[Pronto tendrá 4 años de vida este blog]

Elisenda Valls i Solà pulsó la tecla roja que sobresalía en la superficie negra del mando a distancia semejante a un bulto anómalo de esos que los franceses llaman grain de beauté y la sala se inundó de notas limpias, alegres y delicadas como la vida de un niño recién nacido. Eran arpas. La música inconfundible de los ángeles en esa distribución que de los instrumentos hacemos todos de manera inconsciente. El tambor, militar. El órgano, digno de Dios. ¿Piano? el genio. La guitarra… española. El ukelele y Marilyn Monroe. Y así sucesivamente.

El color crema de las paredes se complementaba con el amarfilado tono de las cortinas de tal manera que los tabiques y sus vanos eran un todo continuo de una suavidad cromática que relajaba y ayudaba a pensar. Algo parecido a un triclinio o una chaise longue de cuero marrón mostraba un chal de seda dejado encima con descuido y, al lado, la caja del disco que sonaba: Harp music in the salons of Louis XVI and Marie Antoinette.

Elisenda debía su fortuna a las casualidades de la vida; su padre regentaba una carnicería en la que colgaban los conejos —pavos en Navidad— y pollos muertos de ganchos desde los que goteaban gotas de sangre y fluidos sobre el mostrador de mármol blanco; despellejados y eviscerados los animales, algunas veces convivían en la percha con trozos de pulmones, de hígado y salchichas de superficie brillante rellenas con una mezlca en la que predominaba el color rosa y el blanco.

Engaños en el peso, fraudes en las materias primas y una liberal y oportuna cesión de la trastienda a quienes la necesitaran para un sinfín de cosas distintas (desde imprimir folletos subversivos hasta facilitar un lugar de encuentro para alguna expansión afectiva que no podía ser pública) hicieron que en unos pocos meses el tenebroso negocio se animara, comenzando a dejar réditos sustanciosos que el padre de Elisenda reinvirtió en el negocio que mejor conocía… hasta hacerse dueño de todas las carnicerías que miraban al alto y al bajo Llobregat.

Fabricó millones de salchichas —con generosas variaciones en su composición— y las vendió por todos los restaurantes, bares y tabernas. Y hasta de casa en casa iba ofreciendo su producto. Después, todo fue como la seda, nunca mejor dicho: se casó con la hija ciega de un magnate de la industria textil que se enamoró de él por su voz. En veinte años el antiguo carnicero era una de las primeras fortunas de Barcelona.

Sin hermanos ni primos ni parientes, Elisenda lo heredó todo. Bueno, vaya, digamos que casi todo: ciertamente tuvo que repartir algo con Roger (el hijo que tuvo su padre con la andaluza aquella ¿cómo se llamaba? ¿Carmen, Lola, Angustias quizás?) y un poquito más con Jordi (el hijo que tuvo su padre con la andaluza aquella, a ver, ¿era Victoria, Paquita, Manola tal vez?) pero quedó muchísimo. El que tuvo peor suerte fue Pau, aquel muchacho escuálido fruto de los amores más tardíos de su ya ilustre padre. Elisenda era una sentimental que la vida sin problemas le había quitado, si es que alguna vez la tuvo, cualquier resquicio de fibra capitalista y habilidad para los negocios. Ella le habría dado a Pau más; pero sus abogados, con los pies en la tierra, le extendieron un cheque por una cantidad miserable que, paradojas de la vida, al bastardo y a la concubina le parecieron considerablemente satisfactoria. Ella firmó, se encogió de hombros, pulverizó un poco de colonia en las manos, suspiró… y olvidó para siempre los ojos verdosos de aquella mujer en la que tanto miró su padre.

A partir de ahí todo fue tranquilidad y paz financiera. Las salchichas fundidas con telas pronto se mezclaron con perfumes y jabones, luego se alearon con peluquerías de barrio que era preciso rellenar de tintes, lacas, cepillos, secadores, sillones giratorios y cosmética barata para el pelo, las uñas y los labios.

Más tarde la empresa se introdujo en el mercado de la industria alimentaria y bien pronto su logotipo aparecía en botellas de leche con etiquetas azules, verdes y blancas en las que varias palabras clave resaltaban sobre todo lo demás: ¡Fresca! ¡Natural! ¡De nuestras vacas criadas con nuestros propios pastos! Solo les faltó poner una imagen de la Moreneta de Montserrat travestida de pastora mirando fijamente a los rumiantes (a la gente le daba igual eso, nadie iba a buscar en un mapa dónde estaba Chernóbil, municipio que les colocó varias toneladas de sus productos y cosechas a un precio ventajosísimo). Nata. Arroz con leche “casero” (la canela era cáscaras de pipas de girasol pulverizadas y aromatizadas químicamente, pero que sabía muy bien) y tocinos de cielo en cuyo envase lucía, cerca del ángulo superior derecho, la maravillosa advertencia “¡Sin gluten!” que santificaba el producto…

La firma Valls i Solà compró mil negocios más y se convirtió en un emporio que mantenía a Elisenda como un talismán, como la viejecita del aguardiente Marie Brizard et Roger, Bordeaux, France. Naturalmente, se añadieron las palabras inglesas adecuadas, la conjunción y la tilde grave catalana un día se españolizaron sin que nadie protestara y tras el sigiloso maquillaje quedó todo como más europeo: Valls y Solá Brand, Since 1950

