Intrahistoria

Yo podía haber sido un buen músico: tengo un excelente oído, canto bien y posiblemente mi discoteca actual supere los trescientos compact-discs (sin contar vinilos y cassettes de antaño) lo que da idea de una vasta cultura musical. Pertenezco a una generación que se ha admirado de las personas que han leído mucho, haber oído mucha Música es también un mérito además de un placer. A título anecdótico, estos son los primeros discos que compré: la Sinfonía del Nuevo Mundo, una selección de El Mesías y Música para Cuerda, Percusión y Celesta de Bartók en la Cara A, y en la B El Pájaro de Fuego de Stravinski.

Esta tarde he estado oyendo en el Conservatorio a un antiguo alumno que dejé como un niño y ahora ya es un hombre con traje y corbata. Es pianista.

Cuando lo he visto sentado en la banqueta, quieto, contando seguramente los segundos antes de empezar a tocar parecía que el inmenso piano de cola Yamaha —¿porqué no un Steinway & Sons?— se lo iba tragar.

Este hombre-pianista es delgado, alto, espiritual y da una sensación (quizás él mismo fomente ese look como se dice ahora) de fragilidad que yo temí asistir a la ejecución de una meliflua partitura más propia de una tarde de sándwiches de pepino y jasmine tea en la más pura tradición británica.

Qué va.

El antiguo alumno es capaz de sacar música enérgica, dura, casi cortante, del piano negro, gigantesco y amedrentador.

Y en cuestión de segundos… también puede arrancarle unas notas tan suaves y dulces que parecen líquidas. ¿Cómo se llamará ese efecto? Es, en palabras de analfabeto, una caída radical de la presión de los dedos en la tecla, apenas la mínima necesaria para que el macillo golpee la cuerda. Uf. Qué cosa tan preciosa. Tenemos las orejas hechas a la música en lata, y sentirla en vivo es como algo especial.

Siempre se dijo que para hablar bien Francés il faut faire de grimaces —es necesario hacer muecas— pues bien, este pianista se queda traspuesto. Hipnotizado y casi sorprendido de lo que él mismo ha generado. Termina, y parece decir con la cara: “¿Será verdad esto?”. Puedo preguntarle (y se lo preguntaré) qué se siente al pasar del piano doméstico, que imagino vertical y modesto como el de Chopin en Valldemossa,  a esa ballena negra del Yamaha —¿y porqué no un Érard, un Pleyel o un Gaveau?— imponente bajo los focos. El guitarrista, el violinista o el flautista viaja con su instrumento. ¿No siente el pianista un desarraigo al tener que tocar siempre en un teclado que no le es propio?

En la última parte de su programa de hoy el alumno-hombre-pianista formaba trío con una cellista menuda de cuerpo, excelente instrumentista, y un flautista tan alto que ha tenido que superponer dos sillas para poder tocar cómodamente. La Sala Falla era gélida, y los asistentes estúpidos —yo— que se habían quitado abrigos y chaquetas han tenido que reconsiderar su indumentaria y volver a ponérselas.

La mezcla sonora de la flauta, la cuerda y el piano es un hermanamiento maravilloso. Lo más curioso del caso es que el piano no se imponía sojuzgando lo demás sino que  los tres músicos se compenetraban lo suficientemente bien como para que una mirada, un gesto con el entrecejo o la barbilla sustituyeran perfectamente la varilla de ballena (¿habrá batutas de barba de ballena todavía?).

Sé que me gano la censura de todos los entendidos en la materia, pero ya es que me da igual y lo digo: cada día que pasa me resulta más grotesco e inútil el boato adulador con el que se rodean la mayor parte de los directores de orquesta. La cara de von Karajan es universalmente conocida, pero nadie es capaz de citar el nombre del concertino de la Filarmónica de Berlín (por ejemplo).  Estoy convencido de que el 80% de las orquestas podrían prescindir del director, tal es la disciplina y competencia de la mayoría de los músicos.

