in taberna quando sumus

 Hay dos cosas en este mundo que disfruto viéndolas hacer. Una es ver bailar. La otra ver comer. Por razones que no vienen al caso cuando llegué a la edad del pavo mi pavo falleció de un infarto al conocer los entresijos y retorcimientos mentales de su dueño que había decidido no aprender a bailar. Todavía tengo un reflejo condicionado con la comida considerada como transgresión que implicará un castigo: el ponerme malo. Han sido demasiados años así y no creo que me libere nunca de ese sentimiento negativo.

Quizás por eso esta mañana —como en tantas otras ocasiones— mientras andaba por mi querido circuito vecinal, he de decir que con una ligereza que hasta a mí me ha extrañado, en la puerta de una de las mil tabernas (y con esta palabra romana ennoblezco el negocio) dos obreros desayunaban. Jóvenes los dos, el más mayor estaba de espaldas a la pared mirando a la gente que pasaba por la acera mientras comía y bebía; en cambio el más joven, casi un niño, se situaba frente al compañero un poco cohibido, sintiéndose protegido por la naturalidad del otro, hincaba suavemente sus dientes en un enorme panecillo redondo relleno de mil cosas al tiempo que cerraba los ojos literalmente embelesado y movía los pies balanceándolos en eso que algún siquiatra tonto llama rocking y que identifica con una ausencia de cariño maternal… Dios me dio una habilidad especial entre tantas carencias como tengo: soy capaz de grabar y congelar imágenes o situaciones, ponerlas en pausa para analizarlas y recordar detalles insignificantes para los demás pero que a mí me proporcionan mucha información. Quizás habría sido un buen espía.

El muchacho en cada bocado inclinaba el cuerpo hacia delante porque tenía las manos apoyadas por el antebrazo en el filo de la mesa de aluminio, sin duda su cerebro así se lo aconsejaba dado el volumen del mollete. Así, la mesa le servía para esconder un poco la magnitud de aquella delicia y al mismo tiempo evitaba que se perdiera en el suelo ninguno de sus sustanciosos rellenos. Muchas veces he fingido un amago de mareo, o un cansancio súbito (sobre todo en mi etapa de báculo) para quedarme contemplando algo sin llamar la atención. Una vez —ay las mujeres, qué sería del mundo sin ellas— sobreactué demasiado y de una tienda de modas me sacaron una silla a la puerta y no consentí que me trajeran El Vaso de Agua —institución que debería haber estudiado Hipócrates— por temor a los remordimientos. Eso me sirvió para analizar el escaparate del café donde los churros despiden un olor tan emotivo, tan cálido, tan generosamente nutricio que siempre se me saltan las lágrimas de envidia al pasar por allí. Dos mujeres mojaban en el café con leche mientras el niño chico dormía en el cochecito; un matrimonio muy mayor se empujaba mutuamente el plato en el que quedaba un solo churro sobrante para que se lo comiera el otro; y al fondo del todo, entre decenas de personas, el caso que nunca falta: el anciano solo, con gorra y cigarrillo, disfrutando de una copa de aguardiente bebida a sorbos lentos después del café y los tejeringos.

Siento adoración por la felicidad ajena exteriorizada pacíficamente, por eso me repugna la juventud grosera y sucia que hay ahora. Es precioso ver en una mañana de perros como la de hoy las aceras llenas de gente sentada a la puerta de los bares. Cómo no emocionarse al contemplar a la anciana decrépita, prácticamente inválida y ciega, vestida de negro, beber de su gran vaso de cerveza junto a —deduje— su hija, el yerno y un nieto, relamiéndose la espuma del labio superior. Ver comer es casi más satisfactorio que hacerlo. Pero entiéndaseme: creo que es una pantomima detestable ese espectáculo grotesco de los restaurantes finos y con clase. Si de mí hubiera tenido que vivir el empalagoso Fernando Adrián (Ferrán Adrià) o el tal Sergio (Sergi) Arola ten por cierto lector/lectora que estarían ambos poniendo cañas en algún chiringuito playero. Una persona que deconstruye —está en el DRAE— una tortilla de patatas y la convierte en un sorbete solo tiene un nombre: esgraciao o mala efe. Me habría de sobrar el dinero y nunca lo daría para comerme un esperpento de esos que echan humo de nitrógeno líquido.

Confirmando mis sospechas he dado con una recopilación de los nombres propios catalanes más usuales y, al borde de las lágrimas, copio algunos ejemplos: Adalbert = Adalberto, Agustí = Agustín, Alba = Alba, Alfred = Alfredo, Álvar = Álvaro, Anna = Ana, Ángels = Ángeles, Bernabè = Bernabé, Celestí = Celestino, Cèsar = César, Dolors = Dolores, Eulàlia = Eulalia, Feliu = Félix (¡desde hoy Sant Feliu de Guixol será, para mí, San Félix de Guijol!), Higini = Higinio… El tiempo que he perdido copiando estos nombres catalanes tan difíciles de traducir lo doy por bueno porque he aprendido una palabra que desconocía: nombre hipocorístico. Doy por fructuoso el día de hoy y alego: ¿Para qué voy a estudiar Inglés si hay miles de palabras españolas maravillosas que no conozco?

Que comas y bebas bien.

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2 comentarios to “in taberna quando sumus”

  1. Petrus Says:

    Pero qué mala cabeza la mía, que se me lleva olvidando que le debo unos churros (a ver si así, al publicarlo, me da vergüenza ya de una vez y se los pago)

  2. el temido (por su bravura) Says:

    Lo de la cocina moderna no tiene nombre; nadie sabe lo que come, entre otras cosas porque no lo ve (cuesta trabajo encontrarlo en esos platos tan grandes). Comparto la alegría de ver comer, pero nunca he podido evitar sentir un poco de lástima al ver a alguien comer solo; para mí siempre fue un poco triste, y lo sigue siendo. Incluso cuando he tenido que hacerlo, no comes de la misma manera; parece que lo haces deprisa y mal. Imagínate que, encima, te comes algo deconstruído.
    Delenda est la madre que los parió et Britannia. Lector salutatus.

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