silenciosamente aparecieron a mi lado dos hombres con acento extranjero —no voy a decir cuál, pero era reconocible— que me ponían en el cuello unas tijeras de treinta centímetros exactamente iguales a las que tengo con mis iniciales grabadas. Me decían con voz pastosa, grasienta si las voces pudieran ser así, que les diera el dinero o me la clavaban. Yo abría mi cartera que aparecía como un acordeón, llena de multicolores tarjetas, y les rogaba que me dejaran el deneí porque la documentación era difícil de conseguir y, en ese instante, ¡plop!, ahí se terminó el sueño, la angustia, y regresé a la realidad.

Necesito una bañera con agua tibia, sales inglesas, pétalos de rosa flotando. Y un enorme trébol de cuatro hojas: Para regalarlo.

Madrid, Madrid, Madrid…

11/04/2012

Hace muchos años —para mí, ya casi todo es Prehistoria— la ciudad de Málaga se unía y trasvasaba gentes con la villa y corte a través de un tren que se llamaba el Costa del Sol, los convoyes (hay quien dice “convoys” sin duda pensando en el viejo, noble y lejandario Oeste) de vagones azul oscuro con el emblema de Wagons Lits Cook salían a las diez de la noche y llegaban a la estación de Madrid a las ocho de la mañana, ojo, del día siguiente. Toda una gesta.

Lo grande siempre fascina. Me imagino que París o Roma o Nueva York o Londres, por decir algo, deben atraer igual a sus periferias. Pero ir a Madrid desde provincias —a los madrileños siempre les encantó decirlo así con cierto aire de menosprecio— de toda la vida ha sido como hacer un tramo de una carrera universitaria. Algo importante.

La radio española, rancia hasta la médula en la era de la información inmediata a través de Internet, insiste en hacer ruedas de corresponsales que nos cuentan cómo está el cielo y el tráfico según los ven ellos corriendo el visillo de su dormitorio con ojos llenos de legañas y entre bostezos mal disimulados. A veces, inventándoselo. ¿Sevilla? Mucho calor. ¿Málaga? Paraíso. ¿Granada? Frío. ¿Canarias? Ideal. ¿Bilbao? Lluvia. Siempre los tópicos de siempre, porque son seguros: la innovación es un riesgo.

Pero hay una constante informativa en la radio matutina que me hace mucha gracia: todos los días laborables la calle Marqués de Monistrol de Madrid está hecha un caos de tráfico. Jornada tras jornada, la locutora repite eso que ya no debería ser noticia, lo contrario sí que lo sería…

No sé andar por Madrid. No conozco los barrios ni los pueblos aledaños. No sé dónde está nada. Tengo como flashes —el Prado, la plaza de España, el Palacio Real, las barquitas del Retiro y poco más— de esa gran ciudad pero sin continuidad en un plano mental: soy, pues, un perfecto cateto al que se le acelera el pulso ante ese desparpajo de los habituados a la gran ciudad. Y desde luego no tengo ni puta idea de por dónde cae la calle Marqués de Monistrol.

Pero quizás un día vaya a Madrid para sumergirme en las cosas que me gustan. Tal vez vaya a Madrid para ver de nuevo en el Museo del Prado —salas 9 y 12— la María Magdalena a pocos pasos del retrato ecuestre de la reina Isabel de Francia esposa de Felipe IV, ambos me sorprendieron en su día: el peor Velázquez y el peor Ribera, tan cerca. Luego vería lo mejor de ambos y de todos los demás.

Antes de bajar —expresión de moda ahora— a Málaga, ya de vuelta, reservaré tiempo y con toda seguridad le preguntaré a alguien: —Oye, dime cómo llego a Marqués de Monistrol, que me hace ilusión ver el atasco.

Quizás me mande a la sección de cava del supermercado más próximo.

Era un Audi

05/04/2012

 Al menos en mi tierra —que es Granada— hay un dicho popular que alguien con mala fe —mala leche— pudiera argüir —alegar en mi contra— aunque no es el caso: “Cuando el demonio no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas”. Yo siempre estoy ocupado, aprendiendo, aumentando mi basta cultura. Y como me gustan tanto las máquinas, especialmente los coches y los aviones, ahí tengo un vasto campo para indagar.

