La tela

Mi relación de amor con las telas se remonta a la noche de los tiempos. Siempre he sentido una admiración infinita hacia toda labor humana de creación, pero desde hacer punto (tejer lana en madejas que se convertían en ovillos gracias a nuestras manos de niños elevadas al aire y divertidas) o croché hasta la sofisticación de la industria textil de hoy en día la industria textil ha sido un tema que me ha fascinado. Un telar primitivo o un telar de la Revolución Industrial será siempre una máquina maravillosa. Las agujas (no sé porqué en mi pueblo se les llamaban moldes) de hacer punto siempre han sido oportunas espadas, lanzas, palos de tambor o flechas altamente recomendables en la infancia. Enhebrar una aguja para coser siempre fue tarea dificultosa, sobre todo si era de las finas que venían ensartadas en tiras de papel, con su ojo inexplicablemente dorado.

Pero mi interés es la tela en sí misma. Un objeto bello siempre. Un misterio el que no se desarme esa trama de hilos soportando tensiones enormes, lavados, roces y agresiones sin perder sus características.

Yo quise mucho a mi madre. Y una de las cosas que más me gustaba era ir a comprar con ella, también  telas. Buscando la foto que encabeza el post he comprobado que ese sentimiento es casi universal; ir de compras femeninas con la madre o con la abuela ha sido algo que los niños considerábamos un aburrimiento o un menoscabo de nuestra virilidad de cara al entorno, un estereotipo. Pero en nuestro fuero interno nos lo pasábamos muy bien y además quedábamos de víctimas. Las tiendas de tejidos eran inmensas para albergar aquellas bobinas kilométricas que los dependientes subían y bajaban de estantes altísimos. Los mostradores de madera llegaban hasta abajo imponiendo una frontera entre cliente y vendedor, que nunca tocaba dinero. Los pagos se hacían en una cabinita con una señorita de edad avanzada que manejaba con soltura una caja registradora junto a la cual tenía unos pinchos donde iba clavando los tickets misteriosos cuyo contenido no alcanzábamos a ver.

El momento mágico para mí era, una vez medida la longitud de la tela —con una vara o sobre la arista del mostrador, que tenía sus marcas correspondientes— desenrollada formando una montaña colorida y olorosa… cuando el dependiente realizaba un pequeñísimo corte con unas tijeras y luego tiraba, rasgándola, con un aplomo y acierto que no daba opción a errores: ¡siempre salía bien! ¡siempre sonaba un raaaaaaassss emocionante! Por cierto, los dependientes de las tiendas de tejidos nunca decían “tela” sino género.

Las telas nuevas huelen. Las telas recién cortadas tenían una orla en el filo que a veces era más interesante que el propio tejido. Las telas que en mi tierra se llamaban lienzo moreno presentaban al ojo incansable del observador miope motitas oscuras que le daban una belleza especial. Las telas de tul para las novias o las niñas de Primera Comunión representaban un misterio más profundo que el bosón de Higgs: ¿qué clase de super-mega-hiper-ultra inteligencia sobrehumana era capaz de inventar una máquina que mezclando hilos realizara ese tejido formado por agujeritos chicos con forma de panal de abejas?

Los dependientes de las tiendas de telas siempre eran hombres. Aconsejaban a las clientas sobre cuántos metros comprar. Todos eran especialmente correctos, y muy hábiles haciendo paquetes de una perfección admirable. Los dependientes de las tiendas de telas solían tener historias paralelas, unas veces turbias —entonces la turbidez de una vida podía ser tener aficiones artísticas, ganas de prosperar o ánimo viajero: locuciones como menuda piezaes un bala perdida, o es un tío tirao, o es una deshonra para su familia o va a enterrar a su madre marcaban de manera indeleble a quién se salía de las hipócritas normas— y otras veces eran historias bastante pánfilas.

A veces la belleza física de la clienta mantenía un duelo con la belleza física del vendedor, combate que beneficiaba a la tienda. Los grandes economistas —de Marx a Engels, pasando por Adam Smith, Keynes o Elena Salgado— nunca tuvieron en cuenta en sus elaborados modelos una variante del human factor de Graham Greene: la belleza del que vende y/o del que compra. Y es un motivo muy importante que ahora se ha sobredimensionado anulando a la profesionalidad.

La miopía es un defecto hereditario y muy extendido. El ojo miope sin gafas es más dulce y soñador y una verdadera lupa mirando de cerca. Capta detalles que pasa por alto un ojo normal. Una experiencia alucinante es observar las tramas de los tejidos y la perfecta coincidencia de los estampados. Yo, que soy incapaz de clavar una alcayata con éxito, me admiro de esas telas en las que todas las fantasías caben.

Este invierno quiero aprender a hacer punto. Debe ser muy hermoso ver salir una tirita de tejido de tus manos. Además, creo que es muy bueno para los nervios.

 

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