En la peluquería

Por razones que a nadie que me conozca se le escapan gasto poco en peluquería. Yo creo que todos (e incluye todas) demostramos una fidelidad extrema al sitio donde nos arreglamos el pelo; quizás las mujeres cambien con más frecuencia, pero los hombres nos atrincheramos en un peluquero y nos hacemos asiduos de él durante décadas. Como persona torpe —de escasa inteligencia quiero decir— que soy me fascina observar. En esas esperas, a veces largas, en la peluquería aprendo mucho y me divierto. De siempre han sido centros de sabiduría popular donde se intercambian noticias del barrio y se analizan, en sutil mixtura, los avatares deportivos (fútbol prácticamente siempre) junto con la alta y baja política: entra el hombre de la lotería ilegal —La Rápida— y anota las apuestas, mira hacia mí de soslayo porque no encajo en el patrón de los demás parroquianos y el peluquero hace un gesto con la cara como diciendo “Sigue, este es un panoli”. Entra la madre con el niño que va a hacer la Primera Comunión formando un pintoresco grupo pues los acompaña la abuela y un perrito caniche de escaso pedigrí en una ceremonia emotiva llena de etapas clásicas encadenadas como si fueran el tour o el giro: comprar traje de marinero, comprar zapatos, encargar estampas, celebración, confesión, ¿y tú qué te vas a poner?, pelado, catequesis, ese restaurante es carísimo, calcetines, veremos a ver si viene la tita —siempre hay alguna aquejada de cierto mal que, incluso, puede ser un enfado enquistado en el tiempo y que se originó por algo que nadie recuerda ya—, invitaciones, el niño dice ahora que no quiere ir a confesar y está llorando porque tiene muchos pecados…

La peluquería a la que yo voy desde hará más de veinte años tiene una decoración irracional, hiriente, abigarrada, modesta y, sobre todo, fea. La habitación rectangular, a pie de calle, consta de tres paredes y una puerta que lleva a estancias interiores de las que Antonio, el peluquero —un maestro—, y su hijo Róber (que atiende a los jóvenes en sus mechas y fantasías capilares) sacan inmaculados babis siempre limpios y planchados cualquiera que sea la hora y el día en el que te presentes ¿Cuántos tendrán? El aposento cierra con dos ventanales enmarcados en aluminio que van de techo (con enormes tubos florescentes) a suelo. Todo el mobiliario es reciclado una y otra vez en el tapicero que le cambia el color —ahora están en un azul olímpico, aunque los he conocido marrón chocolate, grises: siempre colores sufridos— a los silloncitos y sillas de estructura metálica que parecen salidos de un locutorio carcelero. Dos sillones hidráulicos, viejos, de la marca catalana Henry Colomer —hoy todo un imperio—, un secador de peana y un lavabo con suplemento para lavar cabezas integran el núcleo duro de las herramientas de trabajo; luego en un par de aparadores bajo los espejos coronados por una orla de hiedra de plástico están las mil tijeras que todavía usan junto con la cortadora de pelo eléctrica.

Con todo, y por si fuera poco, la peluquería goza de una exposición de trofeos, orlas estudiantiles, fotos de equipos de fútbol juvenil y una colección de zapatillas deportivas minúsculas —como para un muñeco— que distraen la mirada. Hasta que chocas con la sección religiosa, antes variable y ahora ya fija: dos enormes reproducciones con marcos anchos hechos de caracolas marinas, uno de la Virgen del Carmen y otro de Jesús Cautivo ambos de honda tradición por estas tierras. Ha habido, también, un canario. Una radio y un televisor ahora permanecen apagados ¿temerá este extraordinario profesional un ataque de la SGAE?

Siempre que me pelo —cortarse el pelo ha sido siempre una expresión finolis equivalente a sustituir bañador por traje de baño o cocinar por guisar— aprendo. Porque me gusta mucho escuchar. También me admiro de la habilidad ajena, del oficio bien realizado. Durante la última visita, mientras esperaba mi turno (¿he dicho ya que nunca pido cita, que siempre me hace el hombre un hueco?) contemplé extasiado la transformación de un José Stalin de pelo hirsuto y crespo, canoso, con un bigote enorme en un pensionista sonriente, pacífico, y pelado al uno. La máquina eléctrica, como un cortacésped, recorría aquella cabeza que me resultaba familiar —el hombre era el vivo retrato del asesino soviético— escupiendo al suelo kilos y kilos de lana canosa. En un momento dado el peluquero dejó su tarea para atender el teléfono y dejó al cliente expuesto a mis miradas: parecía una cebolleta, las zonas parietales y occipitales estaban rapadas, y quedaba como un penacho circular por arriba esperando la guadaña. Era cómica la imagen pero se desvaneció pronto, en un par de minutos todo estaba emparejado y, como colofón, con un perfumador de colonia lo empapó bien antes de peinarlo. Todo por la módica suma de ocho euros (no dejó propina, pero sí hizo un mal chiste: “La vez anterior el pelo estaba negro” queriendo denotar lo que había tardado en retocarse la peluda testa).