Es por lo que hoy felizmente doy por finalizada una tarea de años. Cautivo y desarmado el misterio, puedo concluir en este Jueves Santo de 2012 que el maravilloso coche que conduce la actriz Marisa Berenson en la película Cabaret (dirigida por Bob Fosse en el año 1972) no es un Horch 830 BL ni tampoco es el Mercedes 320, tan parecidos, tan alemanes y tan de la misma época. Aunque como en el juego infantil de las adivinanzas iba caliente, caliente, que te quemas no daba con la solución: algunas piezas del rompecabezas no encajaban; cuando resolvía lo del parabrisas partido en dos, aparecía un maletero que no coincidía, etcétera. El coche precioso en el que la bella Natalia Landauer viaja por el Berlín previo al triunfo nazi es… el Audi 920 Kabriolett, según me comunica personalmente al día siguiente de recibir mi consulta por correo electrónico Herr Heino Neuber del August Horch Museum de Zwickau (Alemania); que, casualmente, se encuentra en la calle Audi, Audistraße vaya.

Además de eficacia germana, agrado. Porque el hombre hasta me dice que mi petición le ha resultado útil e interesante al Museo. Naturalmente hice unas capturas de imágenes de la película y se las adjunté.

Muchas veces hemos visto los aros del logotipo de Audi pensando que eran una mera creación estética. Pues también significan la unión de cuatro grandes marcas alemanas de automóviles. Hace falta tener cierta edad para recordar las furgonetas DKW recorriendo España. Pero los coches Horch y Wanderer son ilustres desconocidos. Los Audi en cambio son después de tanto tiempo… un deseo, todavía una familiar aspiración ¿verdad?

Mis más agudos lectores habrán dicho: este (o sea yo) no sabe alemán, sabrá español el del museo entonces. Pues… no. Escribí la carta, la metí en el traductor de Google y por una vez debió resultar comprensible el resultado a la vista de los hechos.

Anexos

Sehr geehrter Herr ***,

wir danken Ihnen für die interessante Email.

Bei dem Fahrzeug handelt sich um ein Audi 920 Kabriolett. Diese Fahrzeuge wurden in den Jahren 1939 und 1940 hier in Zwickau gefertigt.

Auch für uns ist es wichtig zu wissen, welche Filmaufnahmen von Fahrzeugen aus Zwickauer Produktion existieren, da wir diese Filmausschnitte eventuell für unsere Projekte verwenden können.

Mit freundlichen Grüßen,

Heino Neuber

August Horch Museum Zwickau gGmbH

Audistraße 7

08058 Zwickau

Ha venido. Y nadie sabe cómo ha sido: la Primavera

31/03/2012

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Esta mañana, para terminar el mes de marzo, el cactus más olvidado… El cactus que parecía un erizo cuando lo compré en el quiosco de las flores donde confluyen todos los vientos y entidades bancarias del barrio… me ha regalado dos flores preciosas y una que apunta como próxima a nacer.

Yo, que no entiendo de nada —ni siquiera de mí mismo— me emociono con estas florecillas de color rosado que se han ido gestando en silencio todo el año. Es una belleza gratuita que anuncia el esplendor de la Primavera.

No resulta fácil  fotografiar un cactus con la cámara que tengo. El autofocus se disloca, y manualmente es un dilema dada la estructura de la planta: enfocar las flores supone que las púas salgan borrosas y a la inversa. Al final, esta es la foto del consenso. Más que suficiente, creo, para dejaros testimonio de esta alegría matutina.

En la radio, cuando me levanté, hacían un homenaje a la estación entrante. Solo he escuchado el final: selecciones de Carmina Burana y La Consagración de la Primavera. Queriendo echarle un piropo, el comentarista ha dicho que Stravinski era a la Música lo que Picasso a la Pintura.

En ese momento borboteaba el café ¿qué podía hacer yo salvo apretar la tecla blanca —on/off— y apagar la radio?

