Mañanas de verano

Por la mañana temprano —tampoco hay que exagerar, digamos que un rato antes de la hora oficial de apertura del comercio o incluso dadas ya las diez, qué más dará— las calles se llenan de un público específico cuyo aspecto fresco y dinámico es inversamente proporcional a la edad. Nunca durmieron tanto las personas muy jóvenes en España como ahora; verle las caras al comenzar la jornada laboral es como asomarse a un pozo de cieno: no hay rastro de higiene bucodental ni del desayuno abundante que debieran haber hecho, por lo tanto les huele el aliento a tripas posiblemente mezclado con humo de tabaco. No les faltará pintura en los labios y en los ojos (ellas) ni gomina en el pelo que dé la falsa impresión, todo quincalla, de una ducha reciente (ellos). Cogen ciegamente el ejemplar del periódico que creen gratuito y en el autobús, con el requisito imprescindible de las gafas de sol puestas, comienzan a leer el panfleto que otras mentes mucho más despiertas han ordenado que eso, y no otra cosa, sea su alimento cultural del día. Si nos cobran las bolsas en el supermercado ¿cómo se explica que nos regalen un periódico? La manipulación es obvia hasta para un niño de teta. Será que la inteligencia se va perdiendo desde la cuna.

De entre toda la fauna matutina me llama mucho la atención los comedores de churros con café y las fregadoras de aceras. Aquellos, se adueñan placenteramente de un sitio a la sombra y disfrutan de la vida con algo simple, sencillo; hombres solos o acompañados, de edad mediana o más mayores, con mujer al lado, con una novela encima de la mesa… pero siempre hay un plato con churros (o el rastro aceitoso que han dejado) y un vaso teñido de color marrón que va impregnándose de una espumilla blanquecina a medida que se consume el café. Un olor fragmentado se esparce por la zona (*) dando a intervalos ráfagas de pollos asados y fragancias de suavizante que despiden los tendedores que dejan caer sus racimos de ropas multicolores por las fachadas cada vez menos vistosas de las casas.

Puede ser ante una peluquería o a la puerta de una tienda de moda femenina, en mil sitios distintos, pero siempre hay mujeres fregando una parcela de acera cuyos límites estrictos vienen marcados por la titularidad del negocio al que ellas sirven pintando rectángulos brillantes a la luz del sol con su pincel y su paleta, con su fregona y su cubo. El transeúnte, en un juego cínico y respetuoso a partes iguales, hace equilibrios para no pisar sobre esa limpieza efímera y tan tonta como todo lo vano. La mujer fregante de aceras suele estar seria o cabreada casi siempre y sigue las normas de la Siquiatría argentina: ninguna tarea, por pequeña que sea, es despreciable. Sin duda tallar diamantes en Ámsterdam o vocear valores en la NYSE deben producir más estrés que fregar una acera.

Luego, llega el calor. Y se solidifica el éter. Las golondrinas y las gaviotas se esconden y solo reinan en el aire los mosquitos y las avispas entre las flores y los chorros de agua. Se busca el filillo de sombra por las calles, no huele a nada —si acaso a gases perniciosos de los vehículos que circulan dando cabezazos por el asfalto— y la gente sale abrumada de los bancos. Por el contrario, de las iglesias surgen caras afables después de la misa: saben que Dios los ama y los perdona. Hace años, demasiados años, mi padre compró un libro que yo he heredado y que demuestra el anclaje de la sociedad española —quizás todas las patrias del Mediterráneo sean iguales— en la falta de trabajo y en la  irracionalidad política. Por las geniales ilustraciones de Dik Browne (un angelito que escribe en una pizarra) primero y por los textos después, “La vida merece vivirse” (Life Is Worth Living) del arzobispo Fulton John Sheen siempre me gustó aunque de niño no lo entendiera. Cada capítulo se correspondía con una charla televisiva del autor en una cadena norteamericana desde 1951 hasta 1957. Había historias (las parábolas modernas) realmente preciosas. De entre todas ellas nunca olvidaré la historia del abrigo de visón y el de rata almizclera que viene a criticar a las personas que le echan la culpa de todo lo que les pasa a los demás. La falta de amor y sus efectos va a cerrar mis palabras usando las del arzobispo televisivo: The first effect of not receiving love because one is generous and loving toward others is cynicism and even hostility. En un cajón tengo guardado el disco de vinilo que me regaló un amigo en mi XVIII Cumpleaños: “All you need is love” (EMI-ODEON). Cantaban The Beatles.

(*) Ese local de calle La Unión que me inspira tanto tuvo hace tiempo un cliente muy importante: el presidente Sr. Rodríguez Zapatero, en un día de mítines; desconozco si hay lápida conmemorativa o foto del evento. Cuando quieras lector, lectora, lo comprobamos. Yo invito.

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3 comentarios to “Mañanas de verano”

  1. Ramón Says:

    Con estas calores que estamos pasando a finales de este caluroso mes de julio, no es para menos, que dormir más sin querer hacer nada (aunque una higiene personal es imprescindible), y no es sólo para la juventud, sino también para los mayores.
    Con esta crisis que sufrimos, nos hacemos artesanos del manejo de lo gratuito, (sálvese quien pueda) y la prensa matutina, es una manera de leer los grandes titulares sin gastar un euro. Estar a la orden del día, es importante, aunque por estas fechas, es difícil encontrar un periódico de esos, (cerrado por vacaciones).
    Sr. Escritor, discrepo de usted, en la elección de churros con café, me reitero en las calores y considero que no es apetecible en esta época del año. Eso si la lectura es un gran medio de cultura y un buen libro al lado siempre está bien, ( y si es el mío mucho mejor), http://calendar-mioperaprima.blogspot.com/ (*).
    Pero en general es un Post muy acertado. aun sabiendo que no estoy de acuerdo con todo. El que por suerte tiene un trabajo, lo cuida y se lo toma en serio.

    (*)Le pido perdón por la publicidad, pero no he podido resistir la ocasión.

    Un asiduo lector de sus escritos.

  2. El temido (por su bravura) Says:

    ¿Cómo que no apetecen los churros? Yo sigo desayunándolos, aunque no sea en un bar (los congelados de una cadena de supermercados salen muy buenos); hace poco compré unos churros para comerlos en casa (a 1 € la rodaja, casi a precio de angulas de Aguinaga), y no estaban tan buenos. El desayuno es el desayuno, y a veces también me zampo mi rebaná con manteca de zurrapa, aunque mi madre dice que es desayuno de invierno. En eso, estoy orgulloso de la herencia que he dejado a mi hijo: “igualico igualico…” decía la abuela de Agamenón, ese campesino español que nació con la boina puesta en los tebeos. Pues lo mismo dice mi querida wife (es que con lo que está cayendo por aquí, igual me trago mis palabras y me hago súbdito del Imperio, pero vamos, canadiense o así).
    Si no respetamos esto, ¿qué desayunamos en verano? ¿Helado de cereales? ¡Viva el café con churros!
    Delenda est Britannia. Lector salutatus et retornatus.

  3. landahlauts Says:

    Yo juraría que hice un comentario aquí hace días… ¡¡”Mardito” Worpress!!!

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