511 palabras que debía

Debería haber contado la tristeza del muchacho llorando por la calle acompañado, dos pasos atrás y la mano en su espalda, por el amigo. Iban acercándose a la maraña de luces giratorias y sirenas que había provocado la muerte del padre mientras compraba en una tienda de barrio.

Debería haber contado que el Sol, en el equinoccio, ya sube por la calle Mauricio Moro al amanecer. Casi sin solución de continuidad, ha dado un salto de varios grados en el horizonte.

Debería haber contado que tras someter mi musculoso brazo a la vacuna contra la gripe  me salió una roncha de forma cuadrada, lástima no haberle hecho una foto. Qué virus tan bien organizados manejan en el Instituto Pasteur. Yo lo veía en el espejo del cuarto de baño y pensaba que eran figuraciones mías. Cuadrada… ¡una roncha así no es cualquier cosa ni se ve todos los días!

Debería haber contado que estoy llorando con demasiada frecuencia, sobre todo cuando como. Es inevitable. Mi comensal invitado, mi antagonista austero que únicamente observa sin probar bocado, mi partenaire mudo al que cada vez que lo miro le descubro un gesto de comprensión o de rechazo… me provoca las lágrimas. No puede hablar, solo puede fijar sus ojos en los míos y decirme que tenga cuidado, que no me ofenda más a mí mismo. La mayor parte de las noches duermo con él a mi lado, lo beso al acostarme y cuando me despierto. Pero no despega los labios. Aún así, lo quiero. Lo quiero mucho, la verdad. Tengo que releer a Kafka.

Debería haber contado que una mañana, temprano, al encender el ordenador vi con terror que había perdido la configuración gráfica, que salía todo en VGA como en los tiempos gloriosos del MSDOS. Me irrité porque esa situación requería pedir ayuda (y pagarla). Pero, cabreado, comencé a dar palos de ciego a la piñata sin saber que la había y en uno de los vaivenes del garrote sonó la olla de barro al recibir el golpe. Fijé los pies al suelo, alcé los brazos sin modificar el ángulo, pegué fuerte y —¡milagro!— la piñata se abrió como el cuerno de la abundancia: le di a donde debía, se cargó el programa de nuevo y disfruté nuevamente de los maravillosos colores definidos impensables hace más de veinte años, cuando compré mi primer ordenador. Para mí, el Destino —el fatum romano— tiene densidad, no es una cosa etérea.

Debería haber contado que he visto a un niño (Javier, no sabe andar ni sostenerse todavía en pie) que hasta cuando lloraba era hermoso, en sus ojos grises estaba toda la belleza de la inocencia perfecta. Naturalmente, para alivio de su madre, se lo quité de los brazos mientras ella rellenaba unos formularios. Qué tacto más cálido tienen las manos infantiles, y sus cabezas. Hoy en día los niños chicos huelen todos muy bien y en verano van haciendo ostentación de sus roscas y rosquillas. Es emocionante el mundo de los niños, que poco a poco voy perdiendo.

Debería haber contado… las palabras que he escrito hasta aquí. Cuatrocientas noventa y cuatro llevaba, pero ya van por más de quinientas. Quizás —¿tú crees?— debería parar aquí.

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