SEGUNDA OPORTUNIDAD

Sonaron las doce, y el tren comenzó a deslizarse por las vías. Tan lentamente que los pasajeros no se percataron del movimiento hasta que miraron por las ventanillas y se asombraron durante un segundo de que la estación corriera y, además, al revés. El primer túnel subterráneo convirtió en espejos los cristales y cada uno pudo ver y verse en el reflejo. Después, al salir a la superficie, el sol de la mañana propuso un escenario nuevo.

Cumplir años, a partir de cierta cifra, no es un acontecimiento que mueva al entusiasmo, pensó Ingrid apartándose un mechón de pelo canoso que se le derrumbaba siempre sobre la cara como respuesta al más leve movimiento de su cabeza. Hizo una mueca con la boca, casi despectiva, y cerró los ojos dejándose balancear por la velocidad que le empujaba los hombros.

Guardaba en el ordenador la célebre foto del viejo con gorro de payaso, confeti, guirnaldas, globos y matasuegras sentado ante la tarta de cumpleaños que ardía como una hoguera iluminándole la cara, las gafas y una camisa floreada de manga corta de esas que solo usan los extranjeros. Se entretenía muchas veces reconstruyendo la historia anterior del momento retratado fabricando la biografía de aquel hombre triste. Tenía varias versiones, pero casi siempre se inclinaba por el perfil marino-experto-en-explosivos, y que el ardiente espectáculo lo había ideado y llevado a cabo él mismo.

Unas veces la imaginación le servía más detalles (como, por ejemplo, una puerta que se abría y entraba la celadora del asilo gritando “¡Viejo, loco!” con un extintor de incendios en la mano) pero todos ellos eran patéticamente negros. Finalmente, casi siempre se decidía por la versión que situaba al artificiero en un hotel sórdido donde se suicidaba incendiándolo, y en el que perecía hasta el apuntador… Algo así como la muerte de Sansón que relata el Antiguo Testamento en el renombrado libro de los Jueces.

Ingrid pasó el dedo índice de la mano derecha por sus labios como si mandara callar a alguien inexistente. Se le había venido a la cabeza esa canción griega que se le agarró al corazón cuando la oyó hace muchos años por primera vez:

δάκρυα η ζωή στεγνώνει

ξημερώνει, ξημερώνει.

y tradujo en un susurro negando con la cabeza, desmintiendo el significado: “La vida seca las lágrimas. / Amanece, amanece…”. Ximeróni, amanece. Había decidido poner tierra de por medio, tanta como fuera posible hasta que las fuerzas le fallaran. Por la indignación que le recorría el cuerpo podía llegar hasta la península de Kamchatka, apéndice que desde chica le había llamado mucho la atención en los mapas y que luchaba contra la majestuosidad de California, la evocadora Florida y la siempre inquietante Crimea. Estudiar Geografía fue para ella una pasión más que un gusto. Cuando descubrió la romántica teoría de Wegener considerando los continentes como barcazas a la deriva se fue corriendo al lavabo, lo llenó, y en la superficie brillante del agua depositó reconstruida la cuartilla que había partido antes en trozos; sobre cada uno de ellos había escrito con lápiz una palabra —amor, perfidia, muerte, dinero y salud: una por cada continente— y a la mañana siguiente vio que el giro de la Tierra había emparejado siniestramente amor con dinero en un rincón del lavabo… Desde entonces dejó de creer en esa especulación del científico alemán, y la palabra Pangea perdió el enorme encanto que tenía.

No había dormido en toda la noche pasada. El cuerpo le pedía un descanso que el incómodo asiento del tren no le permitía así que se resignó a perder de vez en cuando la consciencia cuando reinara el silencio en aquel vagón lleno de niños y de maleducados con teléfono móvil. Mientras ese sueño corto llegaba fijó los ojos en el hombre que ocupaba el asiento de enfrente. Visiblemente nervioso, miraba una y otra vez el reloj. Tenía la cara angustiada, con ese gesto mitad agrio y mitad triste del que se frustra por no disponer de la varita mágica del mago. Cuando dejó de interesarle el viajero este dio un brinco, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un teléfono cuyo timbre no se había escuchado. Pulsó algo, se pegó al oído el aparato, escuchó atentamente lo que le decían, asintiendo, y al terminar de hablar, con la cara iluminada de alegría le dijo directamente a la desconocida que tenía enfrente “¡Ya hay fecha para el bautizo de mi niño!”. Perpleja, pero ciertamente complacida por la espontaneidad del hombre, Ingrid alargó su mano derecha y balbució una felicitación al uso. Él, obviando el gesto, se levantó del asiento y la besó en la cara al tiempo que la invitaba a un café para celebrar la fanfarria aneja a su novata paternidad.

