Ultimatum

 Esta mañana he hablado seriamente con las tres.

Cuando les permití entrar en mi casa allá por las pasadas “entrañables fiestas” cruzaron el umbral bajo una condición muy concreta: no me darían disgustos, cero penas y nada de tristezas. Por mi parte yo me comprometía a otorgarles lo mejor que tengo. No les faltaría nada de comer ni un sitio tranquilo donde hacer sus vidas.

Pues bien, apenas han pasado dos meses desde entonces y ya estoy viendo señales inequívocas de que una de las partes  —ellas— está empezando a no cumplir lo acordado. Por eso, como dije antes, esta mañana de domingo he tenido que ponerles otra vez las cosas en su sitio. Quizás sea demasiado benevolente con ellas. O demasiado blando. Probablemente debería haberlas echado ya a la calle. Entre nosotros: nunca me gustó que siendo tan débiles y melindrosas se comportaran de manera tan estomagante y engreída.

Solamente en una ocasión he comido un sándwich de pepino y no me gustó. Fue en un Starbucks Coffee —27 Victoria Street, Londres— con un té y mirando por los ventanales el edificio de Scottland Yard. Emociones británicas aparte, aquella pasta sosa unida a las rodajas (hechas con un micrótomo) y los dos trozos de pan crudo y frío —triángulos rectángulos isósceles exactamente— había que degustarla con la misma delectación que si fuese la ambrosía y con la misma torpe parsimonia de un adolescente tonto recitando el Teorema de Pitágoras. Así son mis tres inquilinas: tan cursis, insulsas y fatuas como un insoportable sándwich de pepino…

Y les he dicho a las tres, harto ya, que o están conmigo o contra mí.

Hoy he puesto en un sitio más soleado a las tres odiosas macetas de poinsettia que compré en Navidades y les he dado de plazo una semana: o dejan de perder follaje… o las tiro sin contemplaciones. Todo un ultimátum.

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3 comentarios to “Ultimatum”

  1. mi-opera-prima Says:

    Que susto he recibido, por un momento pensé que sus invitadas eran ratas de laboratorio, tan cursis, insulsas y fatuas.
    Pero que alivio al saber que eran plantas, poinsettia, por eso le digo que a esos inquilinos si Ud., no los desea yo los acogeré con sumo gusto, a sabiendas que pierden el follaje, pero que seguro los recuperaran en un lugar sombrio y al amparo de poco sol.
    Lo que si le recomiendo es que no la pruebe, puede producirle una leve intoxicación. Si tiene hambre, es preferible ir a un restaurante a comer un sándwich de pepino.
    Que Ud., disfrute de la compañía.

  2. El temido (por su bravura) Says:

    Pues yo creía que eran 3 gatos. De todas formas, la poinsettia tiene la rara virtud, al menos en mi caso, de aguantar perfectamente todo el año; pero cuando se acerca la Navidad, dice adiós, y tengo que comprar otra. ¿A quién se le ocurre comer sándwich (changüi decía un amigo mío que se educó en Oxford) de pepino, tomando té en un Starbucks, donde ya el café de por sí es malo? Hay una bonita poesía sobre el té que dice:
    “No puedo tomar café, que el café me quita el sueño.
    Sólo puedo tomar té, que tomando té me duermo.
    En la cama té tomé, y al instante me dormía;
    yo mi vida pasaría, yo mi vida pasaría tomando té”.
    En fin, inventos britanos. ¿Sándwich de pepino? Con lo que se repite.
    Delenda est Britannia et Starbucks Coffee. Lector salutatus.

  3. Landahaluts Says:

    Pues, muy bien. Hay que ser duro, que no nos tiemble la mano. ¿Qué se habrán creído?

    Ya nos contará.

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