Elisenda construyó su vida entre fajos de billetes que despreciaba, la música y el coleccionismo de arte. Atesoraba una buena partida de cuadros distribuidos por las salas de un pequeño museo que había mandado construir en las cavas subterráneas de la antigua mansión familiar, que era su casa. La arcilla refractaria del ladrillo le daba a aquella estancia una estabilidad térmica extraordinaria en el seno de un silencio total y absoluto. Personalmente dirigió la tarea de iluminar los cuadros y aunque se lo desaconsejó la empresa de seguridad no consintió que un óleo de su colección tuviera un vidrio por delante. Allí se escuchaba a sí misma rodeada de pilares que como troncos de árboles se ramificaban hacia el techo formando bóvedas en las que se escondían sabiamente los proyectores de luz y variados aparatos de control.

Llegó a tenerlo todo. Hasta el amor. Aquel hombre delgado y alto, joven y silencioso, le tendió un hilo que ambos creyeron de oro, pero resultó ser de seda. Y una noche funesta del mes de mayo Elisenda perdió la felicidad escuchando a quien tanto quería cómo le contaba que una mala tormenta le había rozado el hombro con su ala negra…

El mundo cambió para ella radicalmente. Cada objeto que le recordaba a él le producía un suspiro hiriente y el dolor de la memoria le entristecía todo lo que estuviera viendo en aquel momento, cubriendo paisajes, objetos y personas con un velo húmedo como si fuese niebla. De alguna manera le hizo saber que necesitaba conocer su dirección para mandarle un regalo de cumpleaños. El diez de agosto no estaba lejos. Y necesitaba más que nunca enviarle algo que le hiciera feliz. Lo que él quisiera.

Elisenda se incorporó para leer el autor de la pieza que sonaba, sostuvo durante un segundo la caja del disco y vio que la pista 17 se correspondía con una partitura de Mozart: Thême für Josef Häusler. Dejó sobre las piernas el pesado libro que estaba ojeando y pidió que le prepararan el coche. Tuvo que insistirle a la voz que al otro lado del teléfono discutía su orden: “El Austin, sí, por favor. Ya me has oído: prepárame el coche. No me irrites. No, ese no. He dicho que el Austin”.

Cuando la verja se abrió, el guardia de seguridad levantó la mano hasta la ceja y Elisenda apretó suavemente el acelerador. Desde los neumáticos de aquel coche maravilloso restaurado milimétricamente se transmitió un traqueteo rítmico que acompañó el desplazamiento del coche mientras recorría el camino enlosado; el tic-tac de la luz intermitente rompió el silencio hasta que, al llegar a la concurrida calle, el ruido y la agitación del tráfico se impusieron sobre todo lo demás. Incluso al latido de su corazón.

La autopista daba sueño. El volante apenas había que moverlo pues las curvas eran muy suaves. Cuando llegó, tras varios desvíos que fueron convirtiendo la arteria de asfalto en capilar, el pueblo de pescadores bramaba gritando los goles de un partido de fútbol. Por todas las ventanas abiertas se escuchaban los gritos de ánimo, y en el bar un camarero servía con la cabeza alzada hacia el televisor sin mirar siquiera a los clientes ni lo que hacían sus manos.

Elisenda bebió lentamente un sorbo del refresco helado, amarillento, en cuya botella reconoció sus propios apellidos. Abrió el bolso y metió la mano dentro. Dos volúmenes metálicos y fríos le plantearon serias dudas sobre el paso siguiente que debería tomar. Transcurrió algo así como media hora. Nadie la miró, pendientes como estaban de las evoluciones de los jugadores.

Finalmente, sacó el teléfono, marcó un número, esperó… y, cuando respondieron al otro lado, dijo escuetamente:

—Vuelvo. Esperadme para la hora de cenar.  

Pagó, dejando una propina que el muchacho agradeció sonriendo. Introdujo el dedo anular en el llavero cuyo aro quedaba a la vista como un desorbitado y excéntrico anillo de casada mientras acariciaba las llaves del Austin Healey que hace cuatro años le habían regalado.

Condujo hasta el pequeño puerto. Se acercó al morro coronado por una baliza. Saludó al hombre que pescaba pacientemente y en un instante de descuido del anciano lanzó al mar, lo más lejos que pudo, el revólver que siempre la acompañaba en el fondo del bolso. Después se puso unas gafas de sol muy oscuras que no consiguieron ocultar sus lágrimas a la aguda mirada del viejo que la despidió con un saludo respetuoso y preocupado.

Elisenda Valls i Solà, mientras arrancaba el coche y buscaba la salida, se dijo a sí misma aunque lo escuchó el viento seco que bajaba del Garraf: “Hoy no. Tengo que hacer el diez de agosto un regalo de cumpleaños”.

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2 comentarios to “[Pronto tendrá 4 años de vida este blog]”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Pues que cumpla muchos más. Y mantenga el interés, la frescura, las imágenes con las que nos sorprende y todo lo que hace que este blog, aparezca en nuestra página de favoritos.
    Ah, enhorabuena a las gallinas griegas.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  2. landahlauts Says:

    Un regalo original, no cabe duda. E irrepetible.

    Saludos.

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