Viajar es un placer

La mañana comenzó bien, no en vano era sábado y el sol había roto el enlosado de nubes abriéndose paso con su alegría entre tanta maraña de vapor blanco que parecía imperecedero como el mármol ático.

Una listita de tareas por hacer me esperaba sobre la mesa. Estos papelitos son la salvación de los desmemoriados. Creo que fue Jean-Marie Charcot, neurólogo francés que tuvo como alumno a Freud, el que llamaba “enfermos del papelito” a esos pacientes que llegaban a la consulta con su rollo escrito para que no se les olvidara ningún síntoma o detalle de su presunta enfermedad. Eran los histéricos, manera fina que entonces tenía la naciente Psiquiatría de etiquetar a los hipocondriacos extremos que, en definitiva, suelen ser personas muy egoístas, desocupadas (sin duda porque tienen alrededor quien los escucha y quien trabaja para ellos a veces casi como esclavos) y con la vida económicamente resuelta. Haciendo uso de mi gramática parda no creo que se den muchos casos de este síndrome entre los pobres que duermen sobre las aceras tapándose con cartones…

Había comprado yo, días atrás, unas lamparillas con unas pantallas feas y, de las cuatro, una era desigual, así de bien trataban al cliente en aquella tienda. Los chinos, con su habitual soberbia y mala educación, me habían suministrado después a precio irrisorio otras que de haber sido más altas, con el aro más estrecho y menos deterioradas habrían sido la solución. Pero tenían arrugas en la tela, bailaban en el portalámparas y se quedaban como setas nacientes o como sombreros vietnamitas, por lo que tuve que desnudar a un santo para vestir a estas santitas en una solución de emergencia: es odioso tener que ingeniar soluciones para la presunta solución. Estando en estas cavilaciones me acordé de IKEA. Y me dije que, habiendo fallado la República Popular China, la República Independiente de Mi Casa quizás fuera un éxito. Pero ¿y si iba hasta allí, tan lejos, y no tenían pantallas? Una luz se encendió en mi cerebro: “Vete a la web y mira”. Lo hice. Y tenían. Pero ¿cómo voy si con el coche no me atrevo? “Vete en el tren, ya que no te acuerdas del número de autobús que te recomendaron”. Sí, pero es que deja en el Plaza Mayor y hay que subir un puente muy largo y andar dos rotondas según me dijo aquella vez una limpiadora, que me asustó y me volví para atrás como un gallina… “Pues te jodes y vas y caminas lo que sea necesario”.

Y claro, cuando el cerebro se pone así, tan drástico ¿qué podía hacer yo, pobre de mí? Por cierto la Real Academia, siempre tan inútil y rancia, dice que la etimología de joder es futuĕre. Habrá que aceptarlo tras venir a mis manos, desde fuentes inglesas, dos citas que contienen el dichoso verbo y que no voy a traducir al Español porque hasta yo las entiendo: 1) Marcial, Epigrammata, 11:10 = “Aut futue, aut pugnemus” y 2) Henry Beard, Latin for All Occassions = “Futue te ipsum et caballum tuum”.

La muy ilustre institución británica que me guía en el desconocido mundo de los latines precisa más aún, para el que lo necesite, indicando que futuō “is used in the sense of penetrating, not of being penetrated” cosa verdaderamente importante y que también entiendo, afortunadamente. Dicho esto, aunque no me sirva para nada dado el poco aprecio que le tengo a los autonomistas e independentistas, me entero de que joder en catalán es fotre, en gallego y en Portugués, foder; mientras que en Rumano se dice fute. Obsérvese el maligno uso de las mayúsculas que acabo de hacer.

Cogí el tren, claro, a ver quién se enfrenta a su cerebro. En mi vagón iba un muchacho de unos diecisiete años, más bien gordo, guapetón —esos rostros sanos, rubicundos, vitales— y con buen gusto para vestir su poco afortunada figura: sudadera de rayas horizontales con capucha, pantalones vaqueros, calcetines negros y zapatos caros de ese mismo color imitando las zapatillas deportivas; llevaba un reloj muy equilibrado —posiblemente Fossil— de esfera cuadrada clásica pero con un toque rebelde en la correa. Adelantaba una pierna hacia el asiento que tenía enfrente, bostezaba y se enjugaba los ojos con los dedos como si llorara. Más adelante, dándome la espalda, iba un caballero de unos setenta años, con sombrero gris y abrigo. Cambió de sitio dos veces y cuando se asentó, ya estaba fuera de mi campo visual.

