Un hombre raro

Conozco a un hombre de sesenta años que ha terminado de leer hace unos días  Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain. Parece bastante extraño que alguien tan mayor —y que se las da de repipi— no conociera esa novela mítica.

Este caballero sin caballo es muy contradictorio, muy susceptible y siempre tiene alguna queja que enarbolar contra el mundo.

Llevo muchos años hablando con él y nunca descansa en sus reivindicaciones, nunca está satisfecho con nada. Si viaja, siempre ve un trazado mejor que el existente para la carretera. Si come, teme ponerse enfermo. Si no come, se marea…  pero es incapaz de sentarse en una cafetería o acercarse a la barra de un bar a reponer fuerzas como hace todo el mundo. No va al cine porque le molesta desde la cola ante la taquilla para sacar la entrada —más de dos personas ya le estorban y lo impacientan— hasta el inaguantable ruido de la sonorización que lo abruma si en el argumento hay truenos, disparos, derrumbamientos o cualquier otra anécdota sonora, tan habitual…  pasando porque le incomoda el codo del vecino y porque, a los pocos minutos de sentarse ante la pantalla, le entran ganas de orinar.

Vive sus manías y sus tópicos con sufrimiento. Como dijo aquel, sufre por lo que pasó, por lo que pasa y por lo que pasará. Enciende diariamente una vela a las Ánimas Benditas —del Purgatorio— y no pasaba por la calle del médico que lo debía operar porque se le encogía digamos que el corazón. No le gusta el Cine, no consigue meterse dentro de las historias que este ofrece y cree que solo hay unas pocas películas dignas de ser vistas varias (decenas de) veces: Sonrisas y lágrimas, Cabaret, Ha llegado un ángel y Un rayo de luz (estas últimas de Marisol). La de los niños cantores von Trapp porque es una partitura maravillosa —dice— y por la interpretación de Julie Andrews; se calla que le fascina la escena ante el embarcadero de Eleanor Parker (en el papel de la Baronesa Elsa Schraeder a la caza y captura del viudo) y la monja con los niños chorreando tras volcarse la barca con la que bogaban por el lago vestidos con la tela de las cortinas. Lizza Minnelli y Michael York (*) con el concurso de Marisa Berenson —en un maravilloso automóvil descapotable cuya marca nadie ha sabido identificar, y mira que se ha recorrido foros tras de la pista, pero todos han fracasado— tienen la capacidad de hipnotizar a este hombre de sesenta años. Hasta cierto punto podría comprenderse, pero lo que resulta terrible es su aprecio desmedido por esas dos películas de Marisol. Y colateralmente por Isabel Garcés.

Aunque tiene más que demostrado ser una persona de buen gusto su ultra conservadurismo musical lo hace cobarde en sus preferencias musicales; siente una antipatía profunda por una larga y heterogénea lista de músicos consagrados basándose en prejuicios —de todos, el más odiado, Wagner— y no en un conocimiento de sus obras; y sin embargo aborreciendo profundamente a Picasso —al que le llama siempre Un Tal Pablo Ruiz— y a Tàpies —el cuentista timador— es capaz de ver con simpatía las abstracciones y los experimentos más hirientes y raros de las artes plásticas modernas: ¿acaso no es este un motivo para llamar contradictorio a este hombre de sesenta años?

Le es imposible separar al artista de su biografía (cuando le conviene, claro, porque a sus favoritos se lo perdona todo). Es un ferviente admirador de la baronesa Carmen Cervera. Le repele el Papa Benedicto XVI (al que suele llamar SuSan Bene) y en general todo lo eclesiástico a pesar de ser creyente: siente tristeza en las iglesias, detesta la prosodia de curas y monjas, le dan náuseas los olores sacros y le resultan inaguantables sus cánticos, sus asociaciones y cofradías, sus oropeles, sus procesiones —excepto el rosario de la aurora, que le emociona hasta llorar— y sus expresiones artísticas. Admira más el fresco de una iglesia malagueña de barrio —Santa Rosa de Lima de Eugenio Chicano por ejemplo— que una talla de Gregorio Fernández. Es un hombre raro, raro. Muy raro, sí.

