Cosas que pasan

Donostia,  5 de junio de 2011

Querida Marta:

Me alegraré de que cuando caigan estas cuartillas en tus manos estés feliz y bien de tus achaques. Espero que sigas siendo la reina de tu casa… especialmente en ese trono que es tu cocina donde tantos honores has cosechado como satisfacciones has dado a los que te queremos.

No pude asistir a tu comida de cumpleaños. Me encontraba un poco floja para hacer esa excursión anual a la que nunca he faltado en tantos años. Era arreglarme —me he puesto más gorda, y no encontraba falda a la que no se le saltara la cremallera—, maquillarme un poco más de lo habitual, aplacar estos pelos encrespados por los tintes, comprarte un regalo —tú, que tienes de todo—, llamar un taxi y volver a las tantas a mi casa buscando como una loca la cápsula de omeprazol pues tus banquetes son demasiado espléndidos. Ya me contarás cómo salió todo y qué quieres que te compre cuando vaya más delante de visita.

Me he enterado que Luisa se jubila. Ayer  hablé con ella. Está desde las Navidades —cuando firmó los papeles— muy rara. Me contó que se despierta a las cinco pensando en cómo va a rellenar sus días a partir de ahora. Con lágrimas en los ojos me habló de la lucha que mantiene para que sus compañeros no le compren ningún regalo ni le canten

Cuando una amiga se va,

algo se muere en alma,

cuando una amiga se va…

y va dejando una huella

que no se puede borrar.

en el restaurante de siempre, entre vapores de whisky y pacharán, donde hacéis la tradicional comida de fin de curso. Yo no he visto una maestra más pusilánime ni más sentimental. Sé, porque me lo ha dicho alguien, que es capaz de contar la Historia de España en cuarenta y cinco minutos a una clase de veinticinco adolescentes sudorosos y mantenerlos interesados y en silencio. El otro día, cuando les dijo que ellos iban a ser su últimos alumnos y que ya no enseñaría a más nadie les leyó un cuento de Oscar Wilde —ese del ruiseñor estúpido que se clava las espinas de un rosal blanco en el pecho para que su sangre lo tiña de rojo y el estudiante pueda llevar al baile una rosa encarnada a su novia caprichosa— y terminó el aula como una convención de plañideras. Qué persona más… singular.

Aunque también te ríes con ella. Ha cambiado mucho, de aquella mujer exigente que explicaba la regla de Ruffini y daba un maletazo —Samsonite, eso sí, siempre— sobre la mesa cuando algún ruido le trastocaba los coeficientes de los monomios… solo queda una profesora que suspira por los pasillos y maldice —sobre todo— el traicionero paso de los años.

Es una excéntrica. Tiene varios cristales de la clase arañados con una enorme amatista con la que le demuestra a sus alumnos —que callan para oír el roce cuando realiza el experimento— la dureza del mineral. Y dice que ha inventado un sistema para explicar la intersección de dos conjuntos pintando los diagramas de Venn en las hojas corredizas de las ventanas. Nunca usa compás, sino una cuerda; la misma de la que pende una plomada de albañil que los fascina a todos: limpiadoras, conserje, alumnos y visitas. Qué habrá en los péndulos que tanto atraen.

Tiene Luisa —como tú, como yo, como todos los docentes— una tendencia natural a no parar de hablar y a imponer su opinión. Dice que la Historia nunca es negra ni blanca sino de un gris matizado. Odia a Hitler y ha conseguido que sus alumnos lo desprecien con repugnancia; le encanta eximir a la reina Juana de su baldón de Loca y les canta a sus alumnos —ahí quizás hace trampa y los manipula— Greensleeves que compusiera Enrique VIII Tudor para Ana Bolena. Su versión de Martín Lutero hace que todos los niños se vuelvan protestantes; no descarta despedirse haciéndoles escuchar la obertura de Egmont de Beethoven. Tal vez les ponga un fragmento de la Sinfonía 3 Eroica para que aborrezcan, dentro de la admiración, al emperador Napoleón Bonaparte. Y sobre todas las cosas, ama las columnas en sus tres órdenes. Hay una niña que la adora, y ya en estos últimos días la espera a que recoja, pues siempre se queda retrasada, para salir las dos juntas. Ambas van entristeciéndose cada vez más, las dos le temen al futuro.

Bueno, pronto veremos a Luisa hecha una vieja estúpida de la que se ríe la gente. Se comprará unas zapatillas Nike y un chándal para hacer gimnasia en algún centro de la Tercera Edad creyendo que con eso rejuvenecerá diez años.

No creo que tengas queja ¿eh Marta? Ya ves que no te olvido. Ha sido una larga carta. Ya me duele la mano de escribir y va llegando la hora de la cena. Te mando un beso muy fuerte, muchas felicidades con retraso, con todo el cariño de tu amiga

Irene

 

***

Donostia, 1 de julio de 2011

Marta, solo unas letras. Ayer encontraron muerta a Luisa. Sobredosis de tranquilizantes. Estoy destrozada. ¿Quedamos mañana y merendamos?

Irene

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2 comentarios to “Cosas que pasan”

  1. Landahaluts Says:

    Seguro que Luisa, como persona inteligente que era, no hizo nada a la ligera, seguro que tomó una decisión muy razonada y meditada.

    Pero, no era la única alternativa. Quizás podría haber cogido ese estúpido regalo que no quería, y haberlo tirado a la basura sin abrir, junto con aquel blister de tranquilizantes. Quizás podría haber “cambiado el chip” y darse cuenta de que comenzaba un periodo nuevo en su vida: ni mejor, ni peor… simplemente distinto. Y con chandal o si él estoy seguro de que habría encontrado un motivo para seguir disfrutando de cada amanecer, de cada mañana, de cada día: sus paseos, sus viajes, sus libros, su música, sus amigos, sus escritos….

    Y un buen día habría pensado: “¡qué coño!, estoy encantada de estar jubilada. Ya estaba bien de aguantar niños ajenos que, cada año, estaban más insolentes, maleducados e insoportables”. Y sería capaz de disfrutar de esos años de serena madurez (los mejores años, si se saben vivir): esos en que lo “tienes tó pagao”, no tienes apreturas económicas (un lujo, hoy en día), esos en que tienes algún achaque sí.. pero ¿para qué están las boticas? y sólo tienes que aguantar la insolencia de algún hijo que se empeña en traerte al nieto para que lo quieras y lo mimes (y de paso se lo quites a él de enmedio).

    Y así, día tras día, viviendo una dulce monotonía (que al fin y al cabo es la que más favorece cierta higiene mental), hubiera transcurrido el resto de su vida. Algún día, puede que todavía con cierta lucidez en la mente, una chica con un carrito de bebé la habría parado por el parque. “¿Doña Luisa? es usted, ¿verdad? ¡Me alegro tanto de verla!. Soy Elena, estudié hasta COU con usted, en el ochenta y tantos, ¿me recuerda?. ¿Sabe? al final hice Geológicas, aunque mi padre hubiese querido que fuera abogada, como él. Pero… un día en clase mi maestra me mostró el mundo de las rocas sedimentarias, de la estratigrafía, de la tectónica de placas… y me marcó. Aquella amatista sobre el cristal, Doña Luisa, aquella amatista hizo despertar mi pasión, mi decisión por mi futuro laboral… y mi vida. Gracias, Doña Luisa. Gracias por ser capaz de transmitirnos, con esa pasión que usted sentía, el interés por el saber, por la cultura, por el conocimiento. Que Dios la bendiga, Doña Luisa.”
    Y doña Luisa habría vuelto ese día a casa, con un nudo en la garganta, con un par de lagrimones recorriéndole las mejillas pero, satisfiecha de haber vivido una vida plena, en la que (en su medida) había contribuido para hacer de aquellos pequeños monstruos hombres y mujeres hechos y derechos.

    Lástima que ya sea tarde para darle las gracias a doña Luisa….

  2. el temido (por su bravura) Says:

    “Entomológicamente” ¿no quiere decir gozo, alegría? Pues vaya repasando los latines, aunque creo que en el fondo hay algo de razón, porque si estás acostumbrado a no parar en todo el día, tiene que costar trabajo amoldarse a la nueva situación.
    Vive conmigo una mujer desde hace casi 16 años, que espero tenga que aguantarme cuando me jubile (y si no es ella, será otra), y que creo que le teme, ya que soy de los que no paran, y siempre están haciendo algo. Incluso después de bregar toda la mañana en el trabajo. Cuando no tengo nada que hacer, dice que se me nota, y con más cariño que sorna me dice: ¡Qué! No tienes nada que hacer.
    Todo sea por no escuchar más el despertador. De todas formas, hay otras opciones antes que el suicidio (yo, sinceramente, suicidarme sería lo último que hiciera). Se puede uno volver loco, volverse hiperactivo, volverse hipoactivo y quedarse todo el día tirado en el sofá, hacerse anglófilo…
    Eso sí, sin comprarse el chándal de Carrefour o Decathlon, que supongo que con la jubilación, hasta yo echaría barriga.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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