Alucinaciones de domingo

Siempre me han maravillado las máquinas y la Técnica. Desde aquel reloj despertador color crema con la superficie rugosa que destrocé intentando averiguar cómo funcionaba y qué cosas tenía dentro, pasando por mi descubrimiento de la arquitectura de John Nash hasta mi viaje a Greenwich en un metro sin conductor y luego recorriendo a pie el túnel bajo el Támesis… toda mi vida ha sido una permanente apología del ingenio humano. Me gustan los coches, las motos, los cuadros, las bicicletas, los barcos, las esculturas, los trenes, las plantas, los aviones, las casas, los muebles, los telescopios para espiar a la gente y para ver llegar los barcos, las flores, los niños, el jabón, los metales, el papel, la madera, el oficios de encofrador,  la Música, los embalajes, la colonia, los pasteles, la porcelana, los relojes, las galletas, el mármol… y las personas.

Siempre que puedo —a pesar de que disfruto conduciendo— me desplazo en autobús porque rara vez defrauda el pequeño viaje. Ayer, sábado, camino de un centro comercial me equivoqué de parada y tuve que recorrer a pie un viaducto que vibraba a pesar de su magnitud. Sentí miedo, admiración y vértigo al ver bajo mis pies cientos de coches que llenaban los carriles de una autovía gigantesca. Mis gestiones en el emporio fueron fallidas al cien por cien: no me entraban los pantalones que había elegido (siempre me he llevado mal con el botón más cercano al ombligo, dadas las circunstancias… como ya he demostrado los teoremas de Tales y de Pitágoras varias veces, quizás pruebe con una falda escocesa; está por decidir si llevaré debajo calzoncillos o no. Consultaré al Príncipe de Gales). Buscaba también un mueblecillo chico para el minitelevisor que tengo. Lo encontré, pero no podía tirar yo solo de la caja pues era para montarlo uno mismo con la ayuda del Espiritu Santo y Sansón. Desesperado ante tanta adversidad me dije: “Esta cadena de  tragedias solo se arregla con una buena caja de galletas”.

Miré en la sección correspondiente (“pasillo” para los habituales de la jerga del súper) y no hallé nada que me llamara la atención: descartadas las galletas de producción nacional (que son malísimas), las francesas (mucho ruido y pocas nueces) y las alemanas (bastas y sin gracia), solo quedaba por elegir entre Cadbury —eternas en su esplendor, pero no me gusta el chocolate— las Shortbread de Walkers (hace poco cogí un empacho con ellas, luego están oficialmente aborrecidas por el momento), las belgas Jules Destrooper y las norteamericanas Pepperidge Farm. Me decidí por estas últimas, a pesar de la manía que le tengo a Bélgica. Son dos valores seguros —tanto como el oro y los diamantes— en el mercado galletero. Si Aguilar de Campoo (centro de la industria galletera española, provincia de Palencia) fuese un cuadro del tal Pablo Ruiz P. —maltratador de mujeres, avaro, desagradecido, comunista multimillonario, pintor envidioso y mediocre— las destrooper serían el gran Magritte y las pepperidge farm Norman Rockwell.

Subí al autobús asqueado del olor que despedía un viejo revestido de prendas deportivas que remataba su atuendo con una gorra comprada en alguna playa canaria. El hombre, extremadamente pulcro y de clase alta, olía a una mezcla de ungüento mentolado y linimento Sloan que ya he notado en otros caballeros (en realidad más que por el hedor, le cogí manía porque le dije buenos días en la parada y no me contestó). Para poder observar bien a los viajeros me senté en un silloncito que va sobre una rueda y en el sentido contrario al desplazamiento del autobús. Al fondo, una madre con su hija se peleaban; la niña, enrabiada, luchaba por y para que su mamá no le guardara su muñeca en el bolso diciéndole que se la iba a romper. Una muchacha enana —he dicho enana— vestida como un soldado romano, lo cual acentuaba su horrenda figura —he dicho horrenda figura—acompañaba a una anciana habladora que se deshacía en críticas a la juventud en un feeling espontáneo con un hombre de su edad que se había levantado para cederle el asiento: “Los jóvenes de ahora nacen cansados. Y es que todo el mundo quiere comer sin trabajar”. El matiz es importante: para estas pobres gentes comer ya es un triunfo.

A mi izquierda, mirando por la ventanilla muy interesado, un hombre mayor vestido de color marrón y un chaleco de punto rojo, con unos zapatos nuevos imposibles de combinar con la discreción —además, gran cabeza, digna de un busto— de pronto susurra “Uf, uf, uf” y gira el tronco para ver algo cuando para el autobús en un semáforo. Le tiembla la barbilla. Sigo su mirada y veo entre los coches que esperan pacientemente a un muchacho con un cartel de cartón al cuello pidiendo limosna. Llevaba una muleta pues el pie derecho era un triste muñón retorcido y dramático.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: