It’s a Wonderful Life

La vieja Ingrid, en el día de Navidad, cometió un error impensable en una mujer de su talento: tras una comida larga y copiosa regada generosamente con las más variadas clases de caldos —desde el jerez del aperitivo hasta el calvados del postre, pasando por el mosela fresco con el pescado y el borgoña chambré para el asado sin faltar el glacial fruto de las barricas de Reims— se sentó en su sillón más cómodo, envolvió su varicosas piernas en una manta italiana a cuadros de color oscuro y vio la enésima reposición televisiva de Qué bello es vivir, la dulzona película de Frank Capra que, con sesenta y cinco años de edad, se conservaba ágil y eficaz como el primer día y tan peligrosa como el puño de un peso pesado del boxeo que nos engañara amagando con un brazo mientras que con el otro nos mandaba al hospital, casi sin darnos cuenta, knockout y con la mandíbula destrozada.

Cuando apareció Clarence, el ángel de la guarda viejo y regordete, empezaron los primeros síntomas de malestar y pensó la anciana que una copa de helado de chocolate le haría digerir mejor a James Stewart apoyado en la balconada del río bajo una desorbitada tempestad de espuma artificial que simulaba malamente una tormenta de nieve. Como dijo aquel, “Ni cenamos ni se muere padre”. Ni el protagonista se suicida ni le pega un tiro al malo pues lo salva un ángel bobo (y sin alas) en un país protestante que solo cree en el dólar, en la mafia, en el whisky y en la marihuana.

Ingrid lloró y se limpió esos mocos acuosos, transparentes, que siempre salen con las lágrimas en la manga de la blusa de seda que acababa de estrenar cuando arreció la maravillosa música de Dmitri Tiomkin. Es lo que se espera ya de un vejestorio: sensiblería, olor a orina y sospechosas manchas en la ropa. Viendo cómo la cintura del pantalón del protagonista se ajustaba veinte centímetros por encima del ombligo en un sorprendente derroche de tela, llegó a la conclusión de que aquella película formaba parte del catálogo de encargos de la CIA a Hollywood para adoctrinar a la población en tiempos problemáticos amansándola con un hipnótico más fuerte que el láudano: la amistad, la generosidad, la honradez, el amor conyugal, la familia numerosa, el valor del soldado, el sacrificio por la patria, la fidelidad y la gratitud bien mezcladas, con dos aceitunas, eran el cocktail perfecto para disimular la droga venenosa.

Acto seguido fue a buscar una campanita de cristal rojo y estuvo sonándola durante largo rato como una estúpida pues en la película se dice que cuando se oye ese tilín-tilín… es que un ángel ha conseguido sus alas. De ser cierto, la vieja Ingrid cubrió de plumas a un ejercito.

A pesar de todo, reconociendo que el actor estaba guapo en cualquier posición ante la cámara, se dijo a sí misma que James Stewart era uno de los hombres a los que mejor le sentaba un sombrero Stetson. Y es que, pensó, que la corbata, la camisa y el sombrero eran como el rojo de labios de las mujeres, o el rimmel o el bolso o los tacones: unos detalles definitorios para un hombre.

Viendo la jura del nuevo gobierno observó que los ministros se anudaban la corbata como si tuvieran helados los pezones o como si pretendieran ahorcarse con ella (lo cual hubiera sido muy meritorio teniendo en cuenta que serán verdugos y no víctimas). No era ya el mal gusto de los colores claros y chillones en los que ni un adolescente debe caer en la fiesta de fin de curso; la cosa era más grave: los paños usados por los sastres ministeriales pueden que fueran de Austin Reed — of Regent’s Street, London, claro está— pero daban una impresión cenicienta, como de empleados de funeraria. Una corbata no debe nunca pretender curar una faringitis. Una camisa estrecha y oscura solo pudo permitírsela Travolta. Pero acertar con el sombrero y llevarlo bien requiere más ciencia que el acelerador de partículas ese en el que se entretienen cuatro chalados quemando los billetes de banco que por toneladas les dan los desaprensivos políticos. Un sombrero de hombre, ya sea Panamá o Stetson (Borsalino o Canotier no existen para alguien de buen gusto), debe dar sensación de souplesse como dicen los franceses con una sola palabra mientras que nosotros, para la misma sensación, debemos reunir muchos más términos, tales como agilidad, suavidad, naturalidad, ligereza… Vaya, que no imite el casco del káiser von Bismark sino que el hombre parezca que se ha olvidado que lo lleva puesto.

Cuando el The End ocupó la pantalla del televisor, Ingrid concluyó con la cabeza ladeada que de haber tenido un arma de fuego a mano habría destrozado de un disparo aquella innoble pantalla pero aunque hubiera perecido como Sansón con todos los filisteos, lo habría hecho. Siempre le fascinó la leyenda urbana que contraponía implosión a explosión, la gente vulgar usaba el verbo reventar y terminaba antes.

Las Navidades tienen eso, que se empieza estrangulando a los niños del vecino y, como el que no quiere la cosa, se termina faltando a la Misa del Gallo oiga…

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2 comentarios to “It’s a Wonderful Life”

  1. Landahaluts Says:

    La Misa del Gallo…. está muy devaluada. SuSanBene ha seguido la costumbre que implantó su antecesor en el trono de la última monarquía absoluta y teocracia de Europa: la cambió de hora y la celebra en torno a las seis de la tarde…. Así, para cuando nace el Niño Dios, su Santidad lleva ya varias horas de sueño reparador.

    “Qué bello es vivir” es tradición navideña en esta casa. No sé si lo será este, porque este año se murió el poco espíritu navideño que quedaba en la última persona que tenía espíritu navideño en casa (¡uf!, que lio). Yo la he visto entera pero… no del tirón: un año ves un trozo, otro año otro… lo que te puedes permitir antes de que el sueño te venza. Coincido con Ingrid en que es un ideología pura y dura enmascarada de ñoñería…

    Me gustan más los Panamá, aunque reconozco que pocos como él podían llevar el Stetson con más naturalidad. Quizás fuera porque siempre estuvo acostumbrado a llevar algo en la cabeza: bien el sombrero, bien el casco militar… Stewart era como la película de Capa: cara de buena persona que escondía ideología pura y dura.

    Saludos para Ingrid, y para usted.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    A mí particularmente me gustan los sombreros antiparacaidistas estilo Bismarck.
    En cuanto a la peli, ¿existe alguna sin ideología oculta? No se puede olvidar el servicio que presta la cultura a un status establecido o que intenta establecerse. (Es que acabo de llegar de la exposición de Giacometti).
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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