Pesadillas (las mías y las ajenas)

La mañana del domingo ha sido muy productiva. A las seis, me desperté de una pesadilla. También he sabido por fin qué son las pacanas —exquisitas, siempre que puedo encontrarlas, compro—, el polvo de flash y el elixir de Lydia Pinkham. Estoy leyendo muy despacio, como con lástima de que se termine, el maravilloso libro “La evolución de Calpurnia Tate” (Jacqueline Kelly, 2009) ¿Se nota, verdad? Marco las páginas con una guía que tiene el célebre dibujo de la Salomé de Aubrey Beardsley. Me gusta el color amarillo. Y los tres últimos libros que he comprado tienen ese color. El tercero, aún sin estrenar, es de Cesare Pavese, autor por el que siempre tuvimos pasión las gentes de mi edad.

Anoche me acosté muy tarde, de madrugada casi: a las once, una hora más tarde de lo habitual. Tenía demasiadas cosas feas arañándome la cabeza, ojalá hubiese sido una enorme familia de piojos o de pulgas. Y, además, la televisión pegando gritos a mi lado no podía ser la mejor tisana para adormecerse. Posiblemente todo eso revuelto, compactado en los vórtices del cerebro, me provocó ese malísimo sueño.

No sé cómo ni porqué me veía conduciendo un aparatoso todoterreno 4×4 de esos que cuestan una fortuna. Era de color dorado y marrón. Se movía en silencio, tenía un volante pequeñísimo y tan sumamente sensible que lo giraba con el dedo índice metido entre los radios, como si marcara el número en un teléfono antiguo. Pasé por tierras secas y llenas de piedrecitas, entre filas de domingueros y excursionistas que parecían de romería, cercanos a un hipermercado. Me detuve para lavar el coche y cuando estaba dentro del túnel… silenciosamente aparecieron a mi lado dos hombres con acento extranjero —no voy a decir cuál, pero era reconocible— que me ponían en el cuello unas tijeras de treinta centímetros exactamente iguales a las que tengo con mis iniciales grabadas. Me decían con voz pastosa, grasienta si las voces pudieran ser así, que les diera el dinero o me la clavaban. Yo abría mi cartera que aparecía como un acordeón, llena de multicolores tarjetas, y les rogaba que me dejaran el deneí porque la documentación era difícil de conseguir y, en ese instante, ¡plop!, ahí se terminó el sueño, la angustia, y regresé a la realidad.

Necesito una bañera con agua tibia, sales inglesas, pétalos de rosa flotando. Y un enorme trébol de cuatro hojas: Para regalarlo.

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Una respuesta to “Pesadillas (las mías y las ajenas)”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Pues con poco más que esa pesadilla, se han hecho películas. ¿Sabe si Tim Burton o Bigas Luna leen el blog?
    Delenda est Britannia. YPF and Malvinas for Argentina. Lector salutatus.

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