Escritura automática

Si van ustedes a comprar un ventilador les aconsejo que se lleven una banqueta y un bocadillo sustancioso porque van  a tardar en decidirse, tanta es la variedad de aparatos que van a encontrar. Con pinza, con pedestal, de sobremesa, de techo. Chicos, medianos y grandes. Negros, blancos, amarillos, celestes, plateados. Velocidad fija. Varias velocidades. Con o sin turbo. Silenciosos, ruidosos. Marca La Pava o de reconocido prestigio… Hagan una tabla de doble entrada y verán la de combinaciones que salen. Esta mañana yo he adquirido un buen ventilador que, quizás, sea la última compra lúdica que haga en mucho tiempo. Al llegar a la caja me preguntan si quiero bolsa, digo que sí y me la cobran. Jamás se había llegado a una situación tan miserable. Porque es obvio que antes el coste de las bolsas iría incorporado al precio del mismo artículo que ahora vale más caro y además tienes que abonar los diez céntimos de la talega. Es vergonzoso que hagan eso, pero ha surgido una nueva clase de cliente —mujeres sobre todo— que lleva perfectamente plegadas en mil dobleces hasta reducirlas a escasos centímetros cuadrados (no digo cúbicos, como debiera, porque lucen planchadas, bidimensionales, euclídeas) un buen puñado de bolsas reutilizadas una y otra vez.

¿Recuerdan a Soledad? ¿No? Pero claro que sí les he contado algo de ella. Es una mujer de más de ochenta años que me recuerda de cuando yo era un niño y nos besamos por la calle. Tiene la cabeza fresca como una rosa, voz de legionario, media boca sin dientes, vive en uno de los barrios más malos del casco urbano —drugstore en sentido estricto— y que ahora está siendo reedificado. Mira a los ojos. Y suele usar la silla de ruedas que le dieron cuando se rompió una pierna como carrillo de la compra. Madre de cinco hijos, le hace vivir y alimenta a uno de ellos, divorciado, que no encuentra trabajo. Y siempre lleva en el asiento de la silla de ruedas un bidón de cinco litros de agua, aceite, barras de pan y leche que es lo que compra. “A ver si le buscara usted algo a mi hijo, que está parado”, es su eterna despedida de siempre cuando nos separamos en direcciones opuestas.

Hoy ha estado en Madrid el sabio democristiano belga, presidente del Consejo Europeo, Herman Achille Van Rompuy… intuyo que para nada agradable ha venido, aunque nunca sabremos con exactitud lo que ha dicho y lo que ha tenido que escuchar. Mientras lo veía en la rueda de prensa imaginaba su llegada a Bruselas esta noche; lo esperará su esposa en la sala VIP del aeropuerto, tal vez con algún nieto más mayor; cuando se acueste quizás piense antes de dormirse que hoy ha recorrido Europa y que en todos los sitios era recibido con reverencias y honores. Este político, educado en Lovaina, es diestro y reconocido autor de haykus, poemas japoneses tan crípticos y alambicados que siempre me han hecho sentirme un idiota zafio por no saber apreciarlos. Vean un ejemplo de hayku escrito por el eminente visitante de la Moncloa: Japan / Hulpeloos en stil / zien we hoe hels de zee is / en levens verzwelgt. La traducción que da Google es un horror, pero es lo que hay: Indefenso y silencioso / vemos el mar infernal / vida y se traga. Si aunamos esta sofisticación poética con las primas de riesgo se entenderá la cara violácea que se le ponía al belga oyendo el alegato del Presidente del Gobierno de España en el zaguán del palacete…

Pero antes habían estado los “nuevos” ministros prometiendo el cargo ante el Rey. He copiado —espero que no me demanden por ello ya que no tengo permiso para reproducirla— una foto de la Agencia EFE que me provoca esta pregunta: ¿De qué se ríen estos señores?

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