“El alegato” de Bernardo Ferrándiz

I

En el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga —denominación fatigosa, cacofónica, que lo condena al fracaso antes de llegar a él— se custodian y muestran al público pocos cuadros, alguno de los cuales son obras maravillosas.

En un entorno casi ideal tratándose de esta ciudad, la galería más alta tiene salida a un nivel más elevado que la calle, por La Coracha, lo que permite disfrutar de una visión idílica del Parque, los jardines de Puerta Oscura —ambas instituciones vegetales peladas y castradas hasta el insulto estético— y la tarta de yema y nata que es el Ayuntamiento.

Al grato sol de un mediodía de invierno la Alcazaba sobre Gibralfaro se perfila a contraluz volviendo locas a las pupilas al no saber qué diafragma escoger. El castillo —así siempre se le llamó— parece erigirse a los soñadores ojos del turista trasatlántico como una fortaleza inexpugnable, únicamente débil y vencida por el ímpetu multicolor de las buganvillas.

Quiero hablaros hoy de un cuadro. Casi todos los sábados por la mañana voy a verlo. Una vez tras otra subo en el ascensor amarillento con la emoción de que me reciban los Restos de un naufragio, de Carlos De Haes. Siempre le dedico unos minutos llenos de admiración y casi con el respeto de un orante de Millet.

Mi aversión hacia un tal Pablo Ruiz —el hombre y sus brochazos— es directamente proporcional al afecto que he desarrollado por los pintores que se desprecian por académicos. Rocas, olas, nubes, viento… hasta se puede oler el salitre en esa atmósfera saturada de violencia. Y a un lado, patético como todo lo muerto, el esqueleto del barco destrozado por la mala suerte (en ausencia de sirenas a las que culpar).

Enseguida me veo taconeando por un suelo de madera ruidoso y encerado. La sala siempre está vacía de visitantes —los malagueños, ya se sabe, carecen de sensibilidad— y la única presencia humana que encuentro es la mujer uniformada, más o menos joven pero siempre con esa expresión entre adormilada y como molesta ante la llegada de un intruso, cuyo trabajo nunca he sabido bien cuál es: ¿Prohibir hacer fotos? ¿Defender los lienzos de un ataque vandálico? ¿Asesorar sobre lo evidente? He ensayado hablar con ellas porque me resulta violento ignorarlas estando solas dos personas en una habitación, pero dentro de la cortesía obligada solo he visto en sus ojos en el mejor de los casos unas ganas locas de que me callara y regresara por donde había venido cuanto antes. Menos mal que no uso gabardina ni sombrero y al menos no han temido que fuera como esos exhibicionistas que —dicen— hay por los parques.

Echo siempre una ojeada a La moraga de Horacio Lengo, me quito las gafas y acerco la cara para ver con detalle a los niños que asan los espetos de sardinas y en la raya que junto con otros frutos del mar hay a su lado. Cumplidos esos rituales me sitúo ante El alegato, cuadro de Bernardo Ferrándiz que es el objeto de mis visitas a este museo desangelado.

II

Es un lienzo enorme en sus dos dimensiones, la buena colocación lo hace muy cómodo de ver y analizar, aunque está mal iluminado. Es una obra prolija, llena de información. Es un extenso catálogo de retratos. Es un muestrario de azulejos de Manises, adornos y trajes regionales valencianos. Es un magnífico ejercicio de perspectiva. Es una Enciclopedia de Psicología. Hay niños. Hay viejos. Hay jóvenes. Hay militares. Hay jueces. Hay escribano. Hay gente que charla, divertida. Hay gente que observa, interesada, los pormenores de la escena. Hay hombres hieráticos. Y hombres aburridos, cansados… presidido todo y todos por un retrato del rey felón Fernando VII.

Pero sobre todo y ante todo hay una mujer valiente, ya fea y desgastada, que se presume viuda con tres hijos, de pelo negro encrespado y sin cuidar, que suplica, que ruega, que clama, que alega… mil razones y una más para que no se lleven a la guerra al mayor de sus hijos —casi un niño— que es el sostén de todos los demás.

y III

Me ha sido imposible encontrar en Internet el cuadro de Ferrándiz, ofrezco la imagen escaneada (inevitablemente de muy mala calidad) de una foto pequeñísima inserta en una publicación del Museo, folleto muy caro, pobre y en Inglés. Tres cuartos de lo mismo, con el de Horacio Lengo. Mi consejo ya sabes cuál es: avísame y vamos juntos.

 

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