Sinapsis o cadenetas

Hace un mes, una tarde horrible de calor —de ese calor asociado a una luz maravillosa que, sin embargo, enaltece los perfiles de las casas contra el cielo y desvela el dorado de las pieles humanas jóvenes— cuando terminé de fracasar por enésima vez en un insignificante proyecto de compra doméstica decidí volverme andando, callejeando por lugares inusuales para mí cosa que, dicen, es buenísima para el cerebro. Anduve por ese barrio de la Trinidad que se conserva en algunos segmentos puro, deshilachado por el tiempo y la desidia pero genuino. Abruman las calles que lo circundan —Sevilla, Avenida de Barcelona, Don Juan de Austria, Mármoles— agobiadas de pisos, coches y un comercio floreciente, de tal manera que cuando te introduces por un callejuela estrecha con casas de a los sumo dos plantas o cuando das con algún corralón… respiras. Y miras los tejados y los balcones, muchos de ellos con celosías burdamente confeccionadas con listones de madera que sirven para dar fresco, para que no se caiga el perro chico a la calle o para mirar sin ser visto.

Siguiendo el hilo de una callecita que permite andar por la calzada pues soporta escaso tráfico me encontré el escaparate maravilloso de una droguería antigua y me prometí a mí mismo volver con la cámara y, con otra luz más adecuada, hacer fotos.

Antes de ayer hice un primer intento por encontrar el viejo comercio y no lo vi, la memoria juega malas pasadas y me resigné a recorrer una vez más con vergüenza la calle que indignamente la triste y acomplejada ciudad de Málaga le dedicó a Jorge Juan. Han asignado nombres bochornosos a vías urbanas malagueñas y sin embargo este genio padece la afrenta de prestarle su nombre a un callejón infecto desde el cual se divisa la iglesia de San Pablo, sede de El Cautivo, al cual visité. Siempre pidiéndole cosas a esas imágenes humildes durante trescientos sesenta y cuatro días al año y que explotan de protagonismo unas horas ante cientos de miles de personas en las procesiones de Semana Santa. Decían misa y las pocas personas que estábamos allí no hacíamos caso del sacerdote; una madre con su hijo chico de pocos meses colgado de esas mochilas que se llevan en el vientre rezaba quién sabe porqué y por quién. Naturalmente, forcé el pasar delante de ella y disimuladamente acariciarle durante una décima de segundo los piececillos al niño que se agitó alegremente al contacto de mi mano.

Hoy, decidido a vencer, he actuado con estrategia militar. Si volvía al comercio en el que estuve hace un mes podría regresar por el mismo camino que la otra vez y encontrar la vieja droguería de mis desvelos.

Claro, pero confundí dos calles que son absolutamente iguales y ya, desesperado, le pregunté a unas peluqueras que fumaban y bebían su vaso de café a la puerta del salón de belleza. La respuesta fue descorazonadora: “Huy, usted es que se ha desviado mucho, siga por allí…”. Y seguí. Ya el sol comenzaba a tomar densidad y presencia y yo estaba harto de andar.

Me sentí fracasado. Perdido. Irritado por no recordar el nombre del comercio que me habría servido de guía.

Decidí volver por donde los pies me guiaran. Vi tiendas interesantes —una ferretería llena de trastos, carnicerías musulmanas, emporios chinos—, vi aceras llenas de hojas caídas de las acacias… y en uno de los giros de cabeza que hice, en el lado opuesto allí estaba mi comercio guía. Miré al frente y la calle Sevilla se bifurcaba en dos ¿Una nueva dificultad? —pensé— pero no, el cerebro humano es tan fiel mientras funciona que va atando lacito con lacito (“ya recuerdo, de esta casa me fije en su veleta”) o eslabón con eslabón hasta hacer una cadena (Del gr. σύναψις, unión, enlace). Los cursis (los científicos) dicen sinapsis.

En pocos minutos estaba ante la droguería y su escaparate lleno de cosas preciosas, raras y exóticas.

Desde fuera se veía a una mujer joven con bata blanca. Lo mejor, siempre, es tener una vía de escape. Me habían comido los mosquitos la noche anterior y una buena manera de iniciar el diálogo con la dependienta era haciéndole una pequeña compra. La hice. Celebré la antigüedad del sitio. Le conté mi caminata y mis despistes. Vi una cesta con jabones hechos por ella, le dije que me escogiera uno que oliera bien, hizo la cuenta y me regaló en una bolsita de gasa otra pastilla de jabón mejor que la que yo había comprado, aunque protesté. Hice fotos, claro. Y le deseé suerte.

Hoy ha sido una mañana preciosa. El resto del día no ha valido nada.

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