Qué calor

            Salir a la calle con viento terral y cuarenta grados en el termómetro de la plaza es una experiencia desagradable pero interesante. Son inexactos, y hay que esperar a que pase una banda de anuncios municipales hasta llegar a la cifra en grados centígrados, pero me he dado cuenta que casi nadie los mira; tanto artilugio, imagino que costoso, nos rodea que al lado de este poste hay un anemómetro que corta los chorros altos de la fuente cuando hace viento y manda información al centro que organiza el tráfico de autobuses. Si no me tomaran por loco, haría una encuesta en el paso de peatones con esta pregunta: “Señora, señor —primer repullo porque esas palabras solo las dicen los hispanoamericanos— ¿usted sabe para qué sirven esas antenas?”. En el mejor de los casos me responderían de buena fe que o no lo sabían o que les importaba tres leches.

            El aire agita los pantaloncillos de tela barata, ligera, y pone los pelos revueltos dándole a uno aire de loco o de personaje histórico. Cabelleras encrespadas que siempre me han llamado la atención han sido las de Beethoven, duquesas de Alba, David Ben Gurion, Einstein y Marie Curie. En las terrazas de los bares la gente lucha contra esa luz hiriente azul y amarilla con un café mitad que quita el sueño y perla las frentes, el labio superior y la punta de la nariz con gotitas de vapor al acercarse el vaso a la cara.

            Los dueños de las tiendas se ponen de conversación en la puerta pues, total, nadie compra. Y quien compra es conocido, repetitivo y de fiar: casi se le podría dejar que cogiera el cambio de la caja. El de la zapatería charla de fichajes de fútbol con un negro y un hombre mayor. Tras unos minutos —los que tardo en rodear la manzana, que a veces es cuadra no en el sentido geométrico usado allende los mares sino en el higiénico— la tertulia se ha ampliado cambiando de localización: todos se apoyan ahora en el escaparate de la frutería donde se pregona en una pizarrilla que tienen sandías de rayas. Desde la calle se puede ver en la trastienda una enorme bandera de España que actúa como cortina sujeta con una cuerda de pared a pared.

            Un perro blanco muy grande con cara de bueno mordisquea algo duro a la puerta de una carnicería; está tumbado en el suelo esperando a su dueño y lo miro con interés y respeto. Estos pobres animales provienen de las zonas heladas del norte de América, me imagino la clase de agobio que tendría. El artículo en Wikipedia sobre el perro labrador le asigna excepcional afabilidad, gentileza, inteligencia, energía y bondad (sic) y yo siempre lo he conocido como el perro del papel higiénico Scottex ®. Sé que los animales no tienen sentimientos, pero la debilidad humana nos hace decir las tonterías que acabo de citar: el perro es tan afable como una manta, tan gentil como el mando a distancia, tan inteligente y enérgico como un niño de teta… ¿pero bondad, cómo se puede decir eso?

            Cierran los negocios —la hamburguesería que tenía a Homer (¡Homero!) Simpson en el logotipo, el quiosco donde compraba la prensa— y los ocupan chinos maleducados, groseros, desconfiados y gritones que huelen a persona que no se ha lavado desde la matanza de Tiananmen —los más limpios— o desde la colocación de la primera piedra de la Gran Muralla. Mi padre me contaba de una invasión de chinos semejante a esta —mutatis mutandis— que podría situarse por los años treinta del siglo veinte. Por lo visto vendían collares (kollales) a peseta. Porque lo grave del asunto es que la realidad supera al tópico: no pronuncian la erre. Yo solo sé una palabra en chino, que es gracias, y se dice más o menos sheshe. Reconozco que alguna vez al marcharme se la he dicho a unos ojos oblicuos excepcionalmente amables, que también los hay, provocando su sonrisa y una coletilla obviamente incomprensible (será el “de nada” del lejano oriente).

            Volver —“con la frente marchita” como dice el tango— a la casa es un descanso. El portal, oscuro y cerrado, es un remanso contra el terral. Si usted, lector o lectora, vienen a Málaga en un día de estos de viento ONO (una chispita más acá o más allá) les recomiendo que bajen las persianas y cierren todos los huecos de la casa. Ah, un último consejo. Y no vayan a la playa: el mar estará frío e inusualmente agreste. Feo.

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3 comentarios to “Qué calor”

  1. landahlauts Says:

    Lo que les gusta quejarse en Málaga cuando hace un poco de calor….

  2. el temido (por su bravura) Says:

    No es un poco de calor; es una sensación agobiante, infrahumana, que parece que no va a acabar nunca. Cuando encuentras un sitio donde hay un grado o dos menos (sobre 43 que marcaba el termómetro de mi barrio a las siete de la tarde), te parece una nevera. Pero claro, al momento te das cuenta que es una mera defensa del cuerpo. Y lo peor es la gente que no se lava, que no os imaginais cómo perfuma el ambiente. En vez de ayudar a dejar de fumar, podían ayudar a dejar de sudar.
    Delenda est Britannia (envidiada también por el clima). Lector salutatus, et puteatus.

  3. landahlauts Says:

    23’5 ºC he disfrutado yo hace un ratito en una terraza de Huétor Santillán, a escasos 15 kms. de Granada. Decididamente, al menos hasta ahora, no está siendo un verano duro de calor…

    Lo peor es eso que refiere “el temido”: Ejpaña apesta. Y no es una forma de hablar, es una realidad. Y con parecen confirmar ese refrán tan popular en Suramérica: “En España nadie se baña”.

    Tengo mucho por leer… poco a poco. Saludos y me alegro de encontrarlo de nuevo.

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