¡¡Qué viene Antonio Banderas!! (¿Y ese quién es?)

Con la muerte en los talones de esa gran amiga que fue Liz Taylor me echo a la calle, idiota de mí, para ver cómo ha quedado la placilla donde esta mañana la Sra. Cervera y el alcalde de Málaga han inaugurado un museo tras obras de restauración complejas y largas.

Ese edificio fue los Almacenes Álvarez donde todos fuimos con nuestros padres a comprar platos, fuentes, vasos, jarras… Toda la loza y cristalería que imaginarse pueda, siempre en términos modestos y de clase media.

Los regalos a los novios eran de dos tipos: de Muriel o de Almacenes Álvarez según el compromiso del compromiso, perdón: según la supuesta categoría del invitante y del invitado. Otras variables para gastar más o menos en el regalo eran la dependencia laboral con los que iban a casarse (jefe, hijo del jefe, compañero, etcétera) y obviamente los medios económicos —el efectivo, porque no eran tiempos de tarjetas de crédito— de los que se dispusiera.

Era la década milagrosa de Los Sesenta. Años en los que tener plásticos era signo de modernidad pues llenaban las mesas y estancias de alegría con sus colores y propiedades maravillosas: irrompibles, inatacables por los ácidos, ligeros de peso, infinitamente moldeables: desde cubiertos de colores para un comedor escolar hasta maravillosas pelotas para jugar… lo que implicaba que se podía hacer  casi de todo en plástico. Su enemigo era el calor directo del fuego pero evitándolo sobrevivían a cualquier mudanza, pelea familiar o niño maleducado.

Los dueños de los Almacenes Álvarez revocaron muros nobles con barbaridades de albañilería sin que nadie supiera nunca que aquello era elPalacio Villalón del siglo dieciséis, centro comercial que nos parecía entonces no ya un cortinglés o un járrod o un meisis o un lafayé de ahora… sino el mismísimo palacio de Versalles lleno de loza y cristal que nada tenían que ver con Sèvres o Baccarat, claro.

Aunque en los planos ponga calle de la Compañía, en Málaga nadie dice la preposición ni el artículo, y quizás esta tarde por aquella zona solo éramos media docena los que sabíamos que la Compañía de Jesús era la que le daba nombre a la vía. Mi experiencia con los jesuitas se reduce a un horas malditas y tristes (dos, quizás tres; y la culpa del fracaso no fue de ellos sino mía, o quizás no le gusté yo a San Ignacio y desde el Cielo dirigió aquella funesta tarde amarga para un adolescente al que no le gustaban los deportes. Ojalá alguien leyera esto y me pidiera aclaraciones). Tampoco le gusté yo al Opus Dei, ni ellos a mí. Y el Movimiento Nacional (OJE & Company) me odió siempre con vesania, que era correspondida por mí. En cambio le gusté al PSOE. Pero ya se sabe que soy miope y tonto (de esto último me he enterado hace poco tiempo), conocía los síntomas pero no el nombre de la enfermedad. No te asustes lector, no temas lectora: significa que nunca disparo hacia la diana correcta y que casi siempre me sale el tiro por la culata.

Esta tediosa y cargante introducción —escribo para mí, y he disfrutado con ella— viene a cuento porque me sentí ofendido al ver el despliegue policial (policías poniendo vallas) para impedir que los políticos andaluces de todo pelaje, que se habían dado cita al caer la tarde para una visita restringida al nuevo museo, no se mezclaran con el populacho cabrón de esta Málaga que acepta todas las bofetadas y que miraba embobado. Huí de aquella encerrona humillante y pensé que, como siempre, unos buenos pasteles serían el lenitivo de aquella asquerosa situación.

Tuve que hacer una parada en la Plaza de la Constitución. El corazón se me salía de asco y vergüenza ajena. Lo injurioso ya no eran los políticos que iban de sarao trajeados, encorbatados y despectivos —Parce que je le vaux bien!— sino la corte de señoras revestidas de un lujo excepcional que los acompañaban con la cara levantada, ufanas, impúdicas y bastante feas…

Casi con ganas de llorar, porque no soporto la indignidad femenina, anduve los pocos pasos previos a la inmersión en la pastelería (fundada en 1941, nunca mejor dicho el muerto al hoyo y el vivo al bollo) y ya dentro de aquel océano revisé las existencias y las cuadré con mis gustos siguiendo un cierto hilo lógico (no podía llevarme la tienda entera). Según el número de pasteles que compre así está la irritación: indiqué con el dedo tres (¿Porqué los huevos y los pasteles se comprarán por medias o docenas enteras?) que viene a ser como la mitad de la escala de la mala leche. La muchacha que me atendió —trabajadora incansable, agradable, educada, excelente comercianta*— dijo dos cosas con las que sonreí mientras hacía el paquetito: “Se habrá visto usted apurado para llegar hasta aquí, con la de gente que hay esperando a Antonio Banderas… Menos mal que alguien de Málaga [por Carmen Cervera] da algo para su tierra…”. Naturalmente no me iba yo a poner a desengañarla: qué más dará si nació en Sitges (“silos”). Y cuando me despedía dijo: “Lleva usted unos pasteles del Vaticano, todos son papas: píodiez y piononos.”

¿Cómo no volver otro día?

*Nota Bene.- Comercianta: mujer dedicada al comercio, harta de trabajar de pie derecho y de sufrir a cambio de un sueldo miserable que ni se acerca a los 27.000 €/mes que se embolsa cierta ministra.

Anuncios

Una respuesta to “¡¡Qué viene Antonio Banderas!! (¿Y ese quién es?)”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Siempre se despeja el corral para que pasen los pavos. Esperaremos a Navidad, entonces será la nuestra; y cambiaremos los dulces vaticanos por otros.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: