Aprovechando el tiempo

I

Qué hermoso es ver algo que nunca habíamos visto. He observado la mirada de una familia extranjera, seguramente escandinava, y me ha vuelto a sorprender esa mezcla de interés y respeto con que nos contemplan. Cuando detenían los ojos sobre algo miraba yo también y no veía nada apreciable. Uno de los hijos, de pronto, ha alzado los ojos y la nuez del cuello ha subido y bajado mientras tragaba saliva, ha parado los pies y con las manos abiertas ha detenido al resto de la familia con la misma actitud de esas imágenes sagradas en las que se ve a Jesús resucitado despidiendo rayos de luz entre los dedos. Los viejísimos pilares de la Catedral lo han sobrecogido y el tamaño de la mole de piedra —tan bella, tan misteriosa— ha teñido sus cejas rubias, casi cenicientas, de sorpresa.

II

El domingo perdí un libro cuando iba de paseo por el parque. Intenté lo que para mí ya he visto que es un imposible: leer al aire libre, tomando el sol en un jardín, oyendo el canto de los pájaros y oliendo el perfume de las flores. Hay quien lo hace, pero yo me distraigo en mil detalles estúpidos que me sacan de la historia que pugna por salir de las páginas impresas. Conseguí encontrar un banco idóneo, ni en sombra ni a pleno sol. El aire no se movía. El ruido del tráfico llegaba amortiguado. Un cielo azul purísimo, denso y poblado de palomas y gaviotas merecía los pinceles de un artista… y sin embargo J. D. Salinger —tan interesante en mi casa— no conseguía atraer mi atención. Como buen présbita casi pude contar los turistas que pasaban por entre las almenas de la Alcazaba, pero no leía. Lamenté la bárbara decapitación del monumento al pintor Moreno Carbonero, pero no leía. Descubrí unas plantas preciosas con un fruto en forma de bellota gigante, pero no leía. Una pareja de novios se hacía fotos alternándose en el decorado y en las poses; un muchacho joven inclinado hacia delante hasta rozar la cabeza con las rodillas hablaba sin parar por teléfono; una paloma posada en el brazo de una escultura de bronce parecía dialogar con la materia inerte; el estanque de los patos estaba seco y vacío; el suelo ya no estaba formado por trozos de lápidas del cementerio… y no conseguía avanzar ni una sola línea. Ante ese cúmulo de distracciones estúpidas me puse el libro bajo el brazo y seguí andando. El olor fétido de las nuevas plantas del parque —¿seré yo el único que nota esa mezcla aliácea y de cieno?— me distrajo desagradablemente. Quizás fue en ese momento cuando se me cayó el libro a la tierra húmeda del suelo, en silencio. Se vengó de mí. Lo siento.

III

Odio las librerías y las bibliotecas. Si alguien se inventó el Síndrome de Stendhal yo debería patentar el mío. ¿Cómo no sentirse una despreciable hormiga ante una secuoya en esos sitios llenos de libros que nunca podremos leer? Millones de páginas, por mal que estén rellenas, algo tendrán de interesante y bueno. ¿Cómo no sentirse humillado por la eventualidad de mi existencia? Ay, aquel confesor de mi infancia que siempre decía “Por ser Dios tan bueno” como argumento de autoridad para que no pecáramos más. ¿Dios bueno? ¡Pero si hizo una porquería de mundo, hombre! Un yogur es más perfecto y saludable. Y tiene su fecha de caducidad bien claramente expuesta.

IV

Mi odio a las librerías solo es superado por mi odio a los libreros, y en especial a ese que para venderte un libro divulgativo de diez euros te mira con desprecio tal que hasta te pregunta si quieres una bolsa como diciendo elípticamente “Para lo que te llevas…”. Esos libreros que se las dan de eruditos por vivir entre libros me ponen muy nervioso. Les gusta mirar con suficiencia y que los clientes los adulen haciéndoles creer que la venta del libro es el equivalente a la salvación de una vida.

Me he sentido una mierda —¿porqué evitar la crudeza de los términos exactos?— cuando he tenido que pedir en alta voz mi libro barato ya que al lado un señor sin corbata (yo llevaba una de Adolfo Domínguez, muy bonita) y con una chaqueta de cuero rojo que le cubría la camisa de cuadros tipo leñador o buscador de oro del Yukón se interesaba por libros sobre los etruscos. El hábito no hace al monje, desde luego. Hacía años que no me sentía así de abochornado.

V

Aunque mi gran humillación fue… ¿Cómo, a estas alturas no lo he contado? Lo haré muy gustosamente (había puesto encant-ado pero los participios tan juntos suenan mal), no hay tema más adorable que hablar de uno mismo: Granada. Festivales de música. Palacio de Carlos V. Un todavía lozano Lorin Maazel iba a dirigir, entre otras cosas, la Séptima Sinfonía de Beethoven. Un muchacho joven, muy joven, con camisa de manga corta veraniega, espera en su localidad de las primeras filas —un pastón, oiga, todo un sacrificio— a que comience el concierto. De pronto se ve rodeado de señoras con trajes largos, enjoyadas hasta el pelo, y caballeros de etiqueta. Aquella noche fui más comunista que nunca. Creo que también odio ese palacio renacentista tan vano como hueco. En fin, que por odiar no quede.

VI

¿Alguien sabe porqué la entrada “connoisseur” en Wikipedia está traducida al Deutsch, al Galego, al Nederlands y al Русский pero no al Español?

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Una respuesta to “Aprovechando el tiempo”

  1. Landahaluts Says:

    Ayer salió una escalinata de ese palacio en mi blog. Palacio que, por cierto, detesto. Igual que detesto a esas señoras que, en la mayoría de las veces ignorantes y carentes de sensibilidad, sólo acuden a esos conciertos para hacer muestra de su estatus…

    Saludos.

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