Seguramente yo leí a Freud y a Kafka antes que usted, evítese la molestia de comunicarme lo que está pensando…

He hablado con la bruja. Sí. Ya os lo dije, era inevitable.

Digamos que el Destino ha movido las fichas oportunas y al mediodía de hoy he intercambiado una buena batería de palabras con ella.

En varios momentos se me iba de las manos la pieza y podía oler la cercanía de su ataque. Era como un partido tenis en el que la pelota se convertía a ratos en una bomba con la mecha encendida para luego transformarse en un combate de boxeo: ella llevaba bajo los guantes de cuero unos garfios de hierro oxidado con la punta mojada en curare y yo las manos desnudas pero perfumadas con aceite de nardo nepalí y más suaves que la cara de un niño gracias al aloe de Socotora.

He ganado yo. Cuando se vio acorralada, tiró la toalla y salió del ring.

La platería forma una esquina con dos escaparates. Ordenando cajones, en una bolsa de tela, habían aparecido dos llaveros que parecían de plata pero estaban tan renegridos que solo un experto podía sacarme de la duda. Y entré, porque la dependienta siempre es agradable.

Y allí estaba la bruja —ya me había percatado de que el tenderete en el que pasa los días estaba vacante— con un hato extendido en el suelo, junto al mostrador, conteniendo tres o cuatro bolsos viejos de mujer bien visibles. Como había previsto y era lo razonable, la muchacha me dijo que iba a echarle a los llaveros un líquido limpiador para poder emitir así un veredicto.

Teniendo la bruja a escasos centímetros de mí ¿cómo iba a desdeñar la ocasión de investigarla? “Los que somos pobres no entendemos de platas y oros” dije mirándola con una sonrisa y esperé su reacción. Una boca desdentada farfulló algo. Y enseguida encadené el segundo anzuelo: mirando al suelo exclamé “¡Pero qué tiene usted ahí!”. Salió entonces de la trastienda la muchacha vestida de negro, que es su uniforme, indicándome que íbamos a esperar un poco para que actuara el producto limpiador. Entonces, con el apoyo de aquella cara hermosa y joven, decidí lanzar el siguiente arpón:

—¿Usted de dónde es?

—De Málaga, de toda la vida —dijo la bruja revolviéndose y agarrando el hatillo de los bolsos con cierta violencia que no presagiaba nada bueno— ¿o es que tengo que ser de otro sitio?

—No me tenga usted malos modos, que yo solo he dicho que le notaba algo en el habla…

—A mí en educación no me gana nadie, lo que pasa es que me faltan dientes y se me va el aire por el hueco. No se preocupe que yo no voy a faltarle al respeto.

Para entonces, la platería ya tenía dos clientas que se entretenían viendo los expositores mal disimulando su extraordinario interés en la música que yo estaba orquestando. Y la bruja volvió a hablar:

—Bueno yo tengo media sangre catalana.

—Pero tu madre o tu padre eran marroquíes ¿no? —medió la dependienta, ya frotando mis llaveros, que aparecían brillantes y maravillosos.

—Sí, y tengo parientes brasileños, por eso yo digo “vos” —dijo la bruja, insistiendo en que en ese tipo de palabras es cuando más aire se le escapaba por las mellas de sus encías.

—¡Es un idioma tan dulce el portugués! —quise yo amarrarla por aquel flanco, pero era inútil: ya estaba en la calle.

[Esta tarde se ha metido un moscardón enorme en el cuarto de baño atraído por los millones de luxes que saliendo de cuatro bombillas potentísimas rebotan en los azulejos blancos y en el espejo; el pobre animal, en el silencio de la casa, chocaba y se oía el golpe seco. Decidí matarlo, pero no tenía gana de persecuciones. Salí cerrando rápidamente la puerta. Y volví bien armado de insecticida. Encerrada la fiera y yo en el coso blanquiverde —los listelos que atraviesan los paños blancos son verdes— procedí a matar. El insecto se escondía, y yo lo pringaba. Cuando se me metió por el cogote y el cuello de mi camiseta pensé que había llegado el momento de huir y abandonarlo a su cruda sorte. Así que, con la misma rapidez, volví a salir cerrando la puerta y esta vez apagando la luz. Con mi impaciencia característica no había transcurrido un minuto cuando inicié la ceremonia del entierro. ¿Por qué se ve tan pronto una mosca muerta en el suelo? Allí estaba el moscardón sobre la loseta, yerto. Fui a por algo para cogerlo, y volví con una ficha de cartulina y, oh sorpresa maravillosa, esos segundos de aire limpio le habían prolongado la vida al bicho, que levemente se movía. Claro: poco a poco conseguí acercarlo a la ventana más cercana y echarlo en el poyete; cayó boca arriba y con sus pocas fuerzas no podía enderezarse. Lo hice yo, partiendo la cartulina en dos trozos y usándolos como una pinza. Y el milagro dejó de ser una posibilidad para solidificarse en dato: el moscardón, mi pobre bolita negra, alzó el vuelo a una velocidad vertiginosa en dirección al ocaso del Sol.]

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Una respuesta to “Seguramente yo leí a Freud y a Kafka antes que usted, evítese la molestia de comunicarme lo que está pensando…”

  1. landahlauts Says:

    No sé si comentar algo. Por el título digo…

    La bruja se le escapó porque no llevaba insecticida. Llévelo siempre consigo.

    He acabado sintiendo empatía por el moscardón. Me lo imagino volando torpemente hacia el sol, sitiendo aún los mortales efectos de los organofosfatos que usted le aplicó. No verá amanecer mañana.

    La bruja sí.

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