Gracias a la vida

I

Cuando estoy de vacaciones el mundo se me abre en mil imágenes, luces y situaciones nuevas como en esas películas científicas rodadas a una velocidad lentísima y que luego, al proyectarlas, nos permiten ver en pocos segundos cómo nace algún insecto verde —casi siempre los bichos suelen ser de ese color— y repugnante o una flor. En dos semanas he descubierto un libreto aberrante y una música absolutamente genial en la ópera, desconocida para mí, Turandot de Puccini. En quince días he conocido asuntos terribles y cosas maravillosas de la vida de Tchaikovsky, y he corregido en mi mente la biografía equivocada que tenía de Brahms. En medio mes aproximadamente he aprendido mucho. Y he tenido la suerte de que se resolviera espontáneamente una interrogante que me agobiaba un poco: desde hace tiempo venía oliendo por las calles unos arbolitos florecidos que despedían una fragancia dulce y suave; no podía decir que me gustara, pero reconocía que creaba un ambiente fresco con su aroma especial. Incluso desde el coche he notado la presencia de estas flores. Dándome por vencido de antemano, como en tantas otras cosas, con cierta lástima creí que nunca sabría el nombre del citado árbol.

Pero la vida es una sucesión de sorpresas —a mí me aterroriza el azar— y dando un corto paseo por el parque, soportando las plantas fétidas (que despiden un olor a ajos y a fango simultáneamente y que, además, son feas y raquíticas) de pronto mi cerebro se alertó y dijo “Por aquí cerca está tu árbol desconocido”. Y enseguida lo vi gracias a lo característico de sus flores. Era un ejemplar gigantesco y añoso plantado junto a otros especímenes de interés botánico. Inmediatamente recordé que a pesar de la barbarie y de la falta de civismo —por eso cuando oigo lo de mimálaga es que me pongo frenético— subsistían algunas lápidas en las que se detallaban los datos de las plantas para enriquecimiento del paseante. Y allí estaba, aunque sucia y deteriorada; podía leerse que en el parterre había una Palmera de San José mejicana, un Ciruelo de los Cafres —oriundo de África del Sur, qué coincidencia tan oportuna con determinadas celebraciones—, un Megaskepasma Erythrochlamys —lo tuve que apuntar porque el nombre, casi impronunciable, imponía respeto— procedente de la América meridional y… un Ligustrum Lucidum, el árbol de mis dudas: un aligustre. Qué alegría me da el saberlo.

II

Que se enteren los de La Roja: habéis ganado porque el domingo yo estuve regular de ánimo y no tuve gana ni humor de encender la vela azul de las causas perdidas que, a veces, hasta da resultado. Desde mi cama oía los uuuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyyyy de la gente; desde mi cama oí el grito perfectamente identificable con el triunfo de los futbolistas españoles. Ni me irrité siquiera. Ya tengo costumbre de ir a contrapelo en la vida. Mi especialidad es despertarme cuando los demás duermen y dormir cuando los demás jalean un triunfo deportivo, una noche que algunos llaman Nochebuena o Nochevieja…  etcétera. Ya da igual.

III

Alguien dijo una vez “Te quise, te quiero y te querré siempre” y estoy convencido de que no mentía. Por encima de los avatares, bordeando las espinas, siempre emerge el cariño. Yo no soy como Rajoy, cuya piel dicen que es de neopreno. La mía tiene pelillo —poco— y memoria. Aquí, una sonrisa.

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