Para Pablo

Querido Pablo: Muchas gracias por los recuerdos de tu Primera Comunión que me has enviado. La estampa —en mi pueblo se les llamaba así, qué le voy a hacer si soy cateto— es preciosa, y el llavero… genial. Lo que más me ha emocionado es que yo haya ocupado un lugar en la lista de tu memoria. Ibas muy guapo, ahí están los documentos para demostrarlo, y me imagino que esos ojos oscuros tan bonitos que tienes estarían llenos de estrellitas de colores, doradas y brillantes: es un día inolvidable, lleno de una luz especial, en el que se quiere más a los que se quiere y se quiere también a los que no solemos querer…

Te he visto crecer y hacerte ya mayor. Te he visto comer bocatas casi tan grandes como tú mientras jugabas a la pelota, doble acción que solo los niños sois capaces de hacer y que siempre me fascina; si yo consiguiera hacerlo me quitaba de encima los terribles michelines que es lo que me falta para ser como Cristiano Ronaldo. Todos los días te toco con los nudillos, en plan de cachondeo, en la luneta trasera del coche paternal mientras aspiro con placer los hilillos de humo de tabaco que tanto echo de menos. ¿Cómo no voy a escribirte siquiera unas líneas después de tantos avatares como hemos pasado juntos, mañana tras mañana? Lluvias, fríos, vientos, solaneras… mangas cortas y bufandas. De todo ha habido.

Cuando yo hice la Primera Comunión se celebraba en la casa; mi madre bordó varios manteles con dibujos diferentes según la edad de los invitados; hubo chocolate, churros y pasteles —que en mi tierra son excelentes— y mucha gente. Yo fui de marinero también. Y mis padres respiraron cuando terminó el desayuno porque yo era un chaval bastante travieso que siempre estaba lleno de moretones (unos de jugar o de la bicicleta y otros de pelearme con los demás niños, hasta con los mayores que, claro, no se quedaban quietos). Todas mis trastadas tenían dos castigos. Uno, escuchar a mi padre decir “Hay que ver, un hombre ya, y te portas como un niño chico” y el otro castigo —terrible, monstruoso, cruelísimo— que consistía en, a la hora que fuese, oír la orden “¡A la cama y con las persianas bajadas!” lo que suponía dejar de jugar en la calle, no sacar la bicicleta Orbea verde que tanto quise o quedarme sin  ir al campo con el padre de un amigo a ver cazar perdices y coger habas en las matas y manzanas en los árboles. Nadie que me conoció entonces me encuentra parecido con lo que soy ahora, un santo.

Bueno, muchacho —colega— lo dicho: gracias por tus detalles, que me han gustado un montón. Que seas bueno, estudioso y trabajador es algo que ya has conseguido desde hace tiempo (yo tengo mis espías paraguayos y me lo han dicho) pues nada, que sigas así siempre. Un abrazo muy fuerte de quien sabes que te quiere, firmado JM.

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Una respuesta to “Para Pablo”

  1. el temido (por su bravura) jr. Says:

    Sr. JM:
    Muchas gracias por lo que me dice en el escrito.No era difícil acordarse en ese día de los buenos amigos.

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