Los pequeños universos que conviven conmigo (y una reflexión indirecta sobre el estomagante timo catalán)

Leo —¡uno sabe tan poco!— que tonsor era el barbero romano y tonstrina… la barbería. Y que en aquellos tiempos memorables este era un lugar de charla e intercambio de chismorreos. Vamos, como ahora.

Llevo años yendo a una peluquería de barrio, modestísima, que ha logrado reunir al mismo tiempo dos sensaciones negativas —el mal gusto con la frialdad— que se contraponen a lo económico y educado del servicio. No es que importe mucho una pared amarillo canario con cenefa de hiedra de factura cien por cien casera, de esas que se hacen con una plantilla; tampoco ofenden mucho las sillas de metal negro tapizadas en azul bleu roy que parecen robadas en un ambulatorio de Siberia ni los tubos fluorescentes de luz hiriente. Lo que realmente resulta espectacular es la multitud de cuadritos con equipos de fútbol juveniles de barrio —yo creo que ese deporte se hizo rey gracias a las peluquerías de caballeros— y una serie de láminas de cristos y vírgenes de gran tamaño cuyos marcos son enjambres de conchas marinas y que un día estuvieron en venta, desconozco si el autor le hizo un precio especial al peluquero (aunque me temo que no) al ver que nadie los compraba o quizás el artista pasó a mejor vida (todas las opciones abiertas, sentido estricto y extenso). Es congruente pero aterrador integrar todo eso con los dos viejos sillones de la marca Henry Colomer Limitada —marca que tanto anunciaba en la radio franquista la sin par Maritere Campos—, el televisor apagado y la radio permanentemente sintonizada en Canal Sur. Sobre el mostrador de trabajo, ahora dudo si es mármol negro veteado o plástico imitándolo, el juego de peines, tijeras y navajas se ve acompañado por ampollas mágicas de crecepelo, participaciones de lotería y un secador de mano desvencijado. Perpendicularmente a esa superficie que podría ser lo más noble del local y hacia arriba, aparece el protagonista espejo donde el cliente joven exige idas y venidas, retoques y modificaciones constantes del corte de pelo (no hay nada más intransigente que un joven español, especialmente si no trabaja ni estudia y vive a costa de su familia y del Estado) o del tinte realizado. Espejo enorme donde los más mayores discretamente van constatando el estrago del paso de los tiempos. Ocho euros pagan los que más tienen (trabajo, familia, profesión, convicciones, piso, coche, etcétera), veinte o treinta euros pagan los que no teniendo nada  ganado por sí mismos (especialmente Ética, llamada en Andalucía “vergüenza”) dedican su tiempo a lustrarse con mechas rubias y peinados cherokees. Por encima de todo lo descrito sobrevuela la pericia admirable del peluquero, su maravillosa profesionalidad que ordena, despeja y da esplendor a las cabezas más feas y descuidadas… por fuera. Lo de dentro está fuera de su competencia.

La historia de la empresa Henry —que era José Colomer su fundador pero decide poner ese nombre inglés sin acordarse de que deberían haberse registrado como Enric a ver qué tal les iba por el mundo— Colomer Limitada está tan torpe como brevemente expuesta en ca.Wikipedia.org pero no en es.Wikipedia.org. Estoy seguro de que vas a entender perfectamente lo que a continuación te copio, pues el català no es más que un alicorto y rancio estropicio de grandes lenguas del pasado y del presente:

Josep Colomer Ametller (Vidreres, 1905-Barcelona, 1998), es va iniciar com a perruquer i després va fundar una empresa de cosmètica i de bellesa que amb el temps es convertiria The Colomer Group. Josep Colomer de molt jove es va fer aprenent de perruquer amb Joan Casellas, de Vendrell. Els divuit anys va anar a París (1923), on va fer una perruqueria de luxe a la Rue Scriba. Després va tornar a Catalunya per casar-se amb Anna Casellas, la filla del seu mestre, i va inaugurar una nova perruqueria a les rambles de Barcelona. El 1943, quan, acabada la Guerra Civil espanyola, va tornar a Barcelona, va decidir crear i desenvolupar els seus propis productes, així doncs, crea l’empresa Colomer Ltda. –posteriorment Henry Colomer- i posa en marxa la seva primera fàbrica. Els anys 50, l’activitat és frenètica: crea nous productes, marques de distribució i avenços tecnològics (sacsadors, líquids per a la permanent, rentacaps…). Als anys 60 continua la seva expansió amb dues noves fàbriques i una trentena de sucursals a tot Espanya. Així es converteix amb la primera empresa perruquera estatal, i a més fa el salt a l’estranger amb la adquisició de la Maison Henry de París. Carles Colomer, fill del fundador, passa a ser-ne el director general. Al 1978, la companyia nord-americana Revlon compra Henry Colomer. D’aquesta manera Henry Colomer aconseguí presència a tot el món. L’any 2000, la família Colomer, juntament amb la societat d’inversions CVC, compra a nivell mundial el negoci de productes professionals de Revlon i neix The Colomer Group. Josep Colomer no va ser testimoni de l’empresa que havia creat, va morir el 12 de novembre de 1998. [© ca.Wikipedia.org].

El consuegro de este empresario, Juan Bautista Cendrós, había fundado en los años cuarenta la empresa Haugrón Cientifical SA fabricante del pestoso (y quizás efectivo) masaje facial Floïd, con su perfecto tapón estriado, realmente famoso en el mundo entero desde uno al otro confín. La empresa hasta se inventa verbos nuevos como haugrolizar o haugroquinar, que vete tú a saber lo que querrían decir. Este producto, junto con Varón Dandy, Lucky, Aqua Velva y Mennen eran la cosmética que un hombre-hombre debía, si podía, usar en la década de los sesenta del siglo veinte.

La peluquería a la que voy no tiene ya tertulia y los clientes escasean. Las obras eternas del Metro han sumido a los negocios afectados en una lasitud tristísima. Aceras de un ancho inusual aparecen descarnadas y feas, con bancos tan mal situados que parecen buscar la umbría y las ventoleras. Languidece la corsetería, cierra la tienda de azulejos y cuartos de baño, el joyero fuma en la puerta y la frutera que quiso ponerse a la moda haciéndose una página web de promoción ha convertido su tienda en una caverna iluminada por una sola bombilla que casi siempre está apagada porque no entra la gente. Nadie gana dinero en el barrio, solo las panaderías.

Y, por supuesto, los bares.

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3 comentarios to “Los pequeños universos que conviven conmigo (y una reflexión indirecta sobre el estomagante timo catalán)”

  1. Landahaluts Says:

    El olor de mis primeros afeitados. Y eso que escocía más que la madre que lo parió….

    Mi barbería era también de barrio, no en el mío, en el barrio donde nació mi padre. Dos hermanos, del estilo de Quijote y Sancho. Eso sí, los dos eran dos cotorras chismosas que no dejaban títere con cabeza.
    Entraba alguien:
    – Buenas, Fulanito. ¿Hay muchos por delante?
    – Buenas, cinco. Y tú.
    – Ahora me paso…
    Y se marchaba. Y etonces, lo fusilaban verbalmente:
    – Este… sabes quién es, ¿no?
    – No
    – Este es el nieto de la Enriqueta, un enterao… Enterao, de ná.. más podría callar.
    – ¿Sí?
    – Claro! Este tiene más cuernos!!! Menúo desgracíao está esho…

    No me gustaba que me pelara Sancho porque me daba con su enorme barriga en los codos y en los antebrazos. Y eso me daba mucho asco…

    Aquí en Graná están cerrando ya hasta los bares. No le digo más…

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Todos tenemos recuerdos de una barbería (no peluquería)de barrio. De pequeño íbamos todos los hermanos a Juan, que enseñó a sus hijos, y que siguió con el negocio sólo uno. Yo, particularmente, me quedaba todo lo quieto que mi tierna edad me lo permitía, sentado en aquellos sillines supletorios que ponían sobre la silla; y cuando cogía la maquinilla, más quieto aún, porque era sin moverte, y de vez en cuando te cogía unos pellizcos que no veas (no eran eléctricas, sino manuales, y el funcionamiento era igual que el de las tijeras, chaka chaka, chaka chaka.
    Tengo un recuerdo infantil, de una barbería a la que me llevó mi padre, en calle Salinas frente a una librería de segunda meno, y en la que entré con un helado de chocolate comprado en Casa Mira. ¡Cómo quedó el helado lleno de pelos!
    El hijo no pelaba igual, así que me trasladé a la de mi padre, cerca de la Plaza de la Merced (padre y dos hijos), a cual más charlatán (1 hora por pelado, uf).
    El padre pasó a mejor vida; el mío también. Pero aunque no vivía aquí, siempre aprovechaba algún viaje para ver a la familia, y me pelaba allí; hasta que un día la encontré cerrada.Uno se jubiló, y el otro se puso malo. Fue una sensación rara, como de desamparo. Tardé años en encontrar otra de mi gusto (Agustín e hijos me daban miedo: uniformes negros, baberos negros, socorro), otros no me gustaba cómo lo hacían… Hasta que encontré a Rafa, un tío joven, que toca en un grupo musical, y que maneja las tijeras y la maquinilla (eléctrica), como quiere. Por cierto, ahora voy con mi hijo al barbero, sólo cobra 7 euros, y se niega hacer peinados raros (creo que es envidia, porque está calvo).
    Delenda est Britannia et Agustín e Hijos. Lector salutatus.
    PD Mi suegro sigue usando Flöid.

  3. josé Bargalló MARIMÓN Says:

    Hay mucha juventut que no usa la loción Floid por considerarlo poco chick, ellos se lo pierden, puesto que lo que no saben es que toda la composición del mismo no es gratuita. Lo que pica es el alto contenido de alcohol que va bien para el desinfectado de la piel por los posibles cortes o raspaduras del afeitado. La menta para dar la sensación de frescor final. Quizá el olor sea un poco exagerado dada la direccion de la linea actual en cuestión de olores y perfumes, pero para mi es ideal. Esta, prefiere estas nuevas marcas con nombres extranjeros con mucha publicidad y precios bastante mas caros, cuyo resultado final es inferior al nuestro.
    Saludos

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