Frente a mí, pero en el lado opuesto, se sentó una mujer joven de unos treinta años. Se notaba enseguida que no era de estas tierras cálidas pues iba sin ropa de abrigo, apenas se cubría con un jersey azul sobre una blusa blanca, leotardos grises y una falda de color amarillento. Tenía una mirada viva y alegre. Cuando subieron al vagón dos ancianas todavía ágiles, extremadamente delgadas y con el pelo de una dudosa perfección cromática —rubio— y de una sospechosa homogeneidad estructural —era evidente el reciente paso por la peluquería—, una de ellas se quejó cortésmente a la otra de que se mareaba yendo al revés de la marcha del tren: la mujer del jersey azul recogió su carpeta y sus libros inmediatamente y la invitó a cambiarse de sitio, cosa que no hizo la otra pero que agradeció profusamente iniciando a continuación una charla que fue interrumpida por el teléfono: “Sí, sí, no te preocupes, ya vamos pues… por el aeropuerto”. Y en ese momento el convoy inició el paso por un puente desde el cual se divisaban miles de botellas de Coca-Cola estabuladas (¡qué recuerdos!). La mujer del jersey azul cruzó las piernas, puso una mano en su pecho y la otra sobre el libro que leía, bajó la vista fingiendo un ensimismamiento que no tenía y así, discretamente, consiguió ocluir la amenaza de la vieja dama charlatana. Los zapatos de la lectora eran negros, bajos, sin tacón. La anciana habladora llevaba sobre las piernas doblado con el forro hacia afuera —yo creo que a cosa hecha, para lucirlo— un excelente abrigo cuya etiqueta de la marca podía leerse desde varios metros de distancia, como era el caso, de tan llamativo como resultaba. Más al fondo y voluntariamente alejados de los demás un grupo de tres hombres de raza negra, extremadamente altos y vestidos al estilo norteamericano, hablaban entre sí en Inglés: uno reía mucho, el más mayor apenas sonreía pero escuchaba atentamente a los demás. Del fondo llegó un nuevo pasajero que se colocó junto al joven rollizo. Era un anciano enjuto, con gorra, una parka de paño celeste, a cuadros, cuyo número de lavados debía ser elevadísimo. Me extrañó ver cómo llevaba atados los cordones de las blancas zapatillas Nike que calzaba: los cabos seguían hacia atrás y en el tendón de Aquiles iba el lazo. Aquel hombre parecía sacado de las tierras frías de Alaska o Canadá. Como casi todos los extranjeros mayores que nos visitan fijaba la vista en los árboles, en el mar y en el cielo, haciendo caso omiso de los aviones gigantescos que nos sobrevolaban o en las obras de ingeniería que veíamos pasar.

Confieso que con aquel silencio y el sol dándome en las piernas cerré los ojos y pensé en dormirme. Y hasta quizás lo hice durante un par de minutos. Justo el tiempo de pararse el tren y quedarse mi vagón vacío. Unos pitidos desagradables fueron los precursores de la puesta en marcha de nuevo. Comprobé con sorpresa que iba solo. Y entonces un terror seco, cristalino, punzante, me lleno el cuerpo y levanté aún más la vista. Mi cerebro había detectado algo, y ese algo era una mochila.

Una mochila en la bandeja que hay sobre las cabezas de los pasajeros. Y me quedé paralizado. Dos días antes las radios, las televisiones y la prensa habían percutido sobre nuestras conciencias el atentado de Madrid. Y ahora yo estaba solo en un vagón de tren con una mochila olvidada al lado mío. ¿Cómo será, dios mío, —pensé— la transición de la vida a la muerte en esas circunstancias? Y me imaginé como saliendo círculos concéntricos anaranjados de la mochila… ¿Dolerá? Quiero decir: ¿dará tiempo a sentir dolor mientras estalla el cuerpo reventado por la onda expansiva? ¿Quién se había dejado la mochila ahí?

El muchacho gordo me sacó del pánico: llegaba de no sé dónde y sin sentarse alzó los brazos, cogió la mochila, se la colocó en los hombros y dando un bostezo se acercó a la puerta mientras se detenía el tren. Apretó un botón verde y desapareció. Me quité la cazadora, aflojé el nudo de la corbata y me abrí el primer botón de la camisa. Sentí náuseas y frío. Y pude comprar las pantallas de las lamparitas en IKEA, justo las que yo quería. Otros, hace seis años, tuvieron menos suerte que yo.

In memoriam

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3 comentarios to “Viajar es un placer”

  1. José Andrés Says:

    Muy bien. Tiene fragmentos de pura literatura y además es muy original para recordar ese fatídico día. Orator dixit.

  2. El temido (por su bravura). Says:

    Ese día explotaron muchas cosas; excepto las que tenían que haber explotado. Fue el día del Big Bang político, y las consecuencias todavía las padecemos; en fin, parece que la cosa no tiene remedio.
    Como anécdota, mi hijo tenía entonces 3 años y acababa de empezar la linda etapa de Educación Infantil; en su clase había un crío que se llamaba Osama, y los padres/madres, ponían el grito en el cielo, por el nombre y su procedencia.
    El mío, por aquello (heredado de su progenitor) de llevar la contraria, era su mejor amigo. A mí, la verdad, me daba igual (a esa edad qué van a saber); eso sí, le dijo que me avisara si se ponía a jugar con trenecitos.
    Delenda est Britannia. Lector salutatus.

  3. el temido (por su bravura) Says:

    No sé por qué no ha salido mi último comentario. En fin, que de aquellos barros, vinieron estos lodos, y todavía andamos chapoteando. Lo peor es que los lodos de los dos lados (obsérvese la aliteración), se hicieron con la misma tierra.
    Delenda es Britannia. Lector salutatus.

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