ATANASIO

Mala hierba.

Le llamaban así en el pueblo.

Todos los niños y las personas mayores.

Mala hierba por aquí, Mala hierba por allá. Y nadie sabía exactamente porqué.

No hacía daño a nadie. Se llamaba Atanasio, que es un maravilloso nombre —el que nunca ha de morir— para un hombre. E iba caminando detrás de todo lo que se moviera: una procesión, un entierro, un carro o un tractor. Era el tonto del pueblo. Nadie le daba de comer ni le vestía. No se sabía dónde estaba su lecho. No enfermaba. Reía, solo reía.

Tenía una edad indeterminada, entre veinticinco y treinta años. La cara, siempre enrojecida, la enmarcaban unas cejas pobladas y un pelo casi albino, ceniciento. En las fiestas, llevaba la mecha para los cohetes. El cura, cuando se saltaba el protocolo y cruzaba la calle para pasarle la mano a los ornamentos que lo revestían, lo apartaba de su lado suavemente como si de una mosca inevitable se tratara y seguía con el incensario perfumando la calle que varios pasos más atrás iba a recorrer el trono de Semana Santa: Atanasio Mala hierba era un accidente geográfico más de la comarca, como un cabo o una meseta; como los montes Urales para Europa: un muro tras el cual se recreaba el misterio.

En conversaciones de crochet y de calceta, cuando se desgranaban habas o el cuchillo pelaba patatas a una velocidad de vértigo, muchas mujeres comentaron que era ruso. Sin duda porque le vieron una cartilla con letras incomprensibles. La incultura lo jibariza todo: si chino no era, se dijeron para sí mismas que sería ruso.

Era griego, según se supo después. Aunque poca gente en el pueblo podía entrever siquiera el lugar aproximado por donde caía en un mapa la península helena… La geografía de aquellos palurdos —así los insultaban las gentes de la capital cuando se les rompía el coche por aquella zona o no encontraban a su gusto cualquier cosa— era más dérmica que telúrica: sabían despellejar animales, sabían engendrar hijos, pero no eran capaces de dibujar con una tiza el mapa de su propio país.

Atanasio era griego según dijo el alcalde en un derroche informativo. Y se lo llevó la policía para mandarlo a su país porque lo reclamaba un riquísimo armador que decía ser su hermano.

¿Cómo llegó hasta el pueblo Mala hierba? Todo quedó muy claro: hace diez años hubo un choque de trenes con varias víctimas mortales. Una de ellas fue la madre de Atanasio, sordomudo que escapó despavorido, rodando, por el talud de las vías tras el accidente. Iban camino del mar, donde les esperaba la nave blanca que iban a botar, la última venta de la naviera Dimitriou Constantinides. En la prensa de la capital las dos fotos salieron casi al mismo tamaño: los trenes encabalgados, humeantes, retorcidos y la majestuosa nave recibiendo el botellazo de champaña en la proa ante la mirada satisfecha de una dama vestida de encajes.

Mala hierba, lleno de arañazos, fue recogido por la viuda del notario, que siempre quiso ser Madame Bovary cuando volvía de una excursión poco decente a la finca colindante. En el Jeep cabía todo, hasta un muchacho lloroso que no podía ni hablar. Lo introdujo por la parte de atrás de la casa abriendo el enorme portón que sirvió de entrada a los carruajes durante siglos. En la buhardilla le preparó una cama limpia y con yodo restañó los cortes superficiales que se había hecho al caer del tren. El pincel iba dejando trazos sobre la piel y a la luz del día se volvían multicolores. La viuda del notario decidió que aquel hallazgo no moriría nunca y, como los perros cuando orinan, fue soltando gotitas en el momento adecuado siempre en el lugar adecuado: en pocos meses todo el mundo sabía que el nombre del tonto del pueblo era Atanasio, luego ya lo rebautizarían…

***

La calle de un pueblo suele ser un tribunal de justicia, una agencia de noticias, la enciclopedia de la buena mesa y muchas cosas más, desde luego toda calle pueblerina es un altavoz. Y así se difundió la noticia de que en las afueras —en el campo de fútbol de tierra apisonada cuyas porterías eran dos palos y un montón de piedras en su base— había aterrizado un helicóptero blanco y azul. Todo el mundo quedó boquiabierto al ver a la viuda del notario abrazando a Mala hierba que la estaba esperando en la escalerilla de la aeronave.

Los días del crudo invierno transcurrieron densos e interminables y cuando la primavera hizo verde el contorno de los ríos y las flores comenzaron a vivir, el alcalde en la taberna, en un derroche informativo, entre cerveza y cerveza dejo caer una pregunta retórica y su respuesta con un segundo de diferencia:

—¿Sabéis quién ha sido madre? La viuda del notario. Se casó con Mala hierba… y ahora vive en… en fin, en un sitio de esos de mucho lujo con yates.

Ponme otra.

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Una respuesta to “ATANASIO”

  1. José Andrés Says:

    Todos hemos conocido algún tonto del pueblo y la descripción se ajusta muy bien a la realidad, pero lo que sorprende es el final. Muy bueno, si señor. Orator dixit.

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