lecturas de ayer y de hoy

En un rato, desde mi casa y gracias al ordenador, he alcanzado un sueño detrás del cual llevaba años corriendo. Siendo muy chico me regalaron “una novela de Julio Verne que trataba de una isla artificial para millonarios”, la mayor parte de su trama no la entendí entonces, pero la idea me fascinó dada mi admiración por la técnica y lo estrafalario. No sabía el título exacto ni el año de publicación. Nadie de mi entorno la había leído. Viendo los catálogos de las grandes cadenas libreras, tampoco aparecía. Y sin embargo una librería de viejo malagueña, situada en un barrio extremo y atormentado por las obras, tenía el libro en su página web: La isla de hélice, 1895.

La calle de la tienda no me sonaba, pero Google Map me ha dado fotos y la posibilidad de girar en redondo y mirar desde arriba hasta que la familiar silueta de la Flex (punto de referencia eterno de la zona, justo enfrente) me ha situado en el sitio exacto. Luego, sorteando cacas de perro en 3D por las aceras, a mitad de camino he hecho inevitablemente una foto del rótulo de la calle Niño Jesús de Praga que me he encontrado.

Ya en la librería, más modesta de lo que yo esperaba, he comprado el libreto de La Cenerentola —mi gran amigo Rossini, ese genio extraordinario, me ha llamado desde una estantería— y los dos volúmenes de la novela que iba buscando. Cuánto siento hacerme viejo y acercarme a la muerte, a la que tanto temo y para la que no estoy preparado. Pienso en cómo será el mundo futuro que yo no veré… y me estremezco de tristeza. Y lo peor de todo es que hoy no puedo comprar pasteles. (¿Quizá un helado?).

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Una respuesta to “lecturas de ayer y de hoy”

  1. Landahaluts Says:

    Para darle ánimos, ya que lo veo preocupado con el tema de “el final”. Si en algún lejano bosque cae un árbol en un momento dado y nosotros no tenemos ninguna percepción de ese suceso, podemos asumir tranquilamente que el fenómeno no ha tenido lugar. Es el llamado solipsismo: la creencia según la cual solo existe o solo puede ser conocido el propio yo o lo captado por mis sentidos.
    Según esa creencia, el mundo que usted conoce perecerá con usted. ¡Ánimo!
    (sí, ya lo sé… no anima demasiado. Eso pensó el de selección de personal de “El teléfono de la Esperanza” y por eso rechazó mi solicitud).

    Saludos.

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