Siempre aprendiendo

1

Posición: Sentado. Manos en el teclado. Una caja verde, plana, con un disco dentro me espera; contiene una música recomendada —regalada— que nunca he oído. Y como siempre que recibo algún regalo, dilato lo más posible el abrirlo: ¿porqué haré eso?

Ahora mismo entra por la ventana un rayo ancho de sol; el colchón de nubes compactas y feas que cubre el cielo ha tenido la gentileza de abrirse. Gaviotas enormes planean a escasos metros de las partes más altas de los edificios, parece mentira que un animal estructural y funcionalmente tan bello resulte tan antipático…

Suena un claxon. Y bajo los ojos sin motivo hacia una de esas barras que salen en el borde inferior del monitor: resulta que estoy escribiendo en Español de España, alfabetización tradicional: vamos bien entonces.

El relieve jaspeado de la carcasa de un disco duro aparece bello y monolítico sobre su peana. Cómo me gustan las máquinas.

Pulso una tecla —open— y se abre una bandejita en esta máquina negra que me acompaña. Parece como si se le acabara la paciencia. Voy a por el disco.

2

Van a dar las once. Debería comer algo y tomarme la medicina, que es dos veces al día y si no lo hago ahora se acerca mucho la primera a la segunda dosis. Economía de gestos. Temo parecerme (un poco) a Kafka y sus musarañas.

3

Un plátano dulce y fresco. Qué rica es la fruta y qué hermosas son las flores. Desvarío, quizás, pero no he tenido gana de tomarme esa pócima que mezcla el sabor del anís con el de la química más amarga.

4

Me documento: “Arde el Furor Intrépido” de Juan Francés de Iribarren (1699-1767), maestro de capilla de la catedral de Málaga durante gran parte del florido e interesante siglo dieciocho y su homólogo y sucesor Jayme Torrens (1741-1803). Más: Heinrich Ignaz Biber (1681-1749), “Missa Bruxelensis” (c. 1696, es decir: cuando tenía 15 años si he tomado los datos bien). Abro la caja, saco el disco, lo coloco en la bandeja negra, pulso otra vez open (aunque esta vez es close) y…

5

Dicen que el vino al catarlo desprende olores y sabores perfectamente descriptibles y catalogables (a mí, que ninguna ciencia o rama del saber humano se me resiste pues todas las domino, creo con toda seguridad que no me contratará nadie de enólogo ni de sumiller). Wikipedia —qué le vamos a hacer— muy amablemente me informa de que los vinos tienen aroma (cada variedad de uva, un olor específico: herbal, floral…) y bouquet (olor característico achacable al proceso de maduración del vino, la crianza). La música que he oído tiene el aroma complejísimo del Barroco y un bouquet de locura blasfema. Yo creo firmemente en lo que dice Leonard Bernstein: “La música nunca trata de cosas. La música simplemente es. Es un montón de notas y sonidos bellos que se unen de una forma tan estupenda que al escucharlos nos produce placer” [Young People’s Concerts, 1962]. No creo que estos autores del disco pensasen en el Santísimo Sacramento cuando compusieron las obras que he oído. Quizás mientras anotaban en esos enormes libros con los que conviví tantas veces en el Archivo de la Catedral de Málaga los compases de Arde el Furor Intrépido les trajeran olores y colores de amazonas desnudas (o con falditas vegetales) persiguiendo a hombres que luego iban a matar tras amarlos. ¿Debería llevar la excelente contralto una antorcha en la mano para incendiar las favelas y con la otra matar a los machotes y raptar a las hembras? Porque se escriba al pie del pentagrama Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth. Pleni sunt caeli et terra gloria tua. Hosanna in excelsis. Benedictus qui venit in nomine Domini. Hosanna in excelsis no por eso suena a Missa Bruxelensis. Quién sabe en lo que cavilaría el músico mientras mojaba la pluma en el tintero, escribía y luego espolvoreaba de arenilla el texto húmedo de la tinta que se conservaría incólume durante siglos y siglos… Música maravillosa, con bouquet a Mozart (1756-1791) en muchas ocasiones, y a Haendel (1685-1759): yo tengo documentado —y publicado— un artículo sobre una biblioteca masculina en la Málaga del s.XVIII en la cual aparecían partituras de Bocherini (1743-1805). En un cuartito anexo al negocio el dueño y otros amigos formaban una pequeña orquesta de cámara. Cuánto se echa de menos la máquina esa del “túnel del tiempo”.

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