Viajando se aprende

        

            ¿Porqué miraban tanto los pisos?

            Volvía yo del aeropuerto en el autobús de línea, un vehículo de fuelle que duplicaba la capacidad normal de los habituales. Estando en la cola para entrar ni siquiera los miré, después al sentarse delante mía ya me fijé en ellos.

          Familia presumiblemente marroquí. Padre, sentado en el lado de la ventanilla con la hija. Un asiento más atrás, Madre, sentada a la espalda de ellos con el hijo. Padre, pelo rapado dejando traslucir un cuero cabelludo brillante y de color grisáceo; la piel dorada de la cara con trazas de cortes ancestrales; chaquetón de un tweed grueso y anticuado con rayas oblicuas negras sobre fondo gris claro. Niña de unos siete años vestida de color rosa íntegramente, en distintos tonos, matices y texturas: desde la rebequita —con muñecos de alguna serie de Disney— hasta los calcetines. Madre tocada con pañuelo blanco anudado en la barbilla, de satén sintético y gafas de sol anticuadas, alta, de mirada triste carente de vivacidad; los ojos se le iban hacia arriba mirando las terrazas de los pisos. El muchacho, ligeramente más alto que la madre, escuálido, vestido de marrón, con el cráneo rapado igual que el padre y unas orejas absolutamente despegadas a causa de su delgadez; visto desde atrás —y antes de reparar en el padre y en la hermana— pensé que era el marido de una pareja de recién casados marroquí por el embeleso con que se miraban ambos y las sonrisas dulces que le dirigía la —luego confirmada— madre.

          El joven hacía dos gestos extraños: solo giraba la cabeza hacia su madre y no observaba a ningún viajero ni, por supuesto, viajera a pesar de que las había y de buen ver; el muchacho, con el ojo visible de perfil, lo volvía hacia mí en vez de girarse hacia atrás para mirarme abiertamente cada vez que la madre le señalaba un balcón alto o una terraza; quizás no me mirara a mí sino al energúmeno vestido de rojo (como si perteneciera a la escudería Ferrari) que yo llevaba detrás y que tenía la grosera costumbre de toserme en el cogote.

          En determinados momentos el hijo perdía la cabeza: encorvaba la espalda hacia delante doblando el cuello y se quedaba como un muñeco desmochado. Su ojo —el único que se le podía ver, como a la Luna— era triste y tímido pero denotaba fortaleza, discreción y el respeto que ya no hay aquí. Hablaban en francés intercalando el árabe frecuentemente con lo cual era imposible captar algo.

            El Padre, de unos cuarenta años escasos, sujetaba a la niña en brazos que se volvía hacia atrás para contarle cosas a la Madre, pero esta solo tenía ojos para el hijo, para las ventanas de los pisos y para colocarse continuamente el pañuelo en un punto exacto de su cabeza y que implicaba que sobrara por la frente como un dedo de tela…

            Mi parada se acercaba y a riesgo de perder los riñones con los saltos y traqueteos del autobús me puse de pie y avancé unos pasos hasta colocarme a la altura del muchacho y de su madre. Inmediatamente se desveló una primera incógnita: él se inclinaba hacia adelante porque llevaba sobre las piernas un pequeñísimo plano callejero de la ciudad gracias al cual iba siguiendo con el dedo la ruta. El segundo misterio también se desveló al igual que el escenario que ocluye el telón: la madre no miraba balcones y terrazas sino las placas de las calles para decírselas a su hijo y, así, facilitarle la adivinación del lugar por donde iban en el plano y saber cuánto quedaba para llegar a su destino.

            La proximidad me dictó conclusiones frenológicas y fisiognómicas interesantes: ella debía padecer del hígado, de la vesícula o del estómago (¿y porqué no de todo al mismo tiempo?) pues daba una impresión cansada que la avejentaba, sin duda los partos la habían desgastado mucho y tenía una tez blancoverdosa en contraste con el aspecto de su marido, rollizo sin llegar a ser gordo, vital y sudoroso. La niña era como un perrito que hace gracia cuando es chico. Y el muchacho era un niño con el esqueleto de un nilótico, absolutamente encariñado con su madre.

            El olor carnal traspasaba las prendas de vestir y les daba a los cuatro ese vaho especiado y primitivo característico de estos pueblos. En una obra menospreciada —El mono perfumado, publicado por primera vez en 1990 por Cambridge University Press— del zoólogo especializado en la en la fisiología olfativa de los mamíferos, Michael Stoddart, se cuenta cómo para los chinos que toman contacto por primera vez con los occidentales estos les parecía que olían a excrementos (a excrementos de rata, más concretamente). Los olores son muy importantes en la vida, y en El Cantar de los Cantares hay referencias muy precisas, curiosamente exlatando una mujer el olor de un hombre; sin respetar la versificación, he aquí dos ejemplos: “¡Que me bese ardientemente con su boca! Porque tus amores son más deliciosos que el vino; sí, el aroma de tus perfumes es exquisito, tu nombre es un perfume que se derrama: por eso las jóvenes se enamoran de ti” [I, 3] y Mientras el rey está en su diván, mi nardo exhala su perfume. Mi amado dentro de mí es como una bolsita de mirra que descansa entre mis pechos. Mi amado dentro de mí es como un ramo de alheña (de flores de henna) en las viñas de Engadí” [I,12-14]

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