Cuento de Navidad

     Había llovido tanto que las aceras estaban cubiertas por un barro rojizo que en algunos sitios casi escondía el dibujo geométrico de las losetas, y en los sumideros de las alcantarillas se acumulaban palos, trozos de trapos y basura de todo tipo. Al pie de un árbol callejero, pequeñas bandejas de corcho sintético, de esas en las que envasan los supermercados productos alimenticios, mostraban restos de carne picada: era el regalo que de vez en cuando alguien les hacía a los felinos de la zona, cosa que todo el mundo criticaba en el barrio pues la mayoría de las veces enjambres de palomas más voraces que las ratas se lo disputaban a los mismísimos gatos, llevando ellos las de perder. Al lado de las fuentecillas blancas siempre dejaban también una botella de plástico cortada por la mitad con un poco de leche. El líquido ya no estaba blanco, sino que era una repugnante mezcla de hormigas ahogadas en su propia gula, hojas secas y grumos del rojizo barro que todo lo manchaba.

Dos gatos se refugiaban del frío bajo la carrocería de un coche observando detenidamente a quienes pasaban cerca de su tesoro alimenticio. La mirada de un gato siempre es orgullosa y carece del punto de dulzura triste que impregna la expresión de los perros. Sin embargo, la elegancia de movimientos, su estado de alerta permanente y la rapidez de sus reacciones lo hacen un animal atractivo y misterioso.

La pareja de gatos comía y vivía junto a la pared de una iglesia de barrio, fea ya desde su misma construcción. Los distintos párrocos que la habían dirigido parecían haberse puesto de acuerdo en aumentar, uno tras otro, el mal gusto de su decoración consiguiendo un resultado final que solo podía ser calificado como de lamentable: los escasos detalles bellos que se le pasaban por alto a uno el siguiente los tapaba con muchos exvotos de hojalata o imágenes de escasa calidad; jarrones blancos convivían con pedestales de alabastro, y en las naves laterales grandes aparatos de aire acondicionado rompían cualquier atisbo de armonía estética que hubiera podido haber. El “horror al vacío” presidía aquella iglesia que los viernes por la tarde se veía invadida por una cola interminable de esa gente a la que se le llama “pobre”; la fila de personas necesitadas empezaba desde la misma calle, justo en la pared donde los dos gatos solían tomar el sol. Por eso odiaban ese día de la semana durante el cual permanecían nerviosos e irritados, entrando y saliendo por unos tubos de desagüe que comunicaban la calle con el patio de una escuela; esa aglomeración les resultaba confusa y difícil de controlar. Con la llegada de diciembre, la fila de mendigos parecía una procesión de sombras agitadas por los vientos fríos que, de norte a sur, recorrían la calle, amplio bulevar que se diría trazado por un geógrafo que quisiera establecer sobre el asfalto los puntos cardinales de nuevo. Todas las demás puntas de aquella rosa de los vientos urbana se correspondían con nombres hermosos o ilustres: el de un filósofo, un pintor, un arquitecto, la suavidad verde de los tilos, una santa y el arcángel San Rafael.

Para sorpresa de los dos gatos, la parroquia había adelantado al jueves la entrega de ayudas, ya que la Nochebuena caía en viernes. Abuelas acompañadas de sus nietos mayores entraban por la puerta lateral de la iglesia y al poco rato salían con bolsas llenas de botellas de aceite, dulces, latas de leche condensada y melocotón en almíbar, paquetes de azúcar, arroz y mil cosas más. Las abuelas siempre tenían garantizado el éxito de la expedición ya que la ancianidad siempre produce ternura y lástima —en la misma proporción que fastidio— eso sin contar con su cortesía y discreción al pedir, que les proporcionaba las mejores bolsas. Los niños siempre hacen gracia; los viejos necesitados, poca.

La pareja de gatos viendo aquel desfile con dolorosa envidia, giraban sus cabezas y miraban con tristeza los restos que quedaban en el árbol donde los ancianos les ponían las bandejitas: ya no quedaba nada, ni siquiera algo que lamer pues el torrente de la lluvia nocturna había arrasado cuesta abajo con todo. La hembra dirigió la vista hacia una de las bolsas que pasaba ante sus ojos colgando de unas manos gastadas y llenas de venas azules. El instinto y la agudeza de su vista le comunicaron inmediatamente que, del peso, se estaba rajando y pensó que en pocos segundos iba a derramarse en la acera todo su contenido. Lentamente se puso a caminar detrás de aquella mujer que no se daba cuenta de que la raja se iba haciendo cada más ancha y pocos metros más adelante ocurrió lo previsto: con un golpe seco, la acera se vio sembrada de turrón, mantecados y roscos. Varias latas corrían cuesta abajo. Y las zapatillas negras de la mujer se cubrieron de azúcar quedando totalmente blancas. Ante su sorpresa, los dos gatos se abalanzaron sobre aquella masa de comida y huyeron con la boca llena de dulces que rápidamente escondieron bajo el coche donde se cobijaban. Con la precisión de un bisturí —uñas y dientes coordinados— abrían los envoltorios marcados con la leyenda “De Estepa” y comían ansiosamente su contenido, separando el papel con mucho cuidado.

Al día siguiente, la acera de los gatos no tenía pobres pero sí mucha gente andando muy deprisa. Por el espacio que queda entre los bajos del coche y la acera, veían pasar sonrosadas piernas, pantalones vaqueros, zapatillas deportivas, tacones negros, ruedas de carritos de la compra, algún bastón, un patín de skate y alguna muleta… Y no entendían el motivo de tantos humanos por la calle ni la causa de aquellas prisas. Oían, eso sí, repetir unos sonidos que no comprendían (“no-che-bue-na”) entremezclados en otras conversaciones: Esta noche el novio de la niña se viene a cenar, o Ya solo me falta recoger la carne. La gata pensó ¿Cuándo los novios cenan en casa de sus novias es nochebuena? ¿Porqué, para otros, es nochebuena ir a la carnicería? Los pasos de dos zapatos negros masculinos hicieron tic-toc al apoyar el tacón y la punta sobre las losas, y al mismo tiempo los gatos oyeron como lloraba el hombre que pasaba. Por lo visto en aquel día tan especial no todos los humanos estaban alegres y los que sí lo estaban… no se ponían de acuerdo en la causa de su alegría.

La tarde calló y cayó habría dicho un mal poeta: el ocaso del Sol adormeció los ruidos y permitió que se descolgara la noche sobre el barrio como cuando cae el telón del escenario ocultando los actores al público.

Era Nochebuena ya.

Y los dos gatos, guiados por su instinto, se pusieron en marcha para entrenar los músculos y buscar algo de comer.

Marcharon lentamente auscultando las sombras; ni las ratas andaban por las calles desiertas. Así, poco a poco, llegaron a un edificio pintado de verde en el que todas las ventanas aparecían iluminadas y en algunas podían verse guirnaldas de bombillas que se apagaban y encendían intermitentemente o las ramas de arriba de un abeto lleno de bolas. La cara de alguien que se asomaba durante un segundo y desaparecía al momento le daba un dinamismo al edificio que chocaba con el fantasmal silencio. Los dos gatos, sigilosamente, se colaron dentro. Subieron las escaleras hasta la primera planta y vieron que uno de los pisos tenía la puerta entreabierta; pensando que allí habría comida asomaron las cabezas y miraron hacia adentro. Un hombre mayor, sentado en una mecedora con una manta de cuadros sobre las piernas, le hablaba a la lavadora. Hipnotizado por el giro rítmico del tambor lleno de ropa —veinte vueltas en el sentido de las agujas del reloj, veinte vueltas para el lado contrario— le contaba a la máquina acontecimientos lejanos de su vida pasada. Los gatos estuvieron a punto de ser sorprendidos por la entrada repentina de una mujer extrañamente vestida.

