Mujeres, mujeres, mujeres…

Media mañana. Treinta y cinco grados en el aire. La gente tiene que sobrevivir y sale. Siento vergüenza al escuchar a los pregoneros de chumbos —en Granada antes les decían higo chumbos, y en Tenerife les llaman higo picos— que por un euro te dan… cinco, seis, siete u ocho según la zona del barrio. Nunca se habían visto tantos hombres dedicados a eso o quizás esa planta ha rejuvenecido y hay sobrepoblación en nuestros campos. Cogerlos, quitarle lo peor de los pinchos, traerlos a Málaga y ponerse a venderlos en la calle a horcajadas ante un cubo, sin guantes de goma, es tarea más que meritoria y presumo que de poco rédito.

Camino buscando aceras en sombra, observando al abuelo agobiado con el nieto para cruzar pronto la calle sin que se le fundan los sesos al chiquillo. Observando el crimen de esas marquesinas de las paradas del autobús que tienen la rara propiedad de que todo es malo y feo en ellas: son hornos en verano; en invierno, heladeros; si llueve, te mojas; y solo se pueden sentar tres personas eso sí, bien incómodamente.

“Pan, papas, una botella de aceite, güevos… lo básico, vaya”, retazo de una conversación escuchada. La pareja tocinera que golpea con fruición la caseta de la urbanizadora que pretende construir bajo el lema “En ningún sitio como en casa”, más o menos, haciendo un juego de palabras con la locución norteña: nunca se dijo en Andalucía “en casa”, “por casa” o “a casa”, ni cocinar, ni se usó lo de ir al baño (al váter o cuarto de baño, sí).  Pareja tocinera o tocinosa, grasosa como dicen los sudamericanos, que en su aspecto palurdo denotaban que estaban forrados de billetes (el Teorema del Malagueño dice “Anda como un banderillero, chulea como un torero, aunque tengas vacío el monedero”). Intuyo que el tío era albañil de esos que cobran el paro y se enriquecen con las chapuzas que no tributan a Hacienda. En los diez últimos años de la época de Franco (nunca creí en el término “franquismo” como denominador común de régimen político, amores y aficiones generalizados… la gente era mucho más sabia y limpia que todo eso) los pisos se los compraban los dueños de las tiendas de comestibles de barrio. El ladrón es como la estructura atómica de los gases: adaptable a todos los envases.

Sigo andando por la acera sorteando coches de niño chico conducidos por ancianos, rebaso el repulsivo escaparate de los jamones salmantinos que despide su habitual olor acre —las dependientas, cuchillo en mano, te miran de arriba a abajo para calibrar tu estatus y tratarte como a un perro o como a un perro— augurio de la antipatía de un negocio en el que estorbas cuando entras pues interrumpes la conversación de quienes están allí para hablar de sus cosas no para partir tirillas de jamón y cogerlas con unas pinzas como si de un ritual se tratase mientras el cliente —¿cliente?— y demás parroquianos, en silencio, mueven la cabeza como el público en el tenis: (derecha) ojos al jamón, (izquierda) ojos a la balanza… y así sucesivamente. Ni miro siquiera las rebajas de la zapatería, son lastimosas las zapatillas con el escudo del Barça (¿qué será eso?) y me hieren la vista. Acelero y el cerebro me da la orden de que frene y vuelva sobre mis pasos. Algo ha visto. Obedezco y me enfrento a un escaparate en el que se exhibe una colcha de patchwork preciosa, es un paisaje de unas casitas inteligentemente recortadas y cosidas unas a otras en una combinación alegre y vistosa.

Yo siempre he sido un amante incondicional de la pintura naïf. Y sin pensarlo dos veces traspaso el umbral de la “tienda” para preguntar el precio. Sorpresa: no es una tienda sino un taller académico de esa tarea. Me recompongo ante la mirada perspicaz de seis mujeres que me miran atentamente. Me explican que no venden nada, y una de ellas me anima a apuntarme de alumno. Por esos misterios de la vida se ha desarrollado entre todos nosotros una conversación tan amena, tan distendida, tan racional… que he quedado en llevarles unos bombones, idea que les ha parecido muy bien.

Por cada mujer mala hay cien mil buenas. O más… Una de las cosas que más admiro de las mujeres es lo nítido de sus sentimientos: salvando lo que haya que salvar, a las mujeres le gustan mucho los hombres, y los niños.

El grupo se ha dividido en dos facciones que luego se han reunido en un acuerdo expreso. Unas, decían que sus hijos y maridos ayudaban en la casa y haciendo la compra. Otras confirmaban —mientras yo salía a la calle a hacer la foto, creyendo que no las oía— que los tíos no servimos de mucho y que sus hijos no cogían una aguja porque decían que eso era “de maricones”. Al final, le he dicho a una de ellas: “¿Usted me ve a mí chocheando, con la cabeza perdida?” obviamente mis artes manipuladoras son tan refinadas que la mujer —en este caso con razón— ha respondido que en absoluto, que al revés. Y nos hemos reído ellas y yo un rato a cuento de los jubilados y jubiladas.  Esta escena es improbable cambiando el sexo de los protagonistas. Hagan, por favor, el correspondiente traslado: grupo de tíos aburridos bebiendo y jugando al dominó + entra una señora y…

***

Le tengo echado el ojo a un grupo de mujeres mayores, muy mayores, que se sientan a tomar café en una recachilla. Quizás una mañana de estas finja una especie de desmayo que propicie el sentarme junto a ellas (“Son las cervicales, no se preocupen”) y ya, con mi encanto natural, todo irá sobre ruedas.

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3 comentarios to “Mujeres, mujeres, mujeres…”

  1. lola morcillo Says:

    ¡Que ingenuidad! las mujeres somos malas malas mucho mas que los hombres que son tontos tontos,eso si somos mas gregarias pero nos juntamos para saber cosas de nuestras enemigas.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Si no fuera por lo de los chumbos, esto huele a discriminación. Siempre pienso que hay de todo en la viña del Señor: mujeres malas y mujeres buenas (sin ningún tipo de connotación). Siete chumbos dan en mi barrio por un euro, pelados y todo. El otro día compré, para mí y para mi madre (que como mujer es buenísima), y siempre tengo el recuerdo de mi padre comprando chumbos a un hombre que iba en un burro con dos serones cargados. Los vendía por cientos o medios cientos; la buena de mi madre los metía en la pila y con una escobilla los barría y los pelaba (eran más caros pelados). ¡Mi madre es buena hasta para pelar chumbos, aunque ya no lo hace!
    Delenda est Britannia. Lector salutatus et pinchatus con chumbus.

  3. Carlos Says:

    Me ha encantado… pero estoy con Lola y su opinión sobre las mujeres, ella sabe más que nosotros sobre ese tema. Jejeje.

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