¡Oh Fortuna!

Dicen que Il Vero Alfredo es el mejor restaurante del mundo, tratándose de pasta italiana. L’Imperatore de Fettuccine —como se subtitula el negocio— se encuentra en la plaza Emperador Augusto de Roma, y con esto se confirma la influencia del medio en el individuo. Basta ver la colección de fotos de sus visitantes famosos para darse cuenta de la categoría del establecimiento: desde Ava Gardner o Frank Sinatra hasta los reyes de Suecia, pasando por Jarabe de Palo o la familia real española al completo. Mi interés por ese refectorio es la envidia. Cada día me gusta más el dinero y las positivas consecuencias de tenerlo pese a los agoreros de siempre. La estructura del menú es muy abundante y clásica, constando de los antipasti, primer plato y sus contorni, segundo plato y los postres habituales; tienen la decencia de advertir que, salvo martes y viernes, lo marino es pesce congelato. Algo debe tener Alfredo (que ya va por el ordinal tercero desde los orígenes) para que lo bendigan artistas, políticos y millonarios. De lo que carece es de arte para posar y de diplomacia pues siempre se fotografía con una maraña de fideos en la mano a modo de barbas; y yo me planteo: ¿qué harán con ellos después de sobarlos, alguno se caerá al suelo, y apagarse el flash? Pues me temo que guisarlos. Qué asco. Mi padre decía “Quién no quiera volver a comer pasteles que entre en el obrador de una confitería” mutatis mutandis para qué dar más explicaciones. Por cierto, dato curioso, el tal Alfredo es muy cuco, con ciertos personajes no hace el chiste sino que les presenta en una fuente los fideos o incluso ni se los acerca.

Si mi fortuna fuera considerable me gustaría ir a los emiratos árabes para ver esas muestras fantásticas de arquitectura que han cambiado radicalmente la fisonomía de un desierto hasta hace relativamente poco poblado por cuatro cabras y algunos camellos. Naturalmente viajaría, sin duda en primera clase, con Emirates Airlines en un Airbus A380. Total, por algo más de tres mil euros —que eso no es dinero— me daba el capricho de ir a Dubai y una vez allí, cuando me cansara, escogería nuevo destino que no sería ni India, ni China, ni Tailandia… Quizás Riga, en Lituania, sitio al que me unen muchas cosas íntimas. Viendo un vídeo promocional de esta compañía aérea observo que cometen un gran fallo. En el bar de la Sala VIP de a bordo —esa que está en la cocorota de la fabulosa aeronave capaz de llevar más de 500 pasajeros a Australia sin escalas a novecientos kilómetros por hora— dos pasajeros occidentales de edad mediana flirtean con una azafata/camarera del bar, casualmente rubia y sin tocado, mientras les sirve bebidas alcohólicas. La mano del cliente vestido con jersey celeste se acerca en primer plano a una especie de canastillo o frutero de varios pisos y coge un canapé (visiblemente sin refrigerar y al aire libre) con los dedos. Tremenda falta de higiene y de compostura, por mucho que el caballero levante sutilmente el meñique, y luego… esa costumbre tan fea de tener en la otra mano una servilleta habiendo esos platos de maravillosa porcelana Meissen o Limoges o Fine Bone China, será por elegir…

Está próximo a celebrarse el sorteo de los lingotes de oro de la Cruz Roja. En la gasolinera me vendieron un, digamos por similitud, cupón. Dependiendo de lo que me toque cumpliré algunos de mis deseos. Y el caso es que ahora mismo solo se me viene a la cabeza uno: como me he quedado sin reproductor de CDs bien pudiera ser un Bang & Olufsen o en las antípodas uno de Media Markt. Con la cantidad de discos que tengo ha llegado el momento de volver a escuchar Música (hay que llorar otra vez con Beethoven: Ab Jove principium) y leer. Hasta el 31 de agosto. Después, ya se verá.

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