Del trato asiduo con él he aprendido a ser radical, vanidoso y soberbio; a su lado he descubierto que solo existe el blanco y el negro, que todo el mundo se equivoca siempre menos él. No bebe alcohol. Antes fumaba. Adora el Renacimiento y el Neoclásico y daría cualquier cosa por tener una cariátide (falsa o verdadera) como cabecero de su cama. Las columnas lo enloquecen de placer (estético).

No soporta la comida elaborada à la mode: entiende que lo dulce forma parte del postre —que es al final—, que la miel sobre las berenjenas o las acelgas es una marranada esnob y que un plato de patatas fritas con un huevo y un generoso trozo de pan tierno es la ambrosía de los dioses. El helado, para él, siempre debe ser de vainilla. Y le apena que hayan sustituido por falsa nata el merengue de toda la vida en las pastelerías, esa masa compacta susceptible de ser dorada al horno y que nos llenaba la punta de la nariz siempre.

Este viejo conocido viejo aparenta ser de costumbres muy regulares, pero es un completo desastre, casi todo lo deja para más adelante y se puede decir que vive al día. Pasa temporadas sin leer salvo el periódico, y este en diagonal. Y luego le sobrevienen etapas de tragarse varios libros seguidos. Siente aprensión en las librerías. Si el síndrome de Stendhal pudiera adaptarse los síntomas de su sindrome de la librería serían agobio extremado, sentimiento de culpa por no poder tener tiempo para leer todo lo que se expone en las estanterías. Odia, pues, las librerías y ama profundamente las papelerías donde se expenden objetos y productos que antes se llamaban de escritorio: tiene vicio con el papel y las cartulinas, con los rotuladores y bolígrafos, con los lápices (si son de mina blanda) y con los tarjetones. Hubiera sido feliz este hombre trabajando en una imprenta… algunos días, porque enseguida se hartaría de aprender los rudimentos y querría saber en horas todo lo que el impresor había aprendido en una vida.

Quiso ser siquiatra. Quiso ser periodista. Pudo haber sido músico. Y por mal estudiante no fue nada por sí mismo. Ahora lee Las aventuras de Huckelberry Finn y el Teatro Completo de Oscar Wilde, que desmerece del autor: la tragedia se le da mal y la comedia, regular. Mi hombre se ha levantado del silloncito color rojo vino donde se sienta para hablar conmigo y con mano segura ha ido al encuentro de un volumen de tapas negras que lleva diez años leyéndolo y que nunca termina; aunque no es extenso —menos de quinientas páginas— es muy prolijo y, como todos los libros de alto nivel, muy difícil de leer: los antropólogos/sociólogos suelen ser muy cultos. Y de subrayar, porque este individuo del que llevo ya hablando dos páginas tiene la inveterada costumbre de marcar frases y párrafos que le llaman la atención o que consideran claves para una cita, dejando los libros hechos un ecce homo.

Quizás haya alguien que sienta un ápice, un adarme, de curiosidad por el título de ese libro inacabable e inacabado. Ahí va, primero en inglés: The anatomy of disgust, que para mi disgusto no se puede traducir como la anatomía del disgusto sino como “La anatomía del asco”. Lo escribió William Ian Miller, profesor de la prestigiosa University of Michigan Law School, en la ciudad de Ann Arbor (merece la pena leerse el origen de esta bella ciudad situada en el lugar del mundo donde se han fabricado los más maravillosos coches, un estado lleno de parajes de ensueño).

[Me temo que os seguiré hablando de este hombre de sesenta años que está terminando la novela —dicen— cumbre de Mark Twain. Será ya en otro capítulo.]

(*) Este actor es OBE, para envidia de mi protagonista, que me prohíbe aclarar el significado de esas siglas.

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Una respuesta to “Un hombre raro”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Pues nada, a ver si nos presenta a su amigo. ORDER OF BRITISH EMPIRE. Espero no haber chafado nada.
    Delenda est Britannia (nunca me nombrarán OBE). Lector salutatus et regresatus.

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