Quien me conoce sabe de mis simpatías artísticas: les niego el pan y la sal a un pintamonas llamado Pablo Ruíz, al bonaerense sin corazón (bolsillo sí) Barenboim y a Claude Debussy al que los dos filósofos —extraña coincidencia— Ortega y Gasset le asignan la, para mí, triste categoría de deshumanizador del arte. Yo admiro cada vez más lo académico. Y tocar dos horas el piano debe ser un esfuerzo titánico. Por cierto, no le vi partitura en la primera parte. Alguien dirá que con mi buena vista… cómo me atrevo, pero el gesto de pasar la página no lo hizo, ergo se sabía aquello de memoria. Uf.

Poco a poco, escuchándolo, se iba viendo retroceder la soberbia del instrumento y su progresiva y generosa entrega al músico. Qué notas graves tan maravillosas salen de un piano…

Finalizado el capítulo de las felicitaciones y saludos —todavía está en edad de que sus padres lo consideren su niño— me fui andando por esa plaza horrible del Lejío (Egido for the connoisseurs) reconociendo casas y cosas: mi vieja facultad, la academia donde daban clase de Análisis Matemático y Econometría, las escaleras desastrosas que llevan al barrio de Capuchinos (hoy kpuxinos) y de pronto me vino la inspiración: recordé que la casa matriz de las pastelerías Aparicio estaba por allí. La localicé. Compré tres hermosos pasteles y seguí andando hasta el cauce siniestro del río. Allí, un cañón de aire húmedo y frío procedente ya del mar me recordó que había olvidado el visón en el armario y no era cosa de coger una pulmonía. Paré los pies en aquella callejuela por donde yo daba la vuelta para ir al instituto, esperé, y cuando empezaba a maldecir aquella puñetera brisa marina… la lucecita verde y acogedora de un taxi me saludó desde lo lejos. El chofer era más mayor que yo, de la Axarquía, con una hermosa cabeza de pelo gris descuidado y una voz ronca y gutural que usaba abundantemente de las síncopas: verdausté era su estrambote favorito. Nos dio tiempo a hablar de la nieve y de lo floja que es la gente joven de ahora (las excepciones confirman la regla).

Fue una tarde bien aprovechada y hermosa.

Enhorabuena al pianista, de todo corazón.

 ♦

Franz Liszt: Canción napolitana.- La danza.

Franz Schubert: Sonata en la mayor D. 664

Max Reger: Siete piezas de fantasía, op. 26

Félix Fourdrain: Romanza sin palabras.- Poema romántico.

Jean-Michel Damase: Sonata en concierto.

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3 comentarios to “Intrahistoria”

  1. Landahaluts Says:

    Gente joven hay ahora, como siempre, floja y trabajadora. La trabajadora, la que se sacrifica, tiene su recompensa. Y un ejemplo es el caso del joven pianista que esperamos que pronto vaya paseando el nombre de Málaga y Andalucía por el mundo.
    Enhorabuena y que el futuro le depare lo mejor.

  2. El temido (por su bravura). Says:

    Hay artistas y artistas. La descripción ha sido como si hubiera estado en el concierto, y si fue la décima parte de buena que relata, enhorabuena al pianista. Aunque no estoy de acuerdo con lo de Debussy. Ánimo para el pianista y el escribista.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  3. José Andrés Says:

    Estoy de acuerdo con “El temido”. parece que he vivido el concierto en directo. Enhorabuena por su extraordinaria descripción. El final con pasteles y todo no tiene desperdicio. Quiero felicitar desde aquí al joven músico, antiguo alumno mío también. En este mundo tan superficial en el que vivimos que haya alguien que se dedique a una actividad tan sublime como la música es para darle un abrazo muy fuerte y desearle que siga en esa linea, que no se canse nunca, que la música es algo sublime. Yo soy amante de la música pero no tan entendido como el autor de este magnífico blog y no entro en sus opiniones sobre “ciertos músicos” , pero en líneas generales estoy de acuerdo con él. José Andrés.

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