Elogio de la vejez

La calle Horacio Lengo de Málaga es fea y no tiene un solo punto, por mínimo que sea, relacionado con el Arte o el buen gusto a pesar de que está dedicada a la memoria de un ilustre pintor. Vista desde arriba, emparenta con la calle de Gerona (¿habrá en Gerona una calle dedicada a Málaga?) y con la avenida de la Aurora, nombre este último de los más hermosos y acertados que puede recibir una vía pública. Cuando tengas tiempo, lector o lectora, visita el Museo Municipal: allí está su cuadro La moraga, que debería ser asignatura obligatoria el verlo (los políticos lo contemplarían de rodillas y con orejas de burro) pues se aprende más Historia observándolo que con un libro de texto de los de ahora. Siéndome extraordinariamente simpática la señora Cervera-Thyssen creo que muchos malagueños le han prestado más atención a su pizpireto museo (que tardaré en visitar) que a la pinacoteca de la Coracha (que es gratis, además de muy interesante).

La calle Horacio Lengo sería la bisectriz del ángulo recto que forma el Norte con el Este en la Rosa de los Vientos lo que le da a los edificios una mala orientación permanente, en cualquier época del año: si la fachada está en sombra, es invierno; si la quema el Sol, verano. Pero en su deprimente urbanismo tiene para el que escribe estas líneas el enorme valor afectivo que modelan los recuerdos. En esa calle hay farmacia, supermercado, tienda de muebles, zapatería, zapatero, frutería, droguería, bar juvenil para jugar al billar y a los dardos, bar de putas y putos (los que consumen horas de su vida allí encerrados creyendo que están por encima de los demás, tal es la mirada miserable y altiva de la generación que ronda los treinta años: ellas, con veinte kilos de maquillaje y vestimenta de romano; ellos con pantalones vaqueros que garantizan la criptorquidia y la asfixia, de manga corta siempre, pero con varias camisetas de muletón debajo), taller de coches, copistería, peluquería y bar de churros. Hay también un negocio de belleza para depilaciones y tratamientos de esos que nadie en su sano juicio daría un euro por ellos. Hay mendigos de origen balcánico, autoescuela, distribuidor de productos de peluquería profesional: hay de todo, pues. Y no es una calle excesivamente larga. Obviamente hay tiendas de chinos desconfiados, antipáticos y sucios y tiendas “de moros” educados, simpáticos, confiados y seguramente más limpios que yo.

Regresando hacia mi casa, a media mañana, me tocó en el brazo un hombre muy mayor diciéndome “Haga usted el favor…” que es como siempre se usó por estas tierras, no el relamido y postizo “por favor” que ha calado tanto en el Sur de España donde pronto la gente gruñirá pero eso sí, intercalando una serie de palabras que consideran muy finas simplemente porque vienen  de fuera. Me preguntó por una oficina de Correos que no acababa de encontrar y ya estaba cansado y perdido; lógicamente acordamos ir juntos hasta allí. A los pocos segundos me explicó que era para pagar la luz, que se había despistado ese mes y tal. Tenía una necesidad imperiosa de que lo escucharan. Estaba harto. Con un hijo de casi cuarenta años en la casa sin casarse ni trabajar —había estudiado Diseño Gráfico— y fumándose tres paquetes de tabaco al día. Estaba el hombre, repito, harto y desesperado. “Mire usted —me dijo— la gente solo habla de fútbol, y yo le digo una cosa: yo disfruto viendo un partido como el que más pero también gusta hablar de otras cosas ¿verdad usted?”. En un momento dado, al cruzar una calle, le dije que se agarrara de mi brazo… cosa que rechazó educadamente alegando que él estaba bien aunque algunas veces se mareara un poco (fue pura coquetería, lo cual me hizo sonreír). Al llegar a la acera se detuvo, sacó la cartera y se presentó dándome el carné de identidad: era Juan M***, natural de Coín, domiciliado en Málaga, etcétera. E insistió en que me fijara en el año de su nacimiento: 1930, tenía ochenta y un años. “Yo tengo una paguilla —y aquí dijo el nombre de una empresa de telecomunicaciones que cerró, echando a todo el mundo a la calle— y miro mucho por el dinero. Y le voy a decir una cosa: porque fui siempre un obrero…” entrando, a continuación, en un lúcido análisis de la política española para terminar confiándome el secreto de su voto en las elecciones pasadas.

Iba Juan con un chándal gastado de tantos lavados y una gorra. Extremadamente delgado, alto, solo había pasado dos malos ratos en su vida en lo tocante a la salud: una operación de úlcera de duodeno cuando tenía cuarenta años y, más recientemente, otra de cataratas. Se alegraba sin ufanarse de su fortaleza —“Mi mujer está echada a perder siempre con las artrosis, la pobre, y soy yo el que arregla las cosas”— y amargamente se refería sin criticarlo al hijo que tenía el dedo amarillo de los tres paquetes diarios de tabaco. “¿Usted no se ha dado cuenta de que la gente joven de ahora solo quiere dormir? —le dije yo por cambiar la trayectoria— A mí me parece que no les gusta ni comer por el esfuerzo de masticar”. A lo que me respondió con tristeza

—Qué razón lleva usted. Nacieron cansados.

Entré yo primero en la oficina de Correos advirtiéndole del enorme escalón que debía salvar. Rápidamente le cogí número y le dije en voz alta varias veces que se sentara porque los escasos bancos estaban ocupados, para que alguien moviera el trasero. Nos dimos la mano al despedirnos. Me dio las gracias como solo las personas dignas saben hacerlo.

Juan M*** (natural de Coín, nacido en mil novecientos treinta) rompió en mil pedazos mi axioma de que los hombres viejos son inaguantables.

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Una respuesta to “Elogio de la vejez”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Más bien sería “Elogio de la comunicación” (o incomunicación, según se mire), ya que ni para preguntar una dirección, porque el móvil les informa; o el “tontorrón”, esa maquinita que deja dos marcas de chupones en el parabrisas del coche, somos capaces de dirigirnos a nadie.
    Vivimos en una sociedad que nos aísla, creyendo que en nuestra personalidad habita todo lo necesario para sobrevivir. Y lo que no habita, nos lo dan por la tele.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus et comunicatus per internetis.

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