“TODA UNA MUJER” (Imitando lo inimitable: ¿Corín Tellado, Galdós?)

Doña Agustina Martín de Landeiro miró con ternura a su esposo que dormitaba en un sillón orejero con el periódico —el más ultraderechista que se publicaba en el país— sobre las piernas. En un bolsillo del batín de seda el bolígrafo sobresalía. Un enorme crucigrama a medio hacer lucía en la página impar, y la cara del político odiado aparecía pintorrajeada con cuernos de Lucifer y dientes rellenos de negro imitando mellas horrorosas. La tarde del domingo era pastosa y cálida, tan aburrida como las otras tardes de domingo de los últimos cincuenta años. Se casaron muy jóvenes, ella con veinte y él con cinco años más; los hijos vinieron, y se fueron a vivir sus vidas. Igual que siempre, un par de horas atrás la casa era un enjambre de chiquillos, yernos, nueras e hijos: ahora solo se oía el tictac del reloj de cuco que compraron en la Selva Negra durante el viaje de novios.

Doña Agustina siempre fue doña. Contó con el amor aparente más rendido de su esposo que, tras el último parto, perdió todo interés sexual por ella (sin duda porque dos mujeres exigiendo sus favores era demasiado para el industrial panadero enriquecido vertiginosamente en los años de la autarquía). Ambos, marido y mujer, llegaron a un limbo existencial en el que no había discusiones ni peleas ni amor ni pasión ni deseo; doña Agustina, probada buena administradora, llevaba la casa con el lujo refrenado y denso, inequívoco pero discreto, de los verdaderamente adinerados y el marido dormitaba, comía y se acostaba a su lado como un fardo, confiado y feliz. La querida —esa institución que todo buen comerciante cuidaba con esmero pues el hablar de ella le garantizaba patente de hombría— le servía la cuota de lágrimas, disgustos, desvanecimientos y amenazas que salpimentaban la relación haciéndola más dolorosa y molesta, como debe ser el pecado…

Doña Agustina Martín de Landeiro conoció muy pronto a la amante de su marido. Un día, la criada le llevó una carta que contenía una factura desorbitada de la lencería mejor de Madrid a nombre de Doña Rosita García Pavón; la había encontrado en el bolsillo de la chaqueta del señor mientras la planchaba. Leyó con frialdad el papel, y pensó que aquello era una pieza más del negocio del pan y los pasteles que tan bien iba. No iba a destrozar su vida y una empresa floreciente por tan poca cosa. Tenían ya cincuenta empleados entre las tiendas y el obrador y un horizonte risueño.

Doña Agustina mandó recado a su amiga Ángela y juntas traspasaron el umbral de la lencería; el dueño salió inmediatamente de su oficina para atenderlas al decirle el dependiente que había una señora que quería hacer un gran pedido de bragas y sujetadores, todo de satén de primerisima calidad, para un maharajá hindú y su corte de concubinas… Eligieron los modelos más caros y cuando el dueño preguntó a qué dirección tenían que mandar la mercancía doña Agustina dijo:

—A la de doña Rosita García Pavón, ya la conoce ¿no?

—Por supuesto señora, es una clienta de toda la vida.

Los ávidos ojos de la amiga Ángela vieron la línea que decía “calle de Ferraz, número 70, primero” y guiñó un ojo a doña Agustina.

—En cuanto a la factura… ¿La abonarán allí mismo, señora?

—No, no, como siempre se la mandan  al domicilio de don Francisco Landeiro, calle…

—¡Ni una palabra más! —dijo el comerciante sonriendo acalorado y extendiendo las manos hacia adelante— ¡Los mejores dulces de Madrid! ¿Verdad? Pues muchas gracias, si no dispone nada más…

Aquella jugarreta le salió cara a su marido porque su querida no quiso devolver las decenas de bragas y sujetadores de raso que le llegaron, pero él no le dijo nada a ella. Ambos, marido y mujer, se besaron en la mejilla aquel día como se besaron en la mejilla durante cincuenta años.

Y ahora lo veía, tras la fiesta de cumpleaños, ahí, derrengado en el sillón… y la ternura le nublaba la vista.

Se abrió la puerta y entró la criada con una pequeña bandeja en la que llevaba un vaso de agua y una medicina en gotas. Doña Agustina contó diez apretando la jeringa que las dosificaba. El agua se volvió turbia y un ligero olor a anis se expandió por la habitación.

—Francisco, despiértate, es la hora de la medicina.

A la tercera vez que se lo repitió le pareció extraño, se levantó y se acerco a su marido poniéndole la mano en el hombro. Automáticamente el cuerpo se derrumbó, cayendo el periódico a sus pies.

En un rinconcito de la página del crucigrama estaba visible, aunque algo arrugada, una pequeña esquela que decía “Rogad a dios en caridad por el alma de Doña Rosa García Pavón…” etcétera, etcétera.

*

Los médicos llegaron en minutos. La ambulancia ululó y un marcapasos se alojó en el pecho, burdamente afeitado a trozos, de don Francisco Landeiro… industrial del ramo de la alimentación, sección panadería y confitería.

*

Ese verano, doña Agustina y su marido viajaron a Lisboa y París, e hicieron una visita a las ciudades alemanas de mayor renombre. Fue su segundo viaje de novios. Más unidos que nunca, los tres —ellos dos y Manuel, el hijo de la querida— disfrutaron de la cerveza, las salchichas y el barroco alemán. Eran gente civilizada, y la razón social Panaderías y Confiterías Landeiro no merecía estropear su cuenta de resultados por un aburrido y triste asunto de bragueta.

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Una respuesta to ““TODA UNA MUJER” (Imitando lo inimitable: ¿Corín Tellado, Galdós?)”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Qui bene amat, bene castigat.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus et retrasatus.

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