“Abuelo, ahí tiene usted le cena. Feliz Navidad”, dijo, y salió tan rápidamente como entró. Sobre la mesa, que estaba cubierta con un mantel de plástico, había dejado una bandeja con tres platos. Sobre uno de ellos había una taza de caldo tan caliente que despedía hacia arriba hilillos de vapor. En otro, algunas croquetas. No había cubiertos. En el tercero estaba el postre: un trozo de turrón blando y un mantecado.

Se despidió de la lavadora diciéndole educadamente que iba a cenar pero que ya seguirían charlando con más tranquilidad en otro momento. Como si hubiera estado esperando esas palabras, comenzó a centrifugar y el ruido —tan parecido al que hacen los motores de un avión— se mezcló con el de un televisor del piso de enfrente que tenía el volumen muy alto. Sonaba un himno que, al cesar, dio paso a una voz gangosa y mal timbrada que hablaba como un autómata. El hombre se levantó del sillón y al llegar al rellano de la escalera suspiró, dio un empujón a la puerta y la cerró de golpe. Los dos gatos sintieron un escalofrío: pensaron que estaban encerrados con un loco.

El anciano revisó con los ojos la bandeja e hizo un gesto de desagrado. Pero en ese momento se dio cuenta de que estaba acompañado pues distinguió en un rincón los dos bultos quietos, atemorizados, de la pareja de gatos. Muy despacio desplazó la mecedora para quedar de cara a ellos y se sentó. La lavadora había terminado su ciclo y ahora la única muestra de vida que mostraba aquella máquina inquieta era el parpadeo de una lucecita amarilla al lado de unas teclas blancas.

Movió el brazo derecho y cogió de la estantería un libro. Buscó una página y comenzó a leer en voz alta siguiendo las líneas con el dedo índice. Era una obra de teatro corta en la que aparecía un gato llamado Mitchevo, que era el único consuelo contra la soledad que tenía su dueño.

Los gatos prestaron atención a la voz tranquila y casi musical del hombre, fueron relajando sus músculos y serenando su corazón que antes latía sobresaltado. Al finalizar la lectura, cerró el libro en cuya portada ponía “El extraño idilio” junto al nombre de Tennessee Williams; los dos animales bostezaron, pero no de aburrimiento: el hambre siempre impone su ley. El viejo se puso en pie y les colocó la bandeja de su cena por delante. Con una caricia en sus cabezas les invitó a comer. Cuando terminaron, los tomó en brazos como si fueran niños. Eran hermosos, con sus miradas penetrantes parecían entender a los humanos.

—La gente cree que estoy loco —dijo el hombre— porque hablo con la lavadora. Pero ¿qué le voy a hacer si nadie se detiene a hablar conmigo ni un minuto?

Un maullido comprensivo sonó en la habitación.

—Me pregunto cómo habéis sido tan valientes de llegar hasta aquí. Seguramente el frío y el hambre os habrá empujado a hacerlo. Pero no os preocupéis, creo que nos llevaremos bien: tú serás Mitchevo —dijo, señalando al macho— y tú Mitcheva. Seguro que vamos a ser buenos amigos.

Un nuevo maullido, afectuoso, sonó en la habitación.

El macho saltó al suelo delicadamente para dejarle más espacio a la hembra, que se acomodó en el abrigado hueco de la manta que tenía el hombre sobre las piernas. Y se quedó dormida. Y soñó recordando su pasado: Su madre fue una gata criada y mimada por unos amos ricos, y su padre un gato callejero que la volvió loca de amor; por él abandonó el lujo y el blando caminar sobre las más bellas alfombras para vivir la aventura de la calle y los tejados. Desde que nació, Mitcheva había vivido expuesta a las inclemencias del tiempo, pasando hambre y peligros. Pero en sus genes había un rastro de la ternura que su madre le había transmitido. Curvó la cola hasta llevarla a su vientre y se hizo un ovillo. Las manos del hombre cayeron sobre su cuerpo igual que los pétalos de una rosa: sin peso, pero dejando un cálido perfume. Y su mente de gata comenzó a hacer proyectos hasta ahora imposibles: Se veía madre de muchos gatos pequeños que mamaban mientras ella los lamía y les enseñaba a vivir. Y su cuerpo comenzó a sentir una dulzura inmensa.

