El desenlace

Respetado Sr. Frost:

Sí, desde luego que con sorpresa he leído su carta y lo más pronto que he podido le contesto: Rotundamente no, con toda firmeza le digo que no voy a recibirlo y añado que si llega una nueva carta suya, la devolveré a Correos. Acepté su poema porque me parecía una descortesía rechazarlo, pero ese fue el final de su trato epistolar conmigo. No vea en esto un desprecio,  ni me considere una puritana, simplemente en mi persona se cumplen los últimos versos de su composición poética:

Two roads diverged in a wood, and I—

I took the one less traveled by,

And that has made all the difference.

Yo también soy diferente. Nací con varias minusvalías de las cuales le diré las dos más importantes: Una, ser una mujer extremadamente fiel a mis afectos. Otra, amar profundamente. Estas muletas, caballero, me impiden abrirle las puertas de mi salón y escuchar sus palabras que tanto se parecen a una tela de araña.

¿Sabe usted qué conservo de mi amante después de dos o quizás tres años que hace de su visita? Su cepillo de dientes. ¡Sí, ríase, porque yo también sonrío! Seguramente, dado su talento literario, pensó en un romántico relicario con un rizo de su pelo —que lo tenía precioso y perfumado como el campo en primavera— o tal vez una flor seca, un pañuelo de seda o una joya. Pues no, señor, solo un simple cepillo de dientes que, obviamente, se dejó olvidado. Lo veo todos los días porque en el sitio donde está no disimula su presencia, y a veces lo cojo y aprieto su mango para decir en un susurro “Mary, no fue un sueño”. En su sencillez, ese objeto me sirve de asidero para no desesperarme y confiar en el futuro. Como usted comprenderá, una mujer así de tonta como yo no le conviene, Sr. Frost. Usted debe buscar una dama que no olvide cepillos de dientes sino abanicos, como lady Windermere.

No soy desagradecida con sus halagos. Simplemente resbalan sobre mí como el sirimiri en los tejados. Es usted un hombre hermoso, qué duda cabe, la foto que me envió así lo atestigua. Y le deseo toda la suerte del mundo como escritor, ojala que gane el Premio Pulitzer… pero —y es mi última palabra— me mantengo fiel al cariño que yo le tuve, le tengo y le tendré siempre al “hombre que olvidó su cepillo de dientes” y que pintaba monigotes en una pizarra. Un día, estando ya lejos de mí, él me dijo “Entonces Mary, si yo cayera muy enfermo y estuviera solo ¿tú me cuidarías?”. La respuesta que le di usted la conoce de antemano. Aunque afortunadamente eso no va a suceder nunca.

Decir adiós es fácil, despedirse con delicadeza es muy complicado. Señor Frost, intente ser feliz y olvídeme. Si tiene la oportunidad de volver a coincidir con mi amante dígale…

Perdón, mejor no diga nada.

Atentamente,

Mary Pickford

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Una respuesta to “El desenlace”

  1. Ramón Says:

    Estimada Sra. Mary Pickford:

    Acabo de leer su misiva enviada al Sr. Frost y considero injusto el trato con el que le ha contestado.
    este hombre con mucha educación, le ha pedido conocerse, consabido es, que aunque no se lo ha pedido dentro de su intenciones estás el cortejarla, y Ud., le ha negado toda posibilidad a que lo intente cerrándole su puerta a cualquier evento. Teniendo en cuenta su edad y su situación sentimental, no debería cerrar sus puertas a un nuevo amor que la puede hacer feliz por el resto de sus días, así que, le recomiendo que recapacite sobre su decisión y le dé una oportunidad
    Atte, suyo afectisimo un admirador de sus cartas.

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