La muerte, tan cerca…

22/03/2012

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Hoy, aproximadamente a la misma hora, han muerto dos personas cerca de mí. Uno, el monstruoso asesino de Toulouse porque el que siento, al mismo tiempo, repugnancia y lástima. El asco no hace falta justificarlo con argumentos; la lástima, sí: en mi larga carrera de observador sé que Francia hace veinticuatro horas condenó a muerte a este hombre y que esta mañana ha ejecutado la sentencia. Habría mil modos de solucionar la cosa sin tirarle un tiro a la cabeza añadiendo muerte a más muerte, venganza en definitiva. Obviamente la douce France —así se la cita ya en la Chanson de Roland— es una nación fuerte. Por si alguien lo duda, Sarkozy ya ha ganado las elecciones próximas. He seguido el evento de mil maneras por Internet, esa es la razón de que me haya sentido tan cerca.
El segundo muerto ha sido en la misma acera de mi casa. Mientras bullía de gente el mercadillo de los jueves un hombre ha debido de sufrir un ataque fulminante que no han podido resolver los sanitarios. Cuando he oído la tercera ambulancia me he asomado a la terraza y solo veía una cinta atada desde la pared de la iglesia hasta los árboles y una masa de gente quieta. Dadas las fechas en las que estamos pensé que era algo de tipo electoral, después ya me di cuenta del asunto.
Cuando, al rato, me he asomado otra vez ya estaba el trapo blanco sobre el cadáver del hombre del que solo os puedo contar que llevaba un cinturón hermoso, brillante a lo lejos, y que no era viejo. Ver a la policía sacarle las cosas que llevaba en el bolsillo y echarlas en una bolsa de plástico transparente ha sido un bofetón en mi cara. Ver a la forense darle vueltas en el suelo al muerto, recibir un esputo en los ojos. Observar cómo todos, al terminar, echaban sobre el cadáver tapado los guantes azules… ha sido ponerme a llorar.
El hombre muerto tenía los pies en la tierra del alcorque de un árbol y el resto del cuerpo en la acera. ¿No hay una manera más delicada de tratar a un ser humano que ha perdido la vida? ¿Qué coño miraba la forense en la espalda del muerto, señalándole Dios sabe qué a las chupatintas que la acompañaban?
Ese gesto de pedir ayuda a los de la funeraria para rodarlo y mirarle la espalda y luego incorporarse para soltarlo como una piltrafa, dejándolo boca abajo de medio lado con todo el peso sobre las manos de trapo, de marioneta destrozada, pilladas con el cuerpo… ha sido repugnante.
A las siete y media me he ido a misa. Era la única manera que tenía de decirle al hombre muerto… algo.

FELICIDADES

27/02/2012

Andalucía es, para mí, un lugar del mundo. No es mi patria, ni mi amor, ni mi obsesión. Pero soy un hombre cariñoso y aunque no quedaron vestigios de cómo fue mi cuna —soy tan viejo que en aquellos tiempos solo habría daguerrotipos— es seguro que nací aquí y, por lo tanto, quiero a Andalucía porque en parte cubre un hueco en mi memoria y le da forma a esa primera camita que no sé cómo fue.

La bandera blanca y verde me emociona, pero relativamente. Soy una persona muy respetuosa con los símbolos y la mezcla de esos dos colores es sugestiva y yo diría que bastante hermosa: el blanco siempre es pureza —una pureza fría eso si es verdad también— y el verde me recuerda a las plantas frescas que debían seguir cubriendo estas tierras de punta a punta si la maldita y soez insolidaridad no lo impidiera. Cuando veo u oigo al novelista —no seré yo quien lea una novela suya— José Luis Sampedro decir las estupideces progres que un anciano debiera medir, tasar y retener dentro… se me hiela la sangre. Yo tuve que estudiarme su manual de Estructura Económica, y después otros de otros que fueron sus alumnos. Este viejo nos engañó: ni Joaquín Costa, ni Lucas Mallada ni José Cadalso decían la verdad. Ellos nos enseñaron que Andalucía sin agua y sin cultura nunca despegaría del suelo como en su torpe vuelo la gallina.

