SAN VALENTIN

—Una, dos, tres, cuatro y la de en medio. Licor por el borde para que se pegue el azúcar. Espolvoreo. Un poco de nata entre los huecos de las fresas… Y listo.

Ana María colocó en una bandeja alta del frigorífico la última de las copas que había preparado como postre para la fiesta de San Valentín. Eran fresas colocadas con la parte ancha hacia abajo. La tarta resultaba igualmente cursi, pero en la vitrina de la pastelería le llamó la atención su aspecto multicolor: toda de color rosa, estaba rodeada de un lazo de mazapán con puntos de chocolate, y en la parte superior lucían dos corazones de mermelada rojiza atravesados por una flecha de merengue.

Revisó con minuciosidad los cubiertos de plata, las servilletas y las copas. Dio un ligero vaivén al jarrón situado en el mismo centro de la mesa para que se soltaran las flores que se habían quedado apiñadas, se alejó, entornó los ojos y una media sonrisa de satisfacción iluminó su cara.

Cada comensal tenía una pequeña tarjeta con su nombre encajada en la ranura de una pieza de metal con forma de Cupido. Todos ellos suponían que iban a ser el único invitado. Ninguno, pues, sabía que iba a ser una celebración tan animada.

Ana María quería despedirse de sus cuatro amantes más asiduos pues tenía previsto cambiar de vida. La forzaban a jubilarse en el mejor momento de su carrera, cuando más sabía, cuando sus ojos grises eran como escalpelos diseccionando una situación comprometida. Su consejo era atendido con fastidio por los nuevos jefes que calificaban siempre como demasiado conservadores sus análisis y presagios y sus informes eran premiados echándolos a la trituradora de papel.

Había que pasar página. Y una de las páginas era la del amor remunerado. No existía una fecha más adecuada para tratar temas pasionales que el 14 de febrero. Y así, con una pizca de frialdad, dos gramos de inconsciencia y varios kilos de buen humor no exento de fantasía se planteó el sentar en la misma mesa a Daniel, a Miguel, a José y a Raúl. Bajo el plato de cada uno de ellos había dejado una llave correspondiente a sendas taquillas de la Estación Central. Allí, como en un juego, debían ir cada uno de ellos a recoger su último regalo.

Primero llegó Raúl. Su escasa inteligencia aceptó inmediatamente que la fiesta no fuera para él solo; lo único que le preocupaba era el sexo y, especialmente, el dinero y con Ana María ambas cosas estaban perfectamente situadas en su sitio por lo que la saludó con un beso cariñoso, tomó asiento, encendió un cigarrillo y fue calentando con sus manos la copa que él mismo se sirvió. Cuando sonó el timbre y entró Daniel, mantuvo la copa levantada y lo vio coloreado de ámbar a través del licor que mojaba sus labios. Tras la presentación y unas breves formalidades sobre el mal tiempo que estaba haciendo este invierno llegaron con una diferencia de un minuto los otros dos amantes. Ninguno de ellos conocía al resto, por lo que supusieron que su actividad comercial con la dueña de la casa quedaba en secreto, perfectamente salvaguardada.

Ana María era una gran cocinera ocasional. Su habilidad para mezclar sabores era muy apreciada por las amistades que acudían a su mesa de año en año. Para esta cena de San Valentín preparó una versión suave del Coq Au Vin que su abuela francesa le había enseñado en aquellas visitas que le hacía durante las vacaciones de verano; hablaban de todo, y entre risas y bromas hasta un día le confesó que durante la ocupación nazi limpió del mapa a unos cuantos alemanes desde los escondrijos de la Resistencia. Disminuyó la cantidad de champiñones y de vino y los sustituyó por una ensalada tibia de arroz en la que se percibía un ligero perfume de trufa negra. Sus cuatro amantes eran hombres poco dados a los refinamientos. Pronto convirtieron la mesa en un animado foro sobre fútbol, engulleron con rapidez el Coq Au Vin y los entremeses sin apreciar demasiado lo que tenían delante, bebiendo mucho y cuando Ana María llegó con la tarta y las copas simbólicas de las fresas con nata Miguel, tan alto y lleno de tatuajes, aplaudió alegremente y comenzó a cantar Cumpleaños Feliz, absolutamente desorientado de lo que se celebraba… Daniel guiñó un ojo cuando puso una fresa en los labios de Ana María y rozó con la terminación de sus dedos la mejilla de aquella mujer que tan bien conocía.

—Queridos amigos, hagamos un último brindis. Tengo que madrugar mucho mañana pues salgo de viaje, y quisiera acostarme pronto. ¡A vuestra salud! ¡Ah, se me olvidaba! Bajo el plato grande tenéis la llave del tesoro. Espero que os guste vuestro regalo. —dijo la anfitriona, levantando la copa y sonriendo— ¡Os deseo lo mejor!

—Un momento, un momento —gritó José, el amante taciturno de piel blanca y pelo negro— ¿Por qué no vamos juntos?

Ana María los vio salir a los cuatro camino de la Estación Central mientras los saludaba con la mano. Tan solo uno de ellos, Daniel, llevaba coche y él fue el encargado de transportarlos a todos.

No estaba lejos la recién estrenada estación. Una amplia explanada con varias entradas y salidas subterráneas organizaba los accesos. En medio de la animada plaza un inmenso reloj de diseño ultramoderno marcaba las once en punto de la noche lanzando al aire una pompa de algún material extraño, pero semejantes a las de jabón, por cada hora para regocijo de los viajeros que las apartaban de su camino con suavidad temiendo lastimarlas.  Pintadas de azul chillón, en una sala vigilada por un guardia de seguridad, las taquillas de alquiler brillaban bajo una luz altísima y potente. Miguel, Daniel, Raúl y José, llave en mano, comenzaron a buscar entre las hileras de armaritos el que se correspondía con el número de su llave. Pronto descubrieron que eran correlativos: 620, 621, 622 y 623. Casi al mismo tiempo las cuatro llaves entraron en las cerraduras. Casi simultáneamente, las giraron hasta el tope. Casi en idéntico gesto los cuatro hombres tiraron de las puertas hacia sí abriéndolas. Casi ciegos por la impresión los cuatro hombres quedaron aterrorizados al ver el contenido de las taquillas: en la 620, la mano izquierda cortada —conservaba en el trozo de muñeca un maravilloso Patek Philippe de oro— de un hombre; en la 621, la mano derecha, también masculina, segada, cubierta de sangre seca parecía agarrar el exiguo aire de la taquilla, en el puño de la camisa blanca ostentaba un gemelo con las iniciales A.C. ; en la 622, una masa oscura sanguinolenta se escurrió y cayó al suelo dejando a su alrededor un rastro sanguinolento: era un corazón. La 623 parecía estar vacía, pero no era así: dos ojos arrancados de las órbitas descansaban con sus ejes longitudinales paralelos y las pupilas al frente.

***

A las doce de la noche el esbelto avión de línea regular despegó rumbó al aeropuerto Mohamed V de Casablanca. Un joven leía en la sala de espera las últimas noticias en su ordenador portátil mientras llegaba su amiga Ana María —que había conocido en un chat— tras un vuelo de una hora aproximadamente. Impactado, fijó la vista en los titulares de un periódico digital: “Asesinado y descuartizado Axel Chaublon, director de la multinacional francesa… Se rumoreaba que el presidente tenía previsto nombrarle ministro en una próxima remodelación. El cuerpo de la víctima estaba troceado y apareció escondido en cuatro taquillas de la nueva Estación Central. La policía interroga en estos momentos a cuatro jóvenes que tras el hallazgo tuvieron que ser atendidos en un hospital cercano aquejados de una grave crisis nerviosa…”.

Anuncios

Una respuesta to “SAN VALENTIN”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    ¿Inspirado en la “Matanza del día de San Valentín”, o en “San Valentín sangriento”?
    Siempre me gusta el giro que le das a las historias.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: