Una forma de dar las gracias

Llevo unos días conduciendo por el carril derecho de la autovía, cosa que solo hago en circunstancias excepcionales pues mi tendencia natural es luchar con mi dieciochesco Clio lleno de bollos contra los chulos que avasallan y las cada vez más frecuentes —lo bibianesco ha calado— chulas que dan el volantazo y luego te hacen los cuernos o la peseta con los dedos si, justamente, les pitas. Llevo meses cruzando por los pasos de peatones y esperando a que el semáforo se ponga verde, catetada que un capitalino nunca comete; el malagueño —solo tengo constatado ese caso— debe cruzar una vía pública por donde no debe y corriendo pero sin correr como hacen los banderilleros: cabeza, torso, culo y muslos firmes como el mármol, y las patas… a mil kilómteros por hora. Todo lo que va de 2011 está siendo una tortura: me despierto a media noche y maldigo mansamente el día en que descubrí, todo junto, que los Reyes eran los padres, que la cigüeña no traía en su hatillo a los niños y que sería viejo sin sentirme viejo porque hay quien quiere que yo sea viejo. Y eso me desespera, me atenaza y me oscurece la vida.

Me emociono, hago despedidas dramáticas, tiro a la basura con frialdad cosas que me eran muy queridas, desordeno y ordeno cajones y estanterías, me bloqueo leyendo y no avanzo porque me distraigo, solo oigo música por el iPod y las mismas pistas siempre —habiendo ocho gigas para elegir —, lo que llega a producirme obsesión: la España de Chabrier —qué vergüenza—, Nessuno mi può giudicare (Caterina Caselli, San Remo, 1966) y Lili Marleen versión en vivo de Marlene Dietrich (y hay quien dice que el alemán es un idioma que suena mal, qué necios). A veces complemento con Baa, baa, black sheep have-you any wool? y con el brindis de Marina cantado por Alejandro Roy que es un tenor extraordinario tocado por el dedo de los dioses pero sin mucha suerte parece ser: esos segmentos de ópera los cantaba mi padre seguramente mientras se afeitaba o pintaba las puertas de la casa en verano, afición manual insólita porque todo se lo dieron hecho desde el mismo instante en que se casó. Trozos de ópera como aquel que dice “Costas, las de Levante, playas las de de Lloret”, texto al que yo le daba vueltas y vueltas intentando descifrar su significado.

Ayer fue 13 de mayo y la Virgen María bajó de los cielos para posarse en los corazones sencillos de tanta gente buena como hay. Tengo una compañera de trabajo que es diácono (¿diacona?) y coincidimos aparcando antes de empezar la currelancia, ambos recordamos el evento portugués en el seno de una conversación informal que siempre se desarrolla en un tono de voz pausado y con algún jefe verbalmente despellejado, como debe ser. A esas horas perfumadas de la mañana, cuando el día es un proyecto, me hice el propósito de ir un rato a la iglesia y sentarme un rato al lado de la imagen blanca de la Virgen de Fátima que tienen a la entrada, junto a los confesionarios oscuros y tristes. Pero no pude entrar. Mis pies se negaron. Quizás porque a esas misas vespertinas solo van beatas, beatos [Gran pagano, / se hizo hermano / de una santa cofradía…] y jubilados. Y volví a entrar en la pastelería, y compré pasteles. Y no tenían cambio. Y compré alguna porquería en la farmacia de al lado (sí, claro, la del chulo, galán trasnochado cargado de oros que no lleva camisa debajo de la bata blanca; por supuesto, el que enseña su repugnante vello gris a las vecinas que destilan líquidos vaginales por metros cúbicos entre orgasmos mal disimulados mientras le analizan el pecho y compran el producto más caro de parafarmacia, todo por estar junto a él). Y volví a mi casa. Y respondí a un tweet de Landahlauts con un desafío. Y en ese momento —qué pesado puedo ser a veces— me acordé de las manos cálidas de mis padres agarrando las mías, tan chicas, mientras rezaban al Cristo de los Favores (eran maestros, a saber los equilibrios económicos que harían) y a la Virgen de Fátima que en una gruta chiquitilla y oscura rellenaba una esquina de aquel patio misterioso para el niño de pueblo, más fascinante que cualquier parque temático actual. Y con desvergüenza velada le puse un correo electrónico a Landahlauts, que de tonto tiene poco, preguntándole si aquel escenario apotropaico subsistía. Y a los pocos minutos tenía en mi bandeja de entrada —qué bella metáfora, me recuerda a esas casas nobles en las que el criado lleva al señor la correspondencia en una bandeja de plata— las fotos de la Virgen de Fátima que yo veía de chico cuando íbamos de vacaciones a Granada. Este hombre, tan cordial conmigo, se presenta en el ciberespacio con una aureola de misterio y de inconcreción celosamente fomentada por él mismo: solo deja saber que vive en Granada, que es tan cruel y mal padre que tiene al chavea y a la chavala (espeleología lingüística) descalcicos, que está enviciado con las nuevas tecnologías, que es un fotógrafo extraordinario (agudo y dulce a la vez) y un testigo/cronista de la realidad hiriente que nos circunda. Háganme caso: léanlo a él, es mucho mejor que yo, y desde luego menos pesado.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: