Historias de un autobús (el 4)

Que la vista no es el sentido que mejor me funciona eso lo tengo claro. Y sin embargo, como se dice, veo hasta la grama nacer. La función hace al órgano: observo tanto, miro tanto, pienso tanto… que la vida se me presenta como un extraordinario espectáculo en la 60ª —sexagésima— performance contemplada desde una localidad de segunda fila.

            En estos días de soledad, silencio y calor acumulo imágenes como los disparos de la cámara pero sin las restricciones e incomodidades que esa máquina conlleva. En cambio oigo poco, la gente en su mayor proporción solo dice tonterías o habla de médicos y enfermedades. No es comparable ver a oír. Si me siento en el autobús y tengo enfrente a dos adolescentes —él, con un olor dramático a sudor y símbolos inequívocos de no haberse cambiado de ropa en varias semanas, quizás el mismo tiempo que llevaba sin rociarse de agua; ella, con una camisetilla que le dejaba al descubierto la barriga y un trozo de la parte final de la espalda cubierta de espeso vello negro que se acariciaba con fruición— que dicen estupideces impropias de un cerebro medianamente desarrollado y hablan de un videojuego en voz tan alta y con tanta suficiencia que las pobres mujeres que escuchan (mujeres que van a trabajar echando horas por una miseria de dinero) podrían creer que aquel lenguaje pretenciosamente críptico se correspondía con una sabiduría sin igual…

            De vez en cuando sí que se oyen palabras hermosas. Como las de dos amigas casi ancianas ya, cargadas como acémilas en su regreso del mercado, que se encuentran a una tercera:

            —Ay, perdona, que te estoy dando el culo.

            —Que es igual…

            —¡Cómo va a ser igual, todavía no es igual, digo, dándote el culo! Cuando no sirva para nada me meterán en un rincón, pero ahora no da igual, digo, perdona, voy a darte yo el culo…

            Demostraba la mujer, al enfatizar, una elegancia que ya se ha perdido al notar que le estaba dando la espalda a una persona con la que hablaba.

            Por el juego de los semáforos —esta ciudad lleva meses convertida en una ratonera llena de laberintos y barreras— anduve detrás de la pareja adolescente varios minutos. En un momento dado, mientras se consumía el contador de segundos rojo y aparecía el color verde, ella se echó sobre el hombro de él y le pasó la palma de la mano por el pecho (región torácica derecha, parte superior) a lo que el caballero respondió con un mohín casi de asco y siguió hablando de “vidas” y “niveles” y “puntos” y “versiones”. La muchacha hirsuta no se molestó por esa coz del burro y siguió mirándolo y humillándose, intentando convencerlo de que para un genio como él ella era su torpe —pero dulce— florecilla, lista para ser libada. 

           Indudablemente el que los autobuses lleven aire acondicionado y vayan casi vacíos ha sido un golpe mortal a la enciclopedia de anécdotas que, prácticamente, se ha paralizado. Cuando nadie —es un decir— tenía coche, en Semana Santa y en el día de la cabalgata de los Reyes Magos los autobuses urbanos daban materia para comentar por toneladas. Las colas kilométricas en las aceras se respetaban más que a la propia madre y si alguien jugaba sucio y se colaba era más que probable que hubiera fuegos artificiales: pelea; antes la gente era más genuina, nunca decía por favor sino haga(me) el favor, decía guisar en vez de cocinar y por supuesto a nadie se le ocurría decirle baño al váter (los niños “cuartito”, en la escuela) ni usar la locución en casa suprimiendo el determinante posesivo. Yo recuerdo todavía aquel hombre que le dio una patada en el bajo vientre a una mujer, dentro del autobús ya, por colarse. Iba yo con mi madre y sería un niño chico. La agredida solo decía “¡Ay mi matriz, ay mi matriz!”. Cuando se serenó aquello obtuve una respuesta gélida a mi pregunta, dicha en voz baja: “Mamá ¿qué es una matriz?” y la contestación no fue otra, como es obvio, que esta: “Niño, cállate”.

            El otro día hicieron una cosa muy fea —y esta vez no eran adolescentes los causantes— una serie de personas. Solo había un asiento libre. Llegaban, observaban al que ocupaba el de al lado junto a la ventanilla, se separaban y disimuladamente se desplazaban en una danza miserable hasta las barras en las que se sujetaban y miraban para otro lado. Yo era el último en entrar, iba cansado y vi el asiento vacío. Desconcertado por ver tanta persona mayor de pie sin aprovechar la ganga me metí yo en el hueco libre: era un hombre negro la circunstancia terrible que les había impedido sentarse allí. Serán idioteces mías (o la indigestión de Mark Twain que me estoy metiendo este verano) pero noté  que el hombre ajustó su cuerpo al mío hasta una posición inverosímil: lo suficientemente lejos para no rozarme, pero lo bastante cerca para que sintiera su vida. Yo creo que me estaba dando las gracias.

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3 comentarios to “Historias de un autobús (el 4)”

  1. Adrián Says:

    Saludos.

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Eran mejores los autobuses de antes, cuando los cobradores les daban a los niños el taquito que sobraba de haber cortado los billetes, y podías leer aquello de “se prohíbe fumar y escupir”. Siempre querías aparentar ser mayor y sujetarte a las correas de cuero que colgaban de las barras. Y tu padre te decía que había que dejarle el asiento a las mujeres y las personas mayores. ¡Lo que se ha perdido con Bibiana!

    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  3. nuevavidavirtual Says:

    Una precisión: No era taquito sino LIBRITO lo que los niños le pedían al COBRADOR (otra figura desaparecida). [BIBIANA, qué grande eres].- EL BLOGMASTER

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