el cepillo de dientes

          Se parece un poco a esos patos con los que juegan los niños mientras se bañan. O a una iguana poco corriente. O a un caramelo de limón, natillas, plátano y vainilla. Tiene cara de bueno. Con sus formas redondeadas no va a herir nunca a nadie. Está limpio y nuevo pues se le ha defendido de criadas que todo lo consideran viejo, de pintores ucranianos de brocha gorda y de los avatares que en toda casa hay, día tras día.

          La cámara está en las últimas, hace cosas extrañas, el objetivo no se decide a estarse quieto y, alocado, mueve hacia atrás y hacia delante las lentes sin encontrar la deseada distancia hiperfocal con la que todo fotógrafo sueña.

          Hoy el cepillo de los dientes —testigo mudo del pasado de la señorita Pickford— ha pedido a gritos salir de su estuche privilegiado exigiendo el lugar de la casa donde más luz hubiera para hacerse el retrato. No una foto cualquiera… Un retrato.

          Tras mil vueltas, ha sido el alféizar de la ventana —con grave riesgo de caerse— donde ha pedido que se le situara y así ha quedado inmortalizado, para la posteridad.

          Sí, vamos, que no es locura del que escribe: este cepillo de los dientes es capaz de hablar y contar cosas, tiene corazón y le late, aunque como en el poema de Jacques Prévert aunque tarde un poco en cantar no hay que desesperarse.

          Desde que siendo un adolescente —ahora vivo mejor que entonces— mi profesora de Francés me hiciera aprender de memoria esa poesía tan surrealista nunca he dejado de soñar con el sabio y lógico procedimiento del autor para hacer el retrato de un pajarillo: en el lienzo en blanco, pintar antes que nada una jaulita con la puerta abierta. Después, pintar diversas cosillas alegres y bonitas que puedan gustarle al ave e incluso servirle (digamos que si fuera un canario pues pintarle una hojita de lechuga, granitos de alpiste, un trampolín para que se balancee, y un cacharrito para el agua). Una vez hecho eso, hay que buscar un jardín, un bosque o un hermoso parque; en el tronco del árbol más precioso que haya apoyamos el cuadro y nos escondemos detrás (¡sin hacer ruido, sin moverse, claro!). A veces el pájaro llega pronto pero hay que estar preparado para una espera de años, que también ha ocurrido. Demos por hecho que llega. Y que se mete dentro de la jaula pues tiene la puerta abierta. Entonces amigos, entonces… con el pincel húmedo de pintura y sin respirarni siquiera hay que cerrar la puerta. Luego viene lo más delicado del proceso: borrar y borrar hasta que no quede ningún barrote de la jaula pero con mucho cuidado de no rozar ni una sola pluma, pues sería fatal para el pajarillo. Sin barrotes ya y con las plumas intactas, liarse a pintar la rama del árbol donde se posa, muchas hojas de un verde muy alegre, la frescura del viento, los rayos del sol y, en fin, ese ruidillo que hacen los insectos campestres. ¿Se me olvidaba algo? Bueno, que otra vez debemos esperar. A que cante el pajarito que hemos pintado.

Si l’oiseau ne chante pas
C’est mauvais signe
signe que le tableau est mauvais
mais s’il chante c’est bon signe
signe que vous pouvez signer

 

          Si el pájaro no canta, mala seña (más claramente dicho: el cuadro es una basura). Pero si canta… la señal es magnífica: indica que ya podemos firmar.

          (Es lo que hago, firmo y me voy)

El fotógrafo heredero de los bienes de Miss Pickford

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Una respuesta to “el cepillo de dientes”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Sólo los pájaros saltarines usan trampolines. El mío usa un columpio y se lo pasa en grande.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

    PD. Mi cepillo de dientes tampoco los usa.

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