Hay ocasiones en las que todo da igual. Y tampoco era montar una bacanal en alguna loggia vaticana el sentarse un rato con aquel desconocido. Así que, sin mediar más palabras, cogió el bolso, se incorporó y sonriendo anduvo los escasos pasos que la separaban de la puerta, y se dirigió a la cafetería sin mirar atrás. Tomó asiento en un taburete de la barra y enseguida el desconocido hizo lo mismo, a su lado.

—Qué vas a tomar, Ingrid.

—¿Cómo sabe usted mi nombre? —dijo ella casi violentamente y mirándole a la cara mientras que el labio superior y el nacimiento del pelo por la frente se le cubrían de una finísima capa de sudor.

—Cómo es posible que no me recuerdes, ¿tanto he cambiado? Fui tu alumno favorito en aquel 3º D cuyas ventanas daban a la hilera plantada de lilas y celindos cuyo aroma inundaba el aula y te hacía tartamudear al relatarnos como el divino Caravaggio salvó el pellejo gracias a la familia Colonna… Venga, no has podido olvidarte de Ángel, di que me recuerdas…

—¡Ángel Satrústegui! En el siglo ángel mío, como te bautizamos todas las mujeres que te rodeaban siempre, cuántos favores te debo, qué amable fuiste siempre. Ángel mío imprime, fotocopia, llama, avisa, abre, léeme, cierra… nunca te molestaron tantos imperativos. Cuéntame tu vida desde entonces hasta aquí, de momento ya sé que acabas de ser padre. Rebobina, anda.

—Cuando te expulsaron de la Facultad a raíz de aquellos disturbios que rodearon la elección del nuevo rector yo no pude terminar el curso porque la camarilla de tus enemigos me hizo la vida imposible, sabían de qué lado estaba yo y actuaron en consecuencia. Como en mi casa el dinero siempre fue abundante —y remarcó la frase mirando a ambos lados y bajando la voz cómicamente aparentando la clandestinidad del temor a ser oído— mis padres me pusieron por delante un mapa, más o menos, y me dijeron “Elige”. Y naturalmente me fui con armas y bagajes a Florencia. Allí trabajo, allí me casé y allí está mi niño que va a llamarse… ¡Adivínalo!

—Qué cosas tienes, cómo voy a saberlo.

—Dime tres nombres. A ver si aciertas.

Ingrid bebió lentamente de la taza de café que quemaba todavía. Ángel la observaba con su típica risa contenida que le movía el pecho en una vibración rítmica. Entonces se dio cuenta, mirándolo de lado, que los ojos ambarinos de su antiguo alumno tenían una hermosura sin par aquella tarde. El color caramelo se había oscurecido con los años pero un rayo de sol que entraba por la ventanilla resvalaba tangente sobre sus pupilas despertando destellos más dorados y brillantes que las luces del ocaso que ya estaba a punto de terminar. En el horizonte veloz, el sol se tapaba y destapaba con cerros y arboledas. Y, en un segundo, el vagón cafetería quedó iluminado únicamente con la luz eléctrica.

—César.

—No.

—Pío.

—Tampoco. Juega tu última carta.

—El niño, tu hijo, va a llamarse Antonio ¿verdad? —dijo ella poniéndose extremadamente seria.

—Claro. Parodiando la frasecita que adorna los tribunales italianos podíamos decir que la Legge è uguale per tutti pero la muerte, no. Vuelve a sonreír, Ingrid, que te has puesto pálida y demasiado seria. Ni tú ni yo vamos a olvidar nunca aquel disparo al aire, según el ministro del Interior, que segó la vida en flor de mi hermano. Siempre fuiste una mujer extremadamente valiente: ¿de dónde sacarías valor para tapar con tus manos aquel río de sangre que le salía del costado y gritar al mismo tiempo “asesinos, asesinos, habéis matado a un niño” a la cara de aquellos bárbaros uniformados? Venga, cuéntame, a qué vas a Madrid. Habla.

—No voy a Madrid. En realidad no voy a ningún sitio. Después de este tren, cogeré otro. Y después otro. Así hasta que me quede sin dinero, luego ya veremos.

—O sea que vas a Riga.

—Ángel no te entiendo. Qué dices…

—Ángel Ganivet, Riga… Allí fue a suicidarse un veintitantos de noviembre. Dos veces tuvo que tirarse al río Dvina para morir como un perro. Tu no eres Madama Butterfly tampoco. Porqué haces eso.

