Necesito un metrónomo

No tengo gana de mirar el diccionario para ver cómo definen esa sarta de viejos académicos la palabra “rencor”. Me imagino que de manera negativa para el rencoroso. Con estas cosas pasa, más o menos, como con el crimen o el suicidio. Nadie se para a pensar si están justificados o no.

Yo, si viera torturar a alguien y tuviera un arma en la mano, dispararía para poner fin a esa degradación infame. Y puedo asegurar dos cosas: que tengo una excelente puntería —o la tuve, aunque suene a risa, con escopetas de perdigones—  y que hace unos minutos he bordeado a una hormiga que iba como loca por la acera. Es mayor el odio por la tortura que la repugnancia por las armas, trastos que tienen un poder hipnótico pues significan —son— la esencia del poder, junto con el oro.

Ambas cosas han sido instrumentos lúdicos de todos los niños; que dé un paso al frente quien no haya jugado con pistolas y escopetas de atrezo, aviones de quincalla y bombas de farfolla. El último recuerdo que tengo de mi infancia en el pueblo, lógicamente descoyuntado de la realidad cronológica pues debería haber otros de momentos posteriores, es un descampado cercano a mi casa y varios niños jugando al Rayo de la Muerte −de creación propia− con las ramas y el tronco de un árbol seco caído en tan buena postura que parecía un cañón con tres patas. La parcela tenía un borde, una murallita de dos palmos de altura lo cual le daba mayor realce a la sensación de estar en un espacio propio.

Los niños que jugábamos juntos ya habíamos localizado y revisado una gallina muerta en algún rincón de nuestro paraíso. Era media tarde, con esas luces maravillosas que solo da Granada en el cercano otoño junto al campo. Entonces se acercó una gitana —joven, alta, escuálida, parecía hindú— con su lata en la que las gente le echaba sobras de comida y se apropió de la gallina muerta. Yo recuerdo que le supliqué con lágrimas en los ojos que la tirara porque se iba a poner mala y podía hasta morirse ella misma. La pobre mujer me miró tan fijamente que me aparté a un lado; de las pronunciadas cuencas de sus ojos salió un mensaje tan inaudible como diáfano: “Cállate ya, niño estúpido: hablas demasiado”.

Me he vuelto rencoroso en el espacio de unos pocos meses. Siento rencor hacia personas y hacia circunstancias. Y ya se sabe, ese sentimiento tan pecaminoso se sustenta sobre los pilares de la envidia, el odio, la tristeza y la venganza. Con toda seguridad encontraría en mis sobados Cuadernos de Gramática Parda —¡existen! ¡y fueron rellenados poco a poco desde que tenía quince años!— el autor de esa frase que se me ha venido a la memoria: “El odio es una emoción inútil”. Y tonta, porque los odiados se lo pasan pipa mientras que uno se perfora con úlceras…

¡Y que Benedicto XVI no haya reformado eso de que Dios nos hizo a su imagen y semejanza y que somos su obra maravillosa! Vaya timo. Vaya una leche. De manera que Dios se reserva para sí mismo la inmortalidad, la omnipresencia, la omnisciencia y la omnipotencia. Coño, así cualquiera es dios. Y lo malo, lo difícil, lo ineluctable… se lo deja al hombre. Que no, Benedicto, que no: que hasta el muñeco Ken, novio de la Barbie, está mejor hecho. (Y para muestra, un botón: ahí lo tienen en Palm Beach, con su perrito).

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