«¿Nostalgias? No, lo que así recreas / es el tiempo sin tiempo / del niño…» (Cernuda)

¿Fui un niño feliz? Yo creo que sí, al menos hasta que pasaron algunas cosas que me envejecieron prematuramente añadiendo ceros al guarismo de mi edad verdadera; de tal manera que si cumplí 10, en realidad fueron 100, y así sucesivamente. La vida en el pueblo fue la mejor etapa de mi existencia. Todo lo que ocurrió y vi en esos años era fresco, oloroso, agradable, interesante y mágico. Incluso hasta los castigos que padecí —debería haber entrecomillado algo— infligidos por mis sufridos padres tenían un toque de originalidad. Por lo visto, dada la extrema y preocupante delgadez mía, cuando era sentenciado sumarísimamente el peor castigo que se permitían por temor a que me quedara hecho un pajarito era meterme en la cama con los postigos cerrados, pues estos dramas casi siempre ocurrían de día. Por resumir: en mi casa no hubo ni tortas ni galletas ni malas palabras, se optó por la citada tortura sicológica de dejarme escuchar cómo me llamaban los niños desde la calle para jugar y cómo recibían la noticia del spokesman; quizás así también hacía un poco de reposo, terapia muy de la época cuando no sabían qué hacer con el paciente; aunque mi madre contaba algo más sorprendente todavía: que en su infancia, a la gente con ictericia la sentaban a la orilla de un río para que el manso discurrir de las aguas los mejorara. Alguna vez me sacudieron el polvo de los pantalones, pero creo que se hacían ellos más daño y lo pasaban peor que yo.

Muchas Navidades, y en verano, íbamos a Granada para ver a los primos, titos y abuelitos (sé que el diminutivo les gustaba) de la familia materna y paterna que se repartían espacialmente en varios focos emocionales: el taller de mármoles de mi abuelo y la joyería contigua de mi tío (Acera del Casino), el Paseo de la Bomba (nunca supe porque se llamaba así, pero me fascinaba aquel entorno donde los mayores se tomaban una cerveza o una horchata al lado del río y los niños un helado), el Zaidín (cuando el sofocado autobús paraba en la puerta de mi tío yo creía estar viendo el último diseño de Oscar Niemayer o un apartamento de Palm Beach, tal era la belleza que encontraba en aquellos pisos de fachada color chocolate, recién construidos, tan modernos). El último foco de ilusión era la casa de mi abuela en la Acera de San Ildefonso frente al —creo— gobierno militar sito en un pedazo de cuartel colindante al Arco de Elvira, del que ya he hablado alguna vez. Aquella casa de vecinos tenía un pequeño jardincillo absolutamente salvaje y descuidado, lleno de calvas, acotado por una verja siempre mal cerrada y herrumbrosa;  guardaba en su seno rosales de pitiminí amarillos que trepaban hasta las ventanas del primer piso, fragantes celindos y unos gatos negros odiosos que subían por el tronco de los árboles para comerse a los gorriones y que persiguieron con saña a un niño de pueblo, escuálido, que había recibido como regalo una paloma a la que paseaba con orgullo atada de la patita con su correspondiente cordel.

Eran días de emociones fuertes: cuando nos peleábamos (se peleaban) con los niños que bajaban de la Calle Real, cuando nos subíamos en los FIAT del Ejército con los muchachos que se ligaban a nuestras tatas, cuando pasaba la bercera y vendía su mercancía a voz en cuello a las vecinas que echaban un capazo que subían y bajaban con una cuerda…

Una vez, mis primos capitalinos guapos y fuertes para los que yo era una rémora redicha y bien hablada a la que debían entretener (y a veces hasta querer) decidieron ampliar el escenario de nuestras aventuras en una sobremesa calurosa mientras los mayores iniciaban la siesta o hablaban de sus cosas ante un café de pucherillo, cuyos aromas y sabor yo no he conseguido recrear nunca; en la reunión juvenil previa a la hazaña se estableció como objetivo salir del jardín e ir hasta El Americano, enorme café-bar (ahora pienso que sería varias cosas más) situado en un edificio fabuloso a unos doscientos metros de distancia, ya en la Gran Vía; formaba parte de una manzana con forma de prisma de base “casi” triangular, un chaflán extraordinario convertía la planta en un trapecio si la memoria no me falla. Por el lado más color sepia de mis recuerdos —lo que hoy se llama calle del Profesor Emilio Orozco— solo puedo evocar que allí vendían botellas de La Casera con su bolsita de papel en el cuello que actuaba como precinto de calidad y garantía de higiene. Las novedades de la capital, para el niño cateto, siempre eran muchas y deslumbrantes: otra era las botellas de leche Puleva con su taponcillo de aluminio, que tanto se parecían a las que salían en las películas de los norteamericanos. En mi preciosa casa del pueblo iba de puerta en puerta un cabrero que servía la leche de las ubres al jarrillo directamente, sin intermediarios, y a veces el requesón que tanto apreciaba mi madre. Luego se le daba dos hervores, subir y bajar, por aquello de las temidas fiebres de Malta y por la cocina se expandía un delicioso olor a leche quemada pues algo siempre se derramaba de la lechera, vasija “ad hoc” con pitorrillo y tapadera agujereada que me llamaba tanto la atención.

