Felicidades

            Amor mío, mi niño delgado y alto que mira siempre a los demás con cara seria: ¿Quieres creer que no sé cuántos años cumples hoy? Hace tanto tiempo que no hablamos… Aunque da igual. Un papelito rosa que tengo aquí encima del escritorio me recuerda día tras día que no olvide escribirte el diez de agosto. Y así lo hago en esta madrugada fresca de verano, cuando todo el mundo duerme harto del calor pasado y sube del jardín el olor dulce y profundo de los jazmines que están plantados en la misma entrada de la casa, muy cerca de la dama de noche. La brisa del mar emulsiona ese perfume y lo extiende por las calles como si de un manto de cariño se tratara para compensar las horas áridas del día.

            ¿Sabes que recuerdo tu voz? ¿Puedes creerte que a ciegas, extendiendo las manos, te encontraría entre la gente? También eso da igual, ya lo sé. Hoy solamente quiero felicitarte en el día en que naciste y darle gracias a la vida porque me permitió conocerte. Te quise, te quiero y te querré siempre: esa es quizás la única libertad real que tenemos los seres humanos. El verdugo no pude impedir que el reo lo odie. De la misma manera ningún hombre puede truncar los recuerdos dulces de quien lo ama.

            Sí, ya sé que uso un lenguaje muy pasado de moda, pero es que soy vieja aunque haya puesto esta foto de mi juventud en la que, ante una hoja en blanco, parece que voy a ponerme a escribir. La idea fue del fotógrafo, no mía, y al principio me pareció ridícula pero a la vista del resultado… es justo reconocer que quedó preciosa.

            Como sabes, todos los días veo amanecer. Y no he olvidado aquella mañana en que te desperté precisamente para que tú vieras la llegada de un nuevo día desde el mismo sitio en que lo hago yo. Ese detalle me emocionó mucho. Como tantos otros de ti que me callo porque no soy tan inteligente como la gran Mae West —“He escrito mi biografía, va de una chica que perdió su reputación y nunca la encontró ni la echó en falta”— de la que hay colecciones de citas, documentadas o falsas, que destilan toneladas de sabiduría.

            Una tarde me explicaste como se hacía un pastel que lleva el nombre de tu tierra, desde entonces había deseado muchas veces probarlo. Alguien me trajo ayer uno comprado en la misma ciudad donde naciste. Casi temblando corté un trozo del ancho de un dedo y descubrí que es casi igual que tú de dulce, casi igual que tú de cremoso por dentro y rígido por fuera. Mejor así y no al revés.

            Amor mío, mi niño cuyos ojos siempre reflejaban algo triste dentro, no tiene sentido alargar más mi carta de felicitación de cumpleaños porque la luz está ya inundando toda la casa y se ha perdido la intimidad del alba. Comienzan a sonar los automóviles y carruajes por la calle y su ruido me distrae.

            ¿Qué me queda por decirte? Mucho y poco a la vez. Pero voy a dejarlo aquí deseándote toda la salud, la suerte y la alegría que sea capaz de darte el mundo. No sé nada de ti, salvo que estás vivo. Y eso para mí no es —aunque tenga que serlo por la fuerza de los hechos— suficiente. Espero que te hagan muchos regalos. Siento no poder hacerte yo ninguno.

            Desde la distancia —que es solo eso: kilómetros, pero no olvido— te estrecho entre mis brazos. Siente también un beso de quien te quiso, te quiere y te querrá siempre. ¡Sonríe! Gracias por venir aquel día,

Mary Pickford

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