In memoriam

Una vez más veo en la televisión la que puede ser mi película favorita, Ha llegado un ángel de Marisol, y compruebo ante la duda en dos fuentes distintas y solventes —hay que cruzar los datos en estas ocasiones trascendentales— que el filme ha cumplido cincuenta años. No era un error sino un horror.

Pasando por alto que la obra se mantiene tersa, emotiva, llena de ritmo, magníficamente realizada, bien dirigida y honorablemente actuada es el fondo de la historia lo que la mantiene viva. La bondad de una niña es la locomotora. La tita doña Leonor es un personaje compacto interpretado sin una fisura por alguien, Ana María Custodio, que trabajó por toda América (Hollywood incluido), que se exilió en Cuba —después marchó a Nueva York y finalmente se afincó en México— cuando la guerra civil y que rueda sin asco en la llamada España franquista al lado de una Marisol directamente encaminada hacia el estrellato, una malagueña genial que luego destiló veneno, payasadas y ejemplos de mala cantante y pésima actriz cuando dejó de ser grande, es decir: cuando se hizo mayor. Ella fue el Paleolítico de esa casta repulsiva —por lo malos profesionales que son— que hoy se llama Artistas de la Zeja.

Yo, qué quiere usted que haga amable lector o benévola lectora, también esta tarde he llorado con el corazón encogido viendo la película por enésima vez. Isabel Garcés —la criada Herminia— en su parlamento final cuando le canta las cuarenta a toda la familia me parece el paradigma de la mujer honrada y valiente de inmaculada frente ceñida de laurel a la que homenajeaba canoramente Manolo Escobar (que nunca fue santo de mi devoción, méritos aparte). Un Carlos Larrañaga guapísimo (tanto que se parece de cara al David de Miguel Ángel, fíjense ustedes y verán que es así), un coche “Pegaso” precioso y un niño que era un primor metido en la maleta son detalles que no se complementan curiosamente con una mujer bellísima en el reparto. Quizás, como sostiene la pérfida actriz amante del productor, para no hacerle sombra a la estrella. Probablemente también porque para la Censura de la época —franquista, que se me olvidaba añadirlo— el pecado y el mal estaban en las mujeres, y más concretamente en su pecho —busto— y en su labios porque todo lo demás no existía para ella claro está. Qué momentos inolvidables daban los cortes en el celuloide (el negativo Eastman Color estaba hecho ya de otro material lógicamente) cuando en los cines de barrio en sesión de programa doble el actor acercaba su cara a la actriz para morrease con ella y aquello terminaba antes de haber empezado en un inverosímil gesto hacia adelante y hacia atrás que, de haber sido real, les habría truncado las vértebras cervicales…

Permítaseme el juego de palabras en absoluto irreverente: alguna cosa buena ha tenido el que haya muerto Augusto Algueró, ese gran compositor y excelente pianista. Hemos podido ver de nuevo, gracias al óbito, una gran película. Descanse en paz el extraordinario músico. (El cine español lleva descansando más de veinte años).

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