Misterios

Hay algo extraño en esa acera umbría y fea. En los segundos que he tardado en escribir la frase anterior me ha venido la idea de que como a escasos metros de distancia hay un edificio que fue importantísimo en mi vida quizás los espíritus que allí habitan son los responsables de las cosas raras que me han pasado por la zona.

Y que son siempre las mismas: voy andando con la cabeza casi gacha en primer lugar para eludir los excrementos; también porque me estoy poniendo viejo (Pigmalion-Rosenthal: “somos lo que los demás quieren que seamos”) y temo tropezar con algo. Sin verlas a lo lejos, encuentro a mi paso cartas de la baraja española tiradas por el suelo. Y ayer una estampa del Sagrado Corazón de Jesús.

En las ocasiones anteriores me he tragado la vergüenza, avanzo unos pasos y regreso, arrojo el llavero al suelo cerca del hallazgo, disimulando, como si se me cayera accidentalmente, y en un movimiento hábil y rápido lo recojo todo sin que nadie se dé cuenta.

Siempre me dio miedo la brujería y los tratos con El Maligno. Recuerdo la de vueltas que le di —siempre con un escalofrío en la espalda— a una ilustración de un libro antiguo que había en mi casa cuando yo era un niño; aparecía un chiquillo en su cama y a los pies, levantándole las sábanas, un demonio cuya cabeza era un híbrido de la testa de varios bichos terribles, recordaba a una iguana erecta con grandes colmillos y un cuerno. El horroroso diablo, para mayor dislocamiento intelectual mío, tenía muslos y pecho humanos, muy musculosos… pero estaba adornado con unas tetitas largas y secas que producían espanto. No le faltaba rabo, como es natural.

He tenido un compañero de trabajo 23 años y nos turnábamos los coches. Muchas veces me decía “José Miguel ¿tú crees en los espíritus?” y yo siempre le respondía que ojalá existieran, pues en el peor de los casos habría muchos malos y unos pocos buenos, pero qué descanso sería charlar con los buenos… pues irían vestidos de blanco, con túnicas de satén, oliendo a Esencia de Loewe y nos darían buenos consejos y ánimo.

¿Significarán algo los naipes que en dos ocasiones he encontrado por la acera? No me apetece echarle un ojo a un manual de cartomancia, si alguien tiene alguna idea, que me ayude. La estampa del Sagrado Corazón de Jesús me está mirando desde un atril precioso que tengo sobre la mesa atestada de trastos: teléfono fijo, modem, funda de gafas, cajita con los pendrives, grapadora, artilugio parecido a un iPod pero que tiene televisión TDT y radio, moleskine, bote de cristal con dos plumas estilográficas en perfecto uso, bote de cerámica lleno hasta reventar de bolígrafos de marcas farmacéuticas, rotuladores y abrecartas (destaca uno de amatista, apenas una lámina, que es precioso). En un lateral del ordenador se adhiere un bolígrafo como una flor, de Agatha Ruiz de la Prada. Y junto al teclado —le beau et l’utile— muy a mano por lo tanto, una caja de galletas Perrunas de Antequera. Si Diógenes levantara la cabeza…

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