Carmen: La flor que me echaste a la cara, aunque seca, todavía conserva su perfume…

—Y eso es el Parlamento, el Parlamento.

No es que pida uno un catedrático para llevar el coche de caballos mugriento y maloliente que pasea por las calles de Málaga a los incautos turistas que, borrachos de nostalgia y queriendo emular a los grandes conquistadores que aceptaban cocos caldosos como cráteras de vino griego los romanos… pero decir que el Ayuntamiento es el Parlamento ya es demasiado. Máxime pasando por delante de una placa plurilingüe en la que bien claramente se indica que aquel edificio hermoso es el City Hall.

Pongamos que llevo más de cuarenta años en esta tierra y nunca me he subido a esos carromatos en los que, sobre la capota, sentaban con el vestido extendido como una banderola a las niñas de primera comunión y en los que se paseaban llenos de orgullo unos recién casados que ahora alquilan, en el colmo de la necedad del quiero y no puedo, coches de lujo o limusinas para una hora más o menos.

Lo más dramático es la Feria de Agosto, esa eclosión desvirtuada de la diversión para convertirse —por el sentro— en una mugrienta borrachera universal. Entonces, bajo el Sol inclemente, es posible ver a fantasmas vestidos con un traje ridículo y trasnochado arreando cuadrigas y chariots por el asfalto que se derrite de vergüenza al verlos.

Estoy leyendo Carmen de Próspero Merimée. Sin tener en cuenta las consultas de palabras sueltas provenientes de vocabularios muy arcaicos y específicos —no en vano intervienen militares, gitanos, mujeres ligeras de cascos, bandoleros, arqueólogos, etcétera—, su prosa es sumamente fluida y ágil consecuencia de su vasta cultura que incluía el conocimiento de varias lenguas clásicas, el árabe y el ruso. Últimamente hablo mucho solo y utilizo contra mis adversarios un arma que creo infalible: la congruencia. Es más congruente esta obra que se escribió hace ciento sesenta años, luego llevada a la ópera, que los carromatos y caballos hendiendo los pavimentos malagueños.

Voy a copiar la definición de amor más bonita que he leído últimamente:

“Et puis, malgré moi, je sentais la fleur de cassie qu’elle m’avais jetée, et qui, sèche, gardait toujours sa bonne odeur…”.

Así habla don José, el bandolero de pelo rubio y ojos azules, que se ve prisionero y condenado a garrote vil por dejar libre a Carmen la cigarrera a la escoltaba tras hacerle una equis con la navaja a una compañera de trabajo. Todo es congruente, lógico y coherente ¡porque es don José de Lizarrabengoa, nacido a pocos kilómetros de Irún! Para Merimée el vasco además de tener pelo pajizo, ojos celestes, buena piel y mejores piernas siempre era valiente y noble.

Qué de sorpresas guarda lo clásico.

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Una respuesta to “Carmen: La flor que me echaste a la cara, aunque seca, todavía conserva su perfume…”

  1. Landahaluts Says:

    Hace un tiempo soporté, callado, como un imbécil de este tipo (de los que son capaces de gastar prestado en un alarde de “quieroynopuedo”) se reía comentando como un inmigrante vecino suyo se había comprado un enorme BMW de segunda mano “sólo pa’ aparentá, er puto moro”. Hace unas semanas un embargo por impago de una hipoteca al banco lo dejó en la calle.

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