Una carta inesperada

Apreciada Señorita Mary Pickford:

Quizás le extrañe recibir esta carta ya que no me conoce pero un amigo —al que usted amó, ama y amará siempre según propia confesión— me ha pedido que le responda por él, y no he podido negarme, perdone el atrevimiento. Tras leer su carta de felicitación me la pasó para que yo la leyera pues estaba a su lado en ese momento. Créame, cuando la terminé, yo tenía los ojos inundados de lágrimas y el asombro bañaba mi rostro: ¿Cómo podía ser mi amigo tan insensible a esas hermosas palabras que para mí las habría querido?

“Dame eso que lo voy a echar al fuego” —dijo, alargando la mano hacia mí— y yo le rogué, fingiendo desinterés, que me la regalara pues le veía cierto valor literario. Torció el gesto, dijo algo incomprensible en gaélico, y se giró en redondo encogiendo los hombros. Después, se marchó a la calle…

En tan pocas líneas ya le he mentido una vez, mi querida Srta. Pickford. Mi amigo —su amante— ningún encargo me dio. Salió de mí el escribirle. Por usted misma, que habrá estado mirando el buzón del correo todos los días esperando una simple línea de cortesía y solo yo sabía que nunca iba a llegar. Me lastimaba el alma suponerla a usted así.

Y también por mí. No me avergüenzo nunca de exteriorizar mis emociones, soy muy poco británico en eso, y me siento bién diciéndole que su pelo y el perfil de su cara me han quitado el sueño. Qué hermosa es usted, qué serenidad irradia. Yo soy un hombre muy apegado a los olores, quizás porque nací en la Provenza, cerca de los Alpes y de la Costa Azul. La primera luz que iluminó mis ojos fue un rayo de sol que llegó hasta mi cara obligándome a abrirlos; luego, contaba mi madre, sonreí. Nací y crecí en Grasse, donde todo es campos infinitos de lavanda, y cuando leí su carta inmediatamente noté ese perfume en el papel que despreciaba mi amigo. No crea usted a quien diga que nací en los Estados Unidos, por favor. No puede ser verdad eso.

La osadía no es ningún delito ¿verdad? De los cobardes nunca se ha dicho nada bueno, creo yo. Por eso, cordial y respetuosamente le digo que me gustaría conocerla. ¿Permitiría usted que le haga una visita? He terminado un poema que quiero obsequiárselo, se titula El camino no elegido, no rompa mis ilusiones… recíbame.

No quiero molestarla más. Termino con la secreta esperanza de que su corazón acoja con benevolencia estas palabras.

Suyo afectísimo,

Robert Frost

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