—Calla. Soy vieja ya para que me enseñes a vivir. De tanto explicar el Ars moriendi debería haber tomado nota y aplicármelo a mí misma.

—Hagamos una cosa, Ingrid. En estas fechas, los aviones que vuelan por la noche desde Madrid a Florencia van casi vacíos. Vente conmigo. Te ofrezco que seas la madrina de mi hijo.

Ángel Satrústegui metió la mano derecha en el pantalón y sacó un teléfono móvil que manipuló rápidamente; después se lo puso a ella a escasos centímetros de los ojos diciendo

—Che culo d’angelo ha il bambino, non è vero?

Ingrid sacó del bolso unas gafas de cerca que acentuaban su ya de por sí gran parecido con la actriz Lee Remick y sosteniendo el teléfono con las dos manos poco a poco su expresión fue cambiando dejando la acritud marchita y renovándose en una sonrisa emocionada al ver la foto.

—Ya me gustaría ser la madrina de este segundo Antonio… Tu mujer ya habrá escogido a los padrinos… Gracias, pero no debo…

—Padrino hay, mi cuñado. Pero madrina no encontrábamos sin duda porque la Fortuna, esa dea capricciosa como decía el Dante, sabía que nos encontraríamos tú y yo después de tanto tiempo.

***

—Antonio, io ti battezzo nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo.

La voz del sacerdote sonó clara y serena en el relativo silencio de la ceremonia en la que cuando no era uno era otro pero siempre lloraba alguno de los niños que recibían el bautismo. Colocados en círculo alrededor de la Pila, en brazos de sus madrinas y con sus padrinos al lado sosteniendo una vela encendida, probaban suerte en el mundo de los cristianos. Una sonería en forma de rueda llena de campanas giraba sin cesar produciendo un ruido tan estridente que no dejaba oír el aleteo de los ángeles de la guarda que, disciplinados, ocupaban su invisible posición. El organista interpretaba una obra de belleza frívola y circunstancial cuya melodía llena de adornos fue muy celebrada al final de la ceremonia. Tan solo Ingrid y la feliz madre de Antonio localizaron al autor de segunda fila en la memoria y se miraron mutuamente con cara de circunstancias.

Después del requisito imprescindible de las fotos en todas las combinaciones que mandaba el protocolo de estos actos —madrina, padrino; madrina, padrino, padres del niño; madrina y amigos de los padres del niño; madrina, padrino, padres del niño y amigos con el concurso siempre amable de alguien que pasaba por allí— ocuparon las mesas más soleadas del rincón que formaba la iglesia con los muros de una escuela, silenciosa por ser sábado. El camarero anotó rápidamente los deseos casi unánimes de los clientes y en pocos minutos las mujeres formaban una hilera de piernas al sol con una copa en la mano y los hombres un grupúsculo que en la más densa sombra de la sombrilla más oscura fumaba y discutía de fútbol, del último smartphone  y de la inaplazable necesidad de que Berlusconi —al que habían votado casi todos— dimitiera por el bien de Italia.

Ángel se puso por detrás de Ingrid, apoyó las manos en sus hombros y le dijo bajando la voz hasta lograr el registro de un susurro:

—Tu ahijado está sin botitas de lana que ponerse y pronto hará frío, tampoco tiene calcetines de croché como todos sus colegas, esperamos que todo eso llegue pronto desde España. El taxi ya viene para acá. Buen viaje. Tan solo dale un beso al niño y no mires hacia atrás. 

FIN

Nota.— Esta foto que renueva la cabecera del blog es un regalo expreso del autor. Cuando la vi me pareció el Sol, tan importante para mí. Gracias por lo tanto. Ya no aparecerá más la cita de Ciorán.

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2 comentarios to “SEGUNDA OPORTUNIDAD”

  1. Landahaluts Says:

    Me gusta. Parece que la vida le da una segunda oportunidad…

  2. el temido (por su bravura) Says:

    PROS Y CONTRAS:
    El primer título me resultaba más ácido, corrosivo, irónico, cosa que le venía muy bien al blog. Incluso la imagen que lo acompañaba. Ésta imagen se ve bonita, y si refleja un estado de ánimo pues mejor que mejor; pero qué quiere que le diga, prefería el otro encabezamiento.
    PROS: es de agradecer por parte de quienes le seguimos esa relación de personajes, mezclados en varias historias, y que nos obliga a recordar otros posts ya leídos.
    CONTRAS: los nuevos lectores no van a encontrar esa relación, y van a desconocer esa variedad de personajes (cada uno con su historia), que han llenado durante varios años la pantalla de nuestro PC.
    De todas formas, seguiremos leyendo.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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