Hola, estoy aquí…

 El mes de junio se está yendo y llama a nuestra puerta insistentemente, para que le abramos, el querido julio: mes de mañanas fragantes que huelen a rosas, mes de noches tibias y apacibles en las que se entremezcla el empujón del vaho marino inundando la ciudad tierra adentro con un olor casi generalizado a tortilla de patatas y pimientos fritos… Pocas comidas hay más hermosas, visualmente hablando, más ricas y más nutritivas. Una tortilla de patatas —de patata dicen de Despeñaperros arriba— es dorada, fácilmente fraccionable, como no tiene desperdicios nunca se tira la sobrante; puede servir para el almuerzo de un albañil o para descansar en un plato de porcelana en una recepción de lujo. No palidece su categoría estando fría —yo pienso que está más rica el día después— y aunque nos sirvan una porción miserablemente chica siempre se come con confianza, dulzura y pasión. Cuando alguien escarba y mira y le da vueltas a un trozo de comida, y lo acerca a la nariz, y lo aplasta con el cubierto… mala seña. En cambio la egregia tortilla de patatas siempre es recibida como a una vieja conocida, y sobre todo amiga, que nunca defrauda. La compañía de unos pimientos verdes fritos, bien encharcados de aceite en el plato, es como los fondos de Leonardo Da Vinci, como el sfumato a la Gioconda: imprescindible. Podrá argumentarse que los pimientos rojos asados son la compañía idónea, y puede ser cierto, pero no huelen ni traspasan los muros, balcones y terrazas con su presencia. Estan, pero no se les huele desde lejos. Los verdes fritos se hacen notar.

No es fácil precisamente hacer una tortilla de patatas que sea comestible luego. Yo solo he hecho una en mi vida y —como dijo Rossini de alguna obra de Wagner— no seré yo quien repita.

Fue una pequeña broma, una apuesta, con un amigo… de Montevideo (eran los tiempos prehistóricos de los ordenadores e internet). Él decía que yo era incapaz, por comodón y niño de papá, de hacer una tortilla de patatas. Acepté el reto y me dispuse a la faena.

La hice.

Me quemé un poco una mano al volverla, se me rompió una esquina, pero las dos cosas se solucionaron en el seno de un proceso que parecía interminable y lleno de minas: ¿Y si no tiene bastante sal? ¿Y si la pongo salada como los perros? ¿Y si se queda cruda? ¿Y si la frío tanto que la dejo más seca que un zapato? ¿Y si la quemo? ¿Y si la dejo cruda, con el asco que me dan a mí los huevos crudos?

Cogí la cámara, le hice fotos, las inserté en un correo electrónico y se las mandé al amiguete: ganaba yo, pero ocurrió una cosa muy interesante. Lógicamente como hice la tortilla a media mañana pensé que debía ser mi almuerzo de ese mediodía… Cuando quité los mil y un platos, tenedores, raseras, cascarones, saleros y aceiteras que había puesto por medio ¡me dio tanto asco la tortilla que no me la pude comer! Por eso, cuando me la encuentro hecha… todo son alabanzas. La vida es así de graciosa.

Querido lector, querida lectora: me está rondando en la cabeza la idea de cerrar el blog y quizás abrir uno nuevo, en esta compañía o en otra. Quisiera que este verano fuera una renovación para mí, pues me hace falta. Tengo una cicatriz que me recorre medio cuerpo y no es la que más me duele.

No sé qué hacer porque este blog me lo ideó alguien a quien yo quiero mucho (y que ya no me quiere a mí). La vida es así de tirana.

En fin, ya veremos. Lo mejor de todo es haber vuelto después de tanto tiempo.

Un beso a todos los que hayan llegado hasta aquí; si son damas, todo correcto. Si son caballeros, consideren que el beso se lo doy en el anillo o en la cara como los moros (¡¡moro no es un insulto!!) o los rusos. Ya no tengo gana de rehacer el párrafo por unos simples prejuicios machistas, así que besos para todos.

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Una respuesta to “Hola, estoy aquí…”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Nos vamos a quedar un poco huérfanos si cierras el blog. Cómete la tortilla y piénsalo bien.
    Tuve un compañero de piso (cuando era un maestro rural y joven), que un día hizo una tortilla de papas y echó las papas crudas encima del huevo. Al decirle que así no se hacía, dijo que su madre, que era de Granada, por cierto, las hacía así. No quiero imaginar cómo se come la tortilla de papas en Granada.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

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