Estas líneas no son un tractatus sino una felicitación a los andaluces: cuando mañana, en Sevilla, canten algunos el Himno de Andalucía deberían recordar que están pisando una loseta de arcilla refractaria, seca y sin la belleza académica de un azulejo moro o de un mármol romano. Relee, por favor, más arriba: he dicho soez insolidaridad. Desde hace unos meses oigo a cierto político —más ambiguo que un caracol y más sibarita que el hotel madrileño donde reside— injuriar a los sufridos trabajadores andaluces. Y yo me acuerdo de mis vecinos del pueblo que, emigrando, hicieron Cornellá y otros pueblos que no me acuerdo. Copio directamente de Wikipedia en español (a quien le corresponden todos los derechos que marque la Ley) la lista de ciudadanos ilustres de esa villa del Bajo Llobregat en la que se dejaron el pellejo. Es esta:

El atleta Reyes Estévez. Enric Masip, ex-jugador de Balonmano del FC Barcelona y de la selección española. El grupo musical Estopa formado por: David Muñoz Calvo y José Manuel Muñoz Calvo. Ruben Miño, jugador del FC Barcelona Atletic y de la seleccion española sub-21. El grupo musical La Banda Trapera del Río. El guitarrista flamenco Juan Gómez “Chicuelo”. El locutor de radio y presentador de TV Tony Aguilar. El guionista y subdirector del programa Buenafuente de La Sexta, Jordi Évole, conocido popularmente como El Follonero por su personaje en este programa. José Montilla, ex presidente de la Generalidad de Cataluña desde 2006, fue anteriormente ministro de Industria y alcalde de Cornellá de Llobregat (1985-2004). El cantante Ricardo Gabarre (Junco). El ex-diskjockey, ex-locutor de radio y Director Artístico de Vale Music, Quique Tejada. Adrián Rodríguez, actor y cantante español. Ramon Muntaner i Torruella, cantautor catalán y presidente de SGAE. Joan Tardà i Coma, profesor, político y diputado en el congreso. Óscar Nebreda, historietista y editor de El Jueves. Marina Salas, actriz de El Barco. Paco Pérez “El Pérez” Guitarrista flamenco y personaje polifacético.

Cualquier comentario sobra.

¿Y los hijos ilustres de Andalucía de este año quiénes son? Pues estos: Luis Gordillo, pintor; Josefina Molina, cineasta; Florencio Aguilera, pintor; Rafael Álvarez ‘ El Brujo’, actor; Adelaida de la Calle, rectora de la Universidad de Málaga; José Fernández Ortega, general de la Guardia Civil; José Luis García-Pérez, investigador biomédico; Francisca García Ramírez, empresaria ganadera; Juan Ramón Guillén, empresario oleícola; Inmaculada Montalbán, magistrada; Antonio Pérez Lao, presidente de Cajamar; Miguel Poveda, cantaor flamenco y Concepción Yoldi, presidenta de la Fundación Persan.

Efectivamente, no estamos ninguno de nosotros en la relación. No somos nadie: ni pintores, ni cineastas, ni actores, ni generales, ni investigadores de células madre, ni tenemos almazara, ni estrado ni toga ni puñetas, y solo pagamos recibos en la Caja de Ahorros.

Me duele extremadamente la medalla que le dan a doña Adelaida (que trabajó ¡un curso! en la universidad de Ulm). Es el prototipo de la mujer entociná, que se le saltan las costuras de engreimiento pues se considera la rectora del buen rollito. Madrileña ella, siempre me ha quitado el sueño pensar cuándo hace sus investigaciones sobre biología celular: ¿mientras anda de periplo por las televisiones dándose un pisto indecente o mientras se tumba al generoso sol que la broncea? Ay, dice la Junta de Andalucía en su breve y patética biografía de la galardonada que colabora con el Instituto Pasteur (yo también, cuando me pongo la vacuna de la gripe) y con el Karolinska de Estocolmo que debe ser como el corral de la Pacheca, pero helado. No consta relación alguna de doña Adelaida (qué tierna es, qué entrañable) con la Universidad de Northumbria (Reino Unido) que le dio un doctorado honoris causa a Bibiana Aído, alumna que fue durante unos meses de esa pequeña y desconocida institución que (comprobado por mí viendo la programación de actos en su página web) no tenía ni la menor idea a principio de curso de que en julio concedería dicho “premio”. Allí hizo un “master”, pero no en lexicografía ni en peculiaridades del clítoris sino en eso tan mollar y tan cultivado que es “Negocios”.