Róber, mientras tanto, charlaba con su cliente sobre el eterno tema del día: cierto partido de fútbol que debía jugar cierto equipucho de cierta ciudadela catalana contra la muy ilustre, noble e industriosa ciudad lombarda de Milán. Se adelantaban pronósticos casi siempre con todas las formas verbales en condicional simple. Se abría la puerta, asomaba medio cuerpo un muchacho —yo estaba ya sin gafas, con el babi, sometido a la autoridad del peluquero senior— que decía “Róber ¿ganaremos?” y recibía una respuesta breve: “Si marcamos en el primer tiempo, ganamos”. Y así una y otra vez.

Yo había dejado en la percha un bolsito negro —parecido a lo que antes llegó a llamarse mariconera, pero marca Nike original y para colgárselo del hombro— donde siempre llevo papel y bolígrafo, la nota de las compras, varios caramelos y toallitas de limpiar los cristales de las gafas. Cuando el cliente moderno terminó, se acercó y descolgó algo; dada mi poca vista yo no sabía si se estaba llevando mi bolsito… Pero qué va, era una corbata de empresa, negra, con el nudo hecho, que se había quitado mientras lo pelaban. Descolgó la chaqueta que había en otra rama de aquel árbol seco pintado de mala manera —la percha— y se marchó corriendo.

Desde chico me han gustado las peluquerías de hombres; en las de mujeres lo pasé muy mal una vez, esperando a mi madre siendo yo un adolescente “sin llave”: una de las peluqueras se reía de mí y repetía “Eres más corto que la chaquetaunguarda” lo cual provocaba más atención por parte de las clientas, que no dejaban de mirarme, y más sonrojo en mis orejas y cara; además, siempre olía muy mal por los tintes. Antes de dejar mi pueblo, quizás la última vez que me cortaron los abundantes cabellos que yo tenía y el tupé esculpido con fijador, recuerdo que el peluquero me dio un caramelo especialmente hermoso, quizás fuera aragonés o valenciano, porque se siguen fabricando artesanalmente así todavía en ambos sitios. Pues bien, el caramelo maravilloso era un taco —que a mí me pareció enorme— con una perinola amarilla, de plástico, incrustada y que se desprendía a base de chupetones. Para evaluar la trascendencia del regalo hay que retrotraerse a una época en la que plexiglás era una palabra que evocaba mundos prohibidos, caros, vistosos… Los plásticos eran admirados como signo de distinción y poder económico. La gente que compraba en Madrid —los ricos del pueblo— trajeron los primeros bolígrafos BIC, las plumas Parker y una serie de baratijas que eran la comidilla de todas las conversaciones, especialmente entre los niños. Por mi casa desfiló medio pueblo —el otro medio se dedicaría a criticarnos— a ver la lámpara de plástico que compraron mis padres para el cuarto de estar y que era como un canasto de flores en las que en vez de estambres y pistilos obviamente tenía bombillas… Era preciosa, de colores, alegre, como toda la casa. Aquella casa enorme, de dos plantas, que ya casi no puedo recorrer con la memoria. Que interesante es comprobar las jugarretas que juega el cerebro tras cincuenta años funcionando: recuerdo la fachada, la puerta de entrada (con una aldaba de bronce dorado que se limpiaba con Sidol), las escaleras, algo del cuarto de baño, un pasillo, algo de los dormitorios, el comedor —salón para los malagueños— con el piano y dos ventanas, una al patio y otra a la calle. Ese jardín chico, con algún arbolito que nunca llegó a crecer mucho se cubría de nieve y quedaban ocultas la mesa y las sillas… Ya es demasiado. Como en todos los reencuentros cordiales nunca se ve el momento de la despedida. Por hoy, basta.

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Una respuesta to “En la peluquería”

  1. el temido (por su bravura) Says:

    Por las razones contrarias, me veo obligado a ir al barbero (mejor que peluquero), una vez al mes, y mi heredero lleva el mismo camino; viene conmigo, o sea que vamos a sacar un bono familiar.
    Yo también tengo recuerdos de las barberías: de pequeño no queríamos ir, y aunque era un perraje (4 varones), mi madre nos llevaba a una que había en la calle Bailén. Te tenías que estar muy quieto, porque como te movieras, la maquinilla (era manual, no eléctrica, parecida a las de esquilar borregos), te cogía unos pellizcos que no veas. Pasó de padre a hijo, hasta que le perdí la pista.
    Luego me fidelicé con otra que había en la Plaza de la Merced, donde iba con mi padre desde finales de los 70; primero en un local que era prolongación de calle Álamos (con su cilindro rayado en azul, blanco y rojo), y allí pelaban el padre y los dos hijos. Vendieron el local y se pusieron en la misma Plaza. El padre murió y siguieron los hijos hasta que uno se jubiló y continuó el otro; era desesperante, ya que tardaban una media de una hora por cliente, aunque se echaba un buen rato. Seguí yendo allí aunque dejé de vivir en Málaga hasta que la cerraron definitivamente. Hoy es una tienda que vende de todo a cualquier hora. Fue un desamparo total, ya que estuve yendo casi 18 años.
    Hay quien dice que si el pelo fuera algo importante crecería por dentro del cuerpo.
    Delenda est Britannia et Agustín e hijos (me da miedo que me pongan un babero negro). Lector salutatus.

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