Vida vulgar, vida hermosa

 De las veces en que es imposible sacar una foto, esta es una de ellas. Y no era por merma de medios sino por pudor, por respeto. En un día de calor supremo pero no asfixiante porque las zonas en sombra de las calles permiten respirar, un inválido en su silla de ruedas eléctrica se me ha cruzado por delante de los ojos. Instalada dios sabe cómo, en la parte trasera de la silla lucía una banderita de España que se agitaba ondeando con miserable gallardía. El hombre, grueso, iba revestido de una camiseta de color rojo y en el brazo que quedaba de mi lado se le veían tatuajes que por borrosos impedían ser identificados, no como los de ahora, perfectos y más propios del op-art, corriente artística que hizo furor en los años sesenta. Este hombre es una persona popular, querida, y siempre se le ve hablando en los corrillos de viejos que contemplan la vida desde los bancos de la plaza que forma parte de mi itinerario cotidiano. ¿Cómo decir que iba ridículo sin ofenderlo?

            No es el único inválido en silla de ruedas que pasea por el barrio; hay otro con el cuerpo sin piernas, cuyo hueco cubre con una mantita para evitar el colapso emocional de las miradas indiscretas de la gente y de los niños. Pero no lleva banderita. Hasta ahora iba solo, sin afeitar y desaseado pero desde hace unos días lo veo acompañado de una mujer fea, baja de estatura, excesivamente blanca de piel y de arreglo modesto; ambos sonríen mientras hablan.

            Todos los días laborables me cruzo al irme a trabajar con un muchacho que posiblemente mida dos metros de alto, escuálido y serio. Es de una fealdad y un desgarbo absolutos, casi anormales. Hasta la ropa que usa, muchas veces un mono azul marino casi negro, resulta agresiva para la vista. A pesar de su juventud tiene la barba cerrada, negra, y lleva los pantalones demasiado cortos dejando ver unos calcetines horrorosos y unos zapatos que solo se ponen los albañiles, o qué sé yo, de las obras públicas. Debe estudiar algo así como Formación Profesional en un politécnico no demasiado cercano a su casa. Nos miramos mutuamente pensando que seis horas después volveremos a encontrarnos pero ya derrengados, hartos del día, ajados y muertos de hambre. Cuánto siento no poder saludarlo y, al menos, desearle un buen día. Mira de frente y cortésmente. Y en su vida ha habido un pequeño milagro: hace meses sale con una muchacha muy joven, como él, que tiene un pequeño defecto que no voy a decir para no ofender ese idilio posible gracias a la unión de dos imposibilidades…

            Me gusta todo lo dulce. Adoro ver bailar —yo que no sé dar un paso— y ver comer; siento especial ternura por esas personas que comen pasteles (o un helado) por la calle con una cucharilla con la mirada baja casi ocultándose, como avergonzados de lo que están haciendo; me agrada entrar en un bar o en un restaurante con gente hipnotizada ante un plato de comida. Una vez, entrando en la iglesia de los jesuitas de Málaga —ese engendro arquitectónico— me abordó un pobre pidiendo limosna; eran los tiempos en que convivían monedas de 100 y 200 pesetas muy parecidas, casi a oscuras como está la placita y con prisa por resolver aquello (también dado que casi siempre he ido a esa iglesia en situaciones difíciles) metí la mano en el bolsillo y sin quererlo, que no voy a ponerme de santo, sin fijarme le di doscientas pesetas al mendigo. Al salir vi al pobre sentado en el suelo comiéndose con la mayor felicidad del mundo un buen trozo de tarta con una cucharilla de plástico: precisamente frente a la puerta de la iglesia había una pastelería enorme que se llamaba algo así como El Paraíso de las Tartas… todavía recuerdo la escena con una sonrisa satisfecha, ¡qué bien hizo el hombre! La de veces que miraría a los escaparates con envidia; además, eso desmontaba la teoría fascista de que a los pedigüeños no se les debe dar dinero porque se lo gastan en drogas. La Música es dulzura, por eso me encanta oír cantar. Me gusta ver trabajar a las personas expertas (experto viene de experiencia) especialmente a los albañiles y carpinteros que de la nada extraen maravillas. Me ilusionan las estaciones y aeropuertos donde la gente mira de una manera más trascendente. Ayer subieron al autobús dos viajeros (los típicos novios de verano), ambos sonrientes pero nerviosos camino del albergue donde —quizás— intimen más; ella posaba la mano derecha en el muslo desnudo de él, casi a la altura de la rodilla. De la escena me interesó profundamente el logotipo de la camiseta negra del muchacho: sobre unas letras que ponían EUPA —siglas de Escuela Universitaria Politécnica de Almadén, según vi después en mi casa— lucía un escudo académico orlado por las clásicas palmas y laurel encerrando dos martillos cruzados y una máquina de vapor con su regulador de esferas centrífugas; el cilindro de esa máquina de Watt era un carcaj lleno de flechas… Fue un trayecto interesantísimo. Cuando entré en el autobús —yo soy muy perceptivo de malajes en un colectivo: hay gente que me produce sarpullidos y enseguida la localizo epidérmicamente antes que con la vista— iban varios hombres mayores vestidos de manera rara —camisa de manga corta y corbata— y uno de ellos me produjo un rechazo inmediato. A los pocos minutos el autobús se llenó de gritos de este tenor: “¡Tío sinvergüenza! ¡Digo, el tío sinvergüenza, tocándome, tan viejo y tocándome el culo!”. Era el malaje, que le había metido mano a una mujer de su quinta, tanto o más vieja que él, y esta lo pregonaba más que nada —pienso yo— con la misma ilusión del que se compra una Crème Antirides o un bañador dos tallas más pequeño. La ilusión de aquella mujer al verse abusada por el viejo malaje y pizpireto me emocionó quitándome el malhumor que llevaba encima.

            Me fascina observar a la gente y comprobar cómo la belleza, por atractiva que sea, a veces se convierte en una sobrecarga que impide la felicidad.

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