Yo no voy a aprender nunca. Todos los años miro con expectación esa lista confiando en ver alguien conocido por mí.  Aunque fuera yo mismo.

Por cierto, VIVA ANDALUCÍA.

“Un soneto me manda hacer Violante…”

25/02/2012

Y Violante, como es natural, soy yo mismo, que me fuerzo a no dejar de escribir aunque sea más por placer mío que por eco. Me distrae la música, disculpa un segundo, voy a pulsar la tecla que es como un cuadrado blanco sobre un fondo negro. Ya está: silencio, solo roto por el zumbido de los ventiladores del ordenador y algún acelerón de moto. El reproductor de los discos se apaga solo, no hay que preocuparse. Cuando lo enciendes dice “Hello” (¿qué será eso?) y cuando se apaga dice “Wait. Goodbye”, bendito sea Dios, qué confusión, qué lío. Como dijo Lope de Vega hace cuatro siglos: —Habla cristiano, perro conjurando con humor, como si estuviera poseído, a un mozo preñado de culteranismo, ese lenguaje retorcido y a cosa hecha incomprensible para una persona normal que no sabe Latín o Griego y que su conocimiento de la Mitología se reduce a tres o cuatro dioses y algún que otro héroe. Cuánto lamento haber leído tan poco.

Siento una admiración infinita por la tecnología. Esta máquina que me une a ti, lector-lectora, en segundos ha disimulado mi incultura y mala memoria facilitándome el ingenioso poema que alude a la dificultad de versificar siguiendo las reglas pero que el poeta consagrado supera con facilidad. Y al desplazar la página por el monitor me he encontrado algo que le hace a uno inclinar la cabeza con pudor y admiración ante la obra de arte. Fíjate, verás como me das la razón:

 Por qué la boca de Juana es rosa.

Tiraba rosas el Amor un día

desde una peña a un líquido arroyuelo,

que de un espino trasladó a su velo

en la sazón que Abril las producía.

Las rosas mansamente conducía

de risco en risco el agua al verde suelo

cuando Juana llegó y al puro hielo

puso los labios de la fuente fría.

Las rosas, entre perlas y cristales,

pegáronse a los labios, tan hermosas,

que afrentaban claveles y corales.

¡Oh pinturas del cielo milagrosas!

¿Quién vio jamás transformaciones tales:

beber cristales y volverse rosas?

Tengo que escribir un cuento y no tengo historia. Atado a lo primero que se me vino a la cabeza… doy palos de ciego. Me angustio. No veo más que un barco pesquero naufragado, un adolescente que se sube a él para ojearlo cuando las grúas los sacan del mar, momento en el que encuentra un Diario. Qué voy a poner, Dios mío, en ese libro de pastas enteladas. Ahora mismo debería estar imaginando algo, que el tiempo apremia. ¿El capitán del barco estuvo en Madrás? ¿Y si hubiera pocas páginas pero en una línea diera la clave de un tesoro escondido en la nave derrotada y tumbada en la arena?

¿Porqué Madrás? Yo qué sé, suena tan bien… el océano Índico siempre ha tenido tan buena cobertura de novelistas… Imagina recorrer el Mediterráneo hasta el fondo, llegar a esa ciudad que debe ser hermosa por cojones —disculpa pero no voy a borrar nada—: ¡Alejandría! Y pasar el Canal de Suez navegando entre dunas marrones mientras un camarero negro vestido con una chilaba blanca pone en una mesita baja el té caliente y las pastas dulces con almendras tostadas y dátiles de ámbar [la crítica más dura siempre viene de quien no es capaz de juntar dos palabras: alguien me dijo una vez que notaba mi torpeza de novel por la cantidad de adjetivos que usaba; qué estupidez, como si fueran bienes escasos; todavía podía haber puesto alguno más ¿verdad?]. Y recorrer el mar Rojo. Mmmmmm. (Eso era una onomatopeya de placer).

Pues, como en el soneto de Lope de Vega “contad si son catorce, y está hecho”.

“¡¡Grecia, Grecia, Grecia!!” (grito sindical)

19/02/2012

Desánimo, apatía, derrota… esa era la sensación que daban los manifestantes malagueños contra la reforma laboral del Gobierno. A mí me escama mucho esa regularidad maciza de banderas y la ausencia (o marginación) de las pancartas de manufactura propia, cutres y llenas de manchurrones pero sinceras y —sobre todo— gratuitas. Las banderas de CCOO y de UGT de esta mañana eran first class, con asta de plástico. Y la pancarta emblemática, de la que se agarran los cargos para salir en la tele y en los periódicos… era industrial, y eso vale un huevo y la mitad de otro. Hablamos de huevos de dinosaurio, claro está.

Poca gente, y muy ordenada. Eso canta la naturaleza de los asistentes: eran los liberados luchando por su liberación de trabajar. Resultaba grotesco ver a los turistas y transeúntes de la soleada mañana aproximarse a las aceras para ver aquella comitiva encabezada por una furgoneta de la Policía y un cortejo de motoristas uniformados mientras sonaba un arreglo de la maravillosa canción Resistiré del Dúo Dinámico que rimaba con reformadelpepé. Si no hubiera sido patético habría resultado cómico: aquello era como la procesión del domingo. Esta ciudad del paraíso (?) siempre tiene algo que procesionar.

La mayor parte de los autobuses urbanos pasan por la Alameda, justamente el sitio elegido para desarrollarse la manifestación, con lo cual ha habido un apagón en la movilidad de las personas más desfavorecidas casi total. Han cambiado los trayectos y los retrasos en las paradas se contaban no por minutos sino por medias horas. El tráfico de coches y taxis continuaba normal desviado por el Muelle de Heredia. No había irritación en las dieciocho personas que nos hemos juntado a las trece horas en una parada del Parque. Solo una estaba indignada (yo) y otra desesperada, un muchacho que he analizado con detalle. El joven ya esperaba cuando he llegado yo. Estaba malísimo. Tenía una gripe terrible: se destrozaba la nariz sonándose, tosía, se alejaba para ocultar los esputos que echaba al suelo, volvía, se cubría la cabeza con la capucha, se la quitaba a los dos minutos, cruzábamos la mirada al echarle un vistazo a la pantalla que avisa de la llegada del autobús. Casi una hora ha estado indicándonos que en cinco minutos estaba allí. El muchacho griposo tiraba sus pañuelos usados en una papelera, llevaba calzoncillos celestes —visibles cuando se ponía las manos en la cabeza— y la fiebre le hundía los ojos y le agrietaba los labios. En la mitad del periodo de espera la fila se ha llenado de parejas de ancianos y de mujeres que guardaban entre sí alguna relación, amistad o consanguinidad, bien calzadas de botas, risueñas y habladoras. El muchacho enfermo quería mirarlas, pero no podía. Y bajaba la cabeza humillado por los virus que no le dejaban disfrutar de nada de lo que le ofrecía la espléndida mañana.

A su lado, un manifestante que no volvería a cumplir setenta años, rubicundo, portaba su bandera bien liada sobre el asta de tal manera que parecía un picador escapado de la cercana Plaza de Toros.

Cuando por fin ha llegado el autobús he perdido la pista del griposo y me he centrado en el enjambre de mujeres que me han rodeado. Una de ellas no podía subirse al asiento y al ayudarle yo —“Qué vergüenza, qué vergüenza” decía ella porque era bastante joven— se ha generado una especie de simpatía que hemos terminado de tertulia. Los que íbamos mirando en el sentido de la marcha le ofrecíamos a los que iban a contrapelo cambiarse, suben dos viejos en avanzado estado de cansancio, y nos levantamos todos para que se sentaran. Las jóvenes, pues quedaba hueco, me dijeron que me sentara yo y les respondí que “Yo soy muy joven para que me cedan el asiento”, risa generalizada. A uno de los viejos le suena el móvil, lo detectan las mujeres y el pobre hombre ni se había enterado…

En resumen: hay gente profundamente buena y sencilla. Qué mala suerte tienen vivir en un país que no los protege ni los cuida.