El lado de la calle Tinajilla era, para mí, más bello que el faubourg Saint Honoré o el boulevard Haussmann o la sede de Tiffany’s & Co. en Nueva York (sin la pava de Audrey Hepburn), por decir algo… pues en esa acera se vendían las tortas más maravillosas, tiernas y variadas que nunca jamás comerá un ser humano y, justo enfrente, en un bar alegre hundido en un desnivel de la calle en cuesta (lo que hacía más interesante todavía la experiencia porque se veía andar a la gente en alto) se servían las albóndigas más ricas, sabrosas y fragantes que nunca jamás comerá un ser humano… ni en la casa de su suegra siquiera (es sabido que las suegras son doctoras en croquetas, albóndigas y paellas). Yo creo que los niños también bebíamos cerveza, estoy casi seguro. Si se confirmara, sería una sabia medida pues además de vitaminada y diurética nos dejaría un poco más tranquilos…

A las tatas se las mandaba entonces a comprar vinagre o vino para la comida a las Bodegas Espadafor, apellido tan eufónico como majestuoso era el negocio. Pero un niño de mi edad no podía ir hasta allí solo, de la mano o ajorrado en brazos, sí.

En El Americano se hacían negocios, se redactaban hijuelas o se amaban las personas acodadas en un velador con tablero de mármol. Ante un inocente helado, una cerveza, un vermú (ese vino extraordinario que permitía embriagarse a las mujeres con la excusa de ser un aperitivo) o un café con leche… cuando el whisky virtual —on the rocks o en esos vasos anchos y bajos que se bebían de un trago los usacos— nos fascinaba en el cine y el coñac solo venía de Jerez. La gente era más feliz con la Sidra El Gaitero que bebiendo ese menjunje que algunos llaman cava y que a todos les sabe a corcho. Aunque no lo digan.

Granada tiene inscritas en las páginas de mi vida —¿porqué seré tan cursi algunas veces?— mil luces, mil olores, mil sonrisas y mil lágrimas. No es un sueño que mi padre me subía al lomo de los leones de la Alhambra, cuyas manchas rojizas no eran de óxido sino de sangre de los abencerrajes, pobrecillos. No es un sueño que me quitara el sueño ver todos los días el sitio donde mataron a la Mariana, y miraba con mis grandes ojos de niño desmejorado las cadenas que lo bordeaban (qué herejía fue la interpretación de Pepa Flores). No es un sueño que mis padres pelaban la pava mirando a la Alhambra pues ella vivía en un carmen cercano que debía ser maravilloso. Y se casaron en la Magdalena, él con unos guantes blancos de cabritilla que después de mil mudanzas siguieron bien guardados y en los que muchas veces metía yo las manos cuando reaparecían. Los dos, guapísimos en la foto del IDEAL. No es un sueño que me daba miedo ver la estatua gigante encima del Teatro Isabel La Católica y tampoco es un sueño que me hipnotizaba la procesión del Corpus por la calle de la Cárcel…

***

Se cumple ahora el centenario del nacimiento de Emil Cioran, ese filósofo rumano —que es tanto como decir “peligroso”— engordado en los manteles de la cultura gala, breve como como twit, mesiánico y desesperanzado, del que yo he leído un poquillo. Voy a trufar el texto con una cita que me encanta del último libro que escribió. La traducción es mía, muy mal no debe de estar hecha (es fácil).

Pour moi, écrire c’est me venger. Me venger contre le monde, contre moi. A peu près tout ce que j’ai écrit fut le produit d’une vengeance. Donc, un soulagement

Para mí, escribir es vengarme. Vengarme del mundo, de mí mismo. Casi todo lo que he escrito fue producto de una venganza. Por lo tanto, un descanso.

***

Dentro de poco mi vida va a cambiar radicalmente, y creo que a peor. Necesitaré ayuda y no tendré con qué pagarla ya que el afecto no es moneda de cambio. Mientras llega el drama, mando un abrazo a todos los que me leen y además un saludo especial al Sr. Landahlauts [http://www.alboraida.blogspot.com/] al cual estoy muy agradecido por haberme enviado su maravillosa foto que encabeza e ilustra esta entrada. Sí, hoy es Jueves Santo de 2011, dicen que Día del Amor Fraterno.

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