Así transcurrió la noche. Y cuando el Sol comenzó a salir, el anciano dejó a la gata en el suelo sobre la manta doblada varias veces para aislarla del frío que despedía el suelo. Preparó café. Y de un armario antiguo sacó un plato hondo que llenó de leche. Luego abrió un paquete de galletas; desmenuzó algunas y las echó por encima, convirtiendo el líquido en un mar blanco lleno de islas cremosas y dulces. Cuidadosamente colocó el plato ante los gatos y se sentó junto a la mesa del mantel de plástico mirando a los dos animales que lamían y sorbían sin descanso fascinados por aquella maravillosa comida.

El hombre, a pesar de su edad, todavía tomaba café, y lo disfrutaba sabiendo que esa sería la siguiente prohibición de su médico. De pronto notó que se sentía feliz. Y que sus manos no temblaban al levantar el vaso de café con leche que era su desayuno.

De pronto, sonó la cerradura de la puerta. Abrían desde fuera. Y los dos gatos dejaron de comer sobresaltados con el ruido yéndose enseguida a un rincón para ocultarse de la mujer que entraba, y que era la misma que dejó la cena la noche anterior.

—Abuelo —dijo la muchacha sonriendo— ¿Y los gatos? ¿Dónde se han metido? Qué el niño quiere verlos. Anoche, muy tarde ya, entré a ver como seguía usted y me llevé la sorpresa.

—Espera, María, que están ahí asustados. Dame a Jesús, verás lo que le gustara jugar con ellos.

Los gatos vieron como la mujer ponía en brazos del anciano a un niño que parecía un muñeco. Y, por una vez, no cumplieron las normas de su vida salvaje: poco a poco se acercaron a él y dejaron que el chiquillo les pasara una mano por encima.

La cara de la mujer venida desde un lejano país -tras sortear la selva, el Atlas y las olas crueles del Estrecho- se cubrió de lágrimas. Su niño sonreía, agitando la espalda y las piernas para lanzarse al suelo en busca de aquellos preciosos juguetes, los dos gatos. Por fin su hijo dibujaba en el aire con sus manos las mismas flores y los mismos pájaros que ella había visto en su pueblo cuando era niña.

“¡Ven, José, ven, y mira!” dijo a voces, llamando al padre de su hijo. Y en un segundo, el hueco del marco de la puerta quedó cubierto por la inmensa figura de un hombre en cuyo rostro florecía también una emocionada sonrisa. 

*

 Cuando Jesús, con sus padres María y José, se marchó del piso de enfrente para continuar su camino hacia los lejanos campos de la fresa, el anciano los despidió desde la ventana. Todo el equipaje que llevaban se reducía a una bolsa con ropa y sus documentos de emigrantes. Tras cerrar la ventana y correr las cortinas pasó junto a la lavadora y, con un gesto de inmenso cariño, acarició el esmalte blanco de su chapa metálica, diciendo en voz baja:

—No te olvido, vieja amiga. Dentro de un ratito, hablamos.

Los dos gatos cerraron y abrieron los ojos rápidamente, asombrados porque claramente escucharon que la lavadora le contestaba:

—Vale. Te espero.

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2 comentarios to “Cuento de Navidad”

  1. Luisa Martin Says:

    ¡que triste y que bonito!lo unico que no me gusta es que los prota sean siempre viejitos tristes los hay tambien alegres….

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Y viejitos verdes. Mi abuelo, por ejemplo, con 70 años se casó de penalty; pero claro, era un caballero. Ahí está mi